La pobreza, señores; primero la pobreza
LA POBREZA y la miseria que todos los días viven y sufren cientos de miles de nuestros compatriotas, debida a la falta de empleos, es la principal y más urgente preocupación de los panameños como, invariablemente, demuestran todas las encuestas y, más que cualquier encuesta, la comprobación, mediante un simple recorrido, de las paupérrimas condiciones de nuestros barrios marginados.
¿Cuánto tiempo más tendrán que esperar los miles de panameños que padecen hambre (pero no el hambre académica de la que hablan aquellos que nunca la han experimentado, sino el hambre real de la tripa vacía) para poder llevar a sus mesas un plato de comida caliente, por lo menos una vez al día? ¿Podrá la promesa de que dentro de siete u ocho años, cuando, supuestamente, todos nadaremos en la abundancia, gracias a los prometidos beneficios de la ampliación, sostenerles todo ese tiempo o evitar que, motivados por la desesperación salgan a procurarse, como sea, la manera de subsistir?
En Panamá, mientras sigamos haciendo castillos en el aire y obtusamente nuestros gobernantes insistan en ignorar la miseria y la pobreza que viven y sufren, más del cuarenta por ciento (40%) de nuestros compatriotas, aunque pensemos lo contrario, en vez de un país en vías de desarrollo, seguiremos siendo un país en vías de subdesarrollo, o sea, que vamos para atrás como los cangrejos. Y para comprobarlo, sólo tenemos que contestarnos, sin engaños ni mentiras, algunas preguntas muy simples: ¿Ha disminuido la pobreza? ¿Ha disminuido el desempleo? ¿Ha disminuido la corrupción? ¿Ha mejorado la seguridad? Si a ninguna de esas preguntas podemos responder afirmativamente o nos conformamos con el sonsonete oficial, de que "muchas cosas han mejorado", nada tenemos que envidiarle a la avestruces, que ocultan su cabeza en la tierra para no ver el peligro que se les avecina.
Hace sólo unos años, la república Argentina era la envidia de sus vecinos latinoamericanos. Pero, llegó un día en que el castillo se derrumbó estrepitosamente. Los noticieros internacionales nos trajeron las imágenes de miles y miles de personas que asaltaban los supermercados en busca de los alimentos que no podían conseguir con sus magros ingresos, o porque no tenían ninguno. Si diez años antes alguien hubiera pronosticado que eso ocurriría lo hubieran tildado de loco; pero ocurrió.
Una de las principales razones del colapso argentino fue su altísima deuda pública. La nuestra, proporcionalmente, es mayor; pero seguimos jugando a ignorarla y, lo que es peor, nada hacemos para disminuirla. Por el contrario, en los dos años que lleva gobernando "la patria nueva" la hemos incrementado en más de mil millones de dólares. Y con los nuevos "financiamientos", eufemismo que ahora se utiliza para sustituir la palabra préstamos, que sería necesario contratar para pagar la ampliación del Canal, el monto de la deuda pública panameña sobrepasará, y por mucho, al Producto Interno Bruto.
Cualquier deuda pública que sobrepase el 60% del PIB, es un peligro; por tanto, en nuestro caso, es obvio que estamos jugando con fuego. Sin embargo, a los señores en el gobierno, eso poco les importa. La deuda pública no la pagarán ellos; la pagará el pueblo. Eso ya lo vivimos cuando cayó la dictadura, en la que muchos de los actuales gurúes económicos ejercieron el mismo papel instrumental.
Durante el gobierno de Endara se redujo el endeudamiento, y tampoco, puede endilgársele su incremento a la señora Moscoso; pero en las dos reencarnaciones del PRD ha sido todo lo contrario. Nada más baste recordar que una de las primeras medidas fiscales del actual gobierno fue "suspender" la aplicación del techo del 2% del Producto Interno Bruto, que se había fijado al déficit fiscal. Libres de esta limitación, a su antojo, contrajeron nuevas deudas, so pretexto de hacerle frente al déficit fiscal que, supuestamente, heredó del gobierno anterior.
Recientemente, como si se tratara de un gran logro fiscal, el gobierno de "la patria nueva" ha anunciado que tomará medidas para limitar el déficit fiscal, que ellos mismos, calculadamente y cuando les convino, decidieron ignorar. Esa movida no obedece a que el gobierno haya recuperado la sensatez, sino a que los organismos financieros internacionales ya deben haberles tirado de las orejas y, además, a que necesitan hacer ver que la casa fiscal está en orden para emprender la gran aventura del financiamiento de la ampliación del Canal.
La urgencia de la ampliación nadie la ha podido justificar; pero la urgencia de enfrentar la pobreza a nadie hay que demostrársela; es una caldera a punto de explotar.
Si pensáramos con lógica y sensatez, en lugar de lanzarnos a la aventura incierta de la ampliación a tambor batiente, debiéramos reconsiderar y convocar a un diálogo nacional diferente al que ahora se instrumenta y que no es el que necesita el país. El diálogo que necesitamos, y para el que no requerimos de los buenos oficios del PNUD ni de ninguna otra instancia internacional, es uno que responda a nuestra verdadera urgencia: Cómo solucionar, ahora, no mañana, sin muchas teorías y con sentido de la realidad panameña, el hambre y la miseria que son las que amenazan nuestro futuro como nación.
