La petrolera estatal no es nuestra
Hace poco, los verdaderos dueños de PEMEX festejaron el 64 aniversario de la expropiación petrolera. Vaya comedia de errores. En nombre de la soberanía nacional, seguimos atrapados en la mentira que esta supuesta joya de la patria pertenece a todos los mexicanos. Ni usted ni yo somos los dueños de PEMEX. Es un símbolo patrio, como los hay en otras partes, pero bajo el cual un nido de alacranes se ha servido, y servido en grande, con la cuchara presupuestal. No podemos ser dueños de una empresa que hace y deshace con sus finanzas como se le antoja, sin consultarnos a nosotros, los supuestos propietarios.
Los llamados para acabar con el estatismo petrolero, ya sean por pragmatismo (dados los altibajos de los precios del petróleo) o por principios (consolidar una sociedad abierta en todas sus dimensiones) tienen buenas bases económicas (eficiencia, competencia, calidad), pero se enfrentan a intereses políticos. Las emociones nacionalistas no coinciden con la propuesta de racionalizar el sector, lo cual se ve, con ojos populacheros, como una iniciativa de motivos "imperialistas" depredadores, cuando la propiedad de todos termina siempre siendo la propiedad de nadie. Eso sí, el gobierno explota sin piedad a esa empresa paraestatal. Usa recursos para completar el gasto público. Explota reservas del subsuelo sin considerar los daños que causa al medio ambiente. Y de paso, recupera las pérdidas causadas por su ineficiencia cobrándonos más a los consumidores cautivos. No podemos ser dueños verdaderos de una empresa que nos obliga a comprar gasolina de mala calidad y a precios más altos, casi el doble, del que se obtiene tan sólo cruzando la frontera. En vez de la ley de la oferta y la demanda tenemos la ley de Herodes.
En vez de celebrar la expropiación, el reto es convertirnos en verdaderos propietarios, o sea nacionalizar realmente la empresa, para que tengamos derecho a acciones y a dividendos. Hasta entonces no podemos decir que PEMEX es una empresa pública, de los mexicanos. El camino sería nacionalizar realmente a la empresa petrolera, por medio de una emisión de acciones para las masas populares, al estilo del esquema de "bonos" (vouchers) que se utilizaron a la caída del comunismo en la República Checa y en Rusia.
Los 64 años de estatismo petrolero se han convertido en una tradición mexicana, que como todas las tradiciones tienen sus propios ritos, mitos, intereses y mecanismos de autodefensa. La idea de popularizar la propiedad, requiere reconocer que hoy los recursos petroleros no son nuestros, sino de un puñado de burócratas que año tras año defienden lo suyo, con una gran arqueología de mentiras, de mitos y de intereses personales, a costa de todos los demás ciudadanos.
*Director de política económica de TV Azteca y académico asociado del Cato Institute.
(c) www.aipenet.com
Los llamados para acabar con el estatismo petrolero, ya sean por pragmatismo (dados los altibajos de los precios del petróleo) o por principios (consolidar una sociedad abierta en todas sus dimensiones) tienen buenas bases económicas (eficiencia, competencia, calidad), pero se enfrentan a intereses políticos. Las emociones nacionalistas no coinciden con la propuesta de racionalizar el sector, lo cual se ve, con ojos populacheros, como una iniciativa de motivos "imperialistas" depredadores, cuando la propiedad de todos termina siempre siendo la propiedad de nadie. Eso sí, el gobierno explota sin piedad a esa empresa paraestatal. Usa recursos para completar el gasto público. Explota reservas del subsuelo sin considerar los daños que causa al medio ambiente. Y de paso, recupera las pérdidas causadas por su ineficiencia cobrándonos más a los consumidores cautivos. No podemos ser dueños verdaderos de una empresa que nos obliga a comprar gasolina de mala calidad y a precios más altos, casi el doble, del que se obtiene tan sólo cruzando la frontera. En vez de la ley de la oferta y la demanda tenemos la ley de Herodes.
En vez de celebrar la expropiación, el reto es convertirnos en verdaderos propietarios, o sea nacionalizar realmente la empresa, para que tengamos derecho a acciones y a dividendos. Hasta entonces no podemos decir que PEMEX es una empresa pública, de los mexicanos. El camino sería nacionalizar realmente a la empresa petrolera, por medio de una emisión de acciones para las masas populares, al estilo del esquema de "bonos" (vouchers) que se utilizaron a la caída del comunismo en la República Checa y en Rusia.
Los 64 años de estatismo petrolero se han convertido en una tradición mexicana, que como todas las tradiciones tienen sus propios ritos, mitos, intereses y mecanismos de autodefensa. La idea de popularizar la propiedad, requiere reconocer que hoy los recursos petroleros no son nuestros, sino de un puñado de burócratas que año tras año defienden lo suyo, con una gran arqueología de mentiras, de mitos y de intereses personales, a costa de todos los demás ciudadanos.
*Director de política económica de TV Azteca y académico asociado del Cato Institute.
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