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La pesadilla colombiana


Es el año 2003. Santa Fe de Bogotá cae bajo control de las guerrillas comunistas. Tres millones de refugiados huyen hacia las fronteras de Venezuela, Ecuador y Perú. Ante la crisis, Washington ordena el desembarco de los "Marines" en Cartagena y Barranquilla, para evacuar a los diezmados soldados del otrora poderoso ejército colombiano. Pero la escena trágica es la toma de la Embajada norteamericana en Santa Fe de Bogotá. Los guerrilleros, a similitud de los iraníes islámicos de Teherán y de los vietnamitas de Ho Chi Min, presencian el escape de los funcionarios diplomáticos estadounidenses en helicópteros "Blackhawk". Colombia se ha convertido en otra Cuba, en medio de las Américas.
Lo anterior es la pesadilla que tanto temen los políticos del Capitolio y la Casa Blanca, allá en Washington, D.C. Y en verdad, es mucho lo que se pone en riesgo en la América Latina, si los insurgentes paisas logran detentar el poder. Controlarían la voluntad de treinta millones de personas; dominarían un país de un millón de kilómetros cuadrados con ricas zonas petroleras, grandes plantaciones cafetaleras y, claro, al productor más grande de drogas ilícitas del mundo.
Una posible intervención yanqui en Sudamérica, para evitar la caída del gobierno bogotano, sería peligrosa según análisis de los expertos. Colombia es el siguiente blanco de la atención mundial, después del conflicto yugoslavo.
Washington, tras sus victorias militares en Granada, Panamá, Kuwait y Kosovo, ha demostrado poseer un vasto arsenal de armas tecnológicamente avanzadas, lo cual aceleró las intenciones del Pentágono en presionar al gobierno de Bill Clinton, para invadir el país de los paisas e imponer la sempiterna Doctrina Monroe.
Empero, los Estados Unidos jamás ha intervenido en América del Sur. La inhóspita selva amazónica colombiana representaría un obstáculo para el ejército de Estados Unidos, el cual no es muy bueno combatiendo en terrenos tropicales, como se comprobó en Vietnam. Tampoco el poderío aéreo y los bombarderos acabarían a la fuerte guerrilla colombiana, que lleva casi cuarenta años de lucha continua en la cordillera andina.
Los países vecinos de Colombia no están nada tranquilos y cada uno de ellos representan situaciones especiales que pueden acelerar la internacionalización de la violencia. Está la imprevisible Venezuela de Hugo Chávez, el Perú autoritario de Fujimori y el socialmente inestable Ecuador.
Pero la pieza clave es Panamá. Nuestro país recibirá el control del canal interoceánico en diciembre de 1999, mientras que las tropas estadounidenses se retiran del Istmo. Pero los grupos extremistas republicanos y los clanes militaristas han iniciado presiones para que el nuevo gobierno de la señora Mireya Moscoso, permita la continuidad de la presencia armada extranjera en Panamá, con el fin de frenar futuras incursiones guerrilleras colombianas en el Darién. Desean que las bases militares de Howard y Fort Clayton continúen su propósito defensivo para el Canal, además de reforzar la influencia hegemónica de Washington sobre el Caribe y Sudamérica.
Las noticias de incursiones guerrilleras en el poblado fronterizo de Paya y los combates en la serranía de Juradó, nos demuestran que la única solución de frenar la violación de nuestra soberanía territorial, es la creación de una fuerza armada defensiva para custodiar la zona limítrofe con Colombia. Un comando policial bien preparado, de más de cuatro mil hombres, puede muy bien impedir la entrada de alzados en el Istmo. ¿Se atreverá "la Doña" a rearmar a la Fuerza Pública? Apostamos a que no.
Antes las presiones foráneas para que Panamá se involucre en la amarga pesadilla colombiana, lo mejor que podemos hacer es declarar la neutralidad en la guerra del país vecino, mientras que ofrecemos nuestros "buenos oficios", para lograr algún tipo de entendimiento entre los rebeldes comunistas alzados y el gobierno conservador colombiano. De lo contrario seremos parte de la pesadilla que viven nuestros hermanos del sur.

101 años de Panamá América

 
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