¿Cuánto tiempo más tendrán que esperar los miles de panameños que padecen hambre (pero no el hambre académica de la que hablan aquellos que nunca la han experimentado, sino el hambre real de la tripa vacía) para poder llevar a sus mesas un plato de comida caliente, por lo menos una vez al día? ¿Podrá la promesa de que dentro de siete u ocho años, cuando, supuestamente, todos nadaremos en la abundancia, gracias a los prometidos beneficios de la ampliación, sostenerles todo ese tiempo o evitar que, motivados por la desesperación salgan a procurarse, como sea, la manera de subsistir?
En Panamá, mientras sigamos haciendo castillos en el aire y obtusamente nuestros gobernantes insistan en ignorar la miseria y la pobreza que viven y sufren, más del cuarenta por ciento (40%) de nuestros compatriotas, aunque pensemos lo contrario, en vez de un país en vías de desarrollo, seguiremos siendo un país en vías de subdesarrollo, o sea, que vamos para atrás como los cangrejos. Y para comprobarlo, sólo tenemos que contestarnos, sin engaños ni mentiras, algunas preguntas muy simples: ¿Ha disminuido la pobreza? ¿Ha disminuido el desempleo? ¿Ha disminuido la corrupción? ¿Ha mejorado la seguridad? Si a ninguna de esas preguntas podemos responder afirmativamente o nos conformamos con el sonsonete oficial, de que "muchas cosas han mejorado", nada tenemos que envidiarle a la avestruces, que ocultan su cabeza en la tierra para no ver el peligro que se les avecina.
Hace sólo unos años, la república Argentina era la envidia de sus vecinos latinoamericanos. Pero, llegó un día en que el castillo se derrumbó estrepitosamente. Los noticieros internacionales nos trajeron las imágenes de miles y miles de personas que asaltaban los supermercados en busca de los alimentos que no podían conseguir con sus magros ingresos, o porque no tenían ninguno. Si diez años antes alguien hubiera pronosticado que eso ocurriría lo hubieran tildado de loco; pero ocurrió.
Una de las principales razones del colapso argentino fue su altísima deuda pública. La nuestra, proporcionalmente, es mayor; pero seguimos jugando a ignorarla y, lo que es peor, nada hacemos para disminuirla. Por el contrario, en los dos años que lleva gobernando "la patria nueva" la hemos incrementado en más de mil millones de dólares. Y con los nuevos "financiamientos", eufemismo que ahora se utiliza para sustituir la palabra préstamos, que sería necesario contratar para pagar la ampliación del Canal, el monto de la deuda pública panameña sobrepasará, y por mucho, al Producto Interno Bruto.
Cualquier deuda pública que sobrepase el 60% del PIB, es un peligro; por tanto, en nuestro caso, es obvio que estamos jugando con fuego. Sin embargo, a los señores en el gobierno, eso poco les importa. La deuda pública no la pagarán ellos; la pagará el pueblo. Eso ya lo vivimos cuando cayó la dictadura, en la que muchos de los actuales gurúes económicos ejercieron el mismo papel instrumental.
Durante el gobierno de Endara se redujo el endeudamiento, y tampoco, puede endilgársele su incremento a la señora Moscoso; pero en las dos reencarnaciones del PRD ha sido todo lo contrario. Nada más baste recordar que una de las primeras medidas fiscales del actual gobierno fue "suspender" la aplicación del techo del 2% del Producto Interno Bruto, que se había fijado al déficit fiscal. Libres de esta limitación, a su antojo, contrajeron nuevas deudas, so pretexto de hacerle frente al déficit fiscal que, supuestamente, heredó del gobierno anterior.
Recientemente, como si se tratara de un gran logro fiscal, el gobierno de "la patria nueva" ha anunciado que tomará medidas para limitar el déficit fiscal, que ellos mismos, calculadamente y cuando les convino, decidieron ignorar. Esa movida no obedece a que el gobierno haya recuperado la sensatez, sino a que los organismos financieros internacionales ya deben haberles tirado de las orejas y, además, a que necesitan hacer ver que la casa fiscal está en orden para emprender la gran aventura del financiamiento de la ampliación del Canal.
La urgencia de la ampliación nadie la ha podido justificar; pero la urgencia de enfrentar la pobreza a nadie hay que demostrársela; es una caldera a punto de explotar.
Si pensáramos con lógica y sensatez, en lugar de lanzarnos a la aventura incierta de la ampliación a tambor batiente, debiéramos reconsiderar y convocar a un diálogo nacional diferente al que ahora se instrumenta y que no es el que necesita el país. El diálogo que necesitamos, y para el que no requerimos de los buenos oficios del PNUD ni de ninguna otra instancia internacional, es uno que responda a nuestra verdadera urgencia: Cómo solucionar, ahora, no mañana, sin muchas teorías y con sentido de la realidad panameña, el hambre y la miseria que son las que amenazan nuestro futuro como nación.