La Policía, entre cantidad y calidad
Tras la destrucción de las Fuerzas de Defensa, de orientación militar, el naciente gobierno democrático se vio precisado a dotarse urgentemente de una policía de orientación civil. Y lo hizo bastante bien, dentro de la circunstancia. No obstante, la calidad dejó mucho que desear.
Los sucesivos gobiernos fueron echando dinero al problema y más unidades fueron enroladas, mientras la mayoría de las más duchas y preparadas del antiguo régimen se sumaron al pie de fuerza de las numerosas agencias de seguridad privadas que se abrieron para aprovechar la momentánea sobre oferta.
La creciente inseguridad del país creó una demanda insatisfecha, que el Gobierno procuró llenar con cantidad, no con calidad. Un intento de crear una academia militar, hace un par de años, fue incluso abortado. Pero no se dio en sustitución una alternativa de alto estándar para el servicio policial, ni se adoptó una estructura administrativa adecuada para incentivar esa carrera. En consecuencia, los peores prospectos eran ingresados a la Fuerza Pública.
Hoy pagamos las consecuencias. Un jefe de la Policía bien motivado, Rolando Mirones, ha elevado su nivel de eficiencia; pero lamentablemente ha hallado su techo en sí misma y, más especialmente, en la pobre calidad de su recurso humano.
No hay solución a corto plazo. Debe crearse un instituto policial de nivel de primer mundo, donde ingresen bachilleres que encuentren en la carrera un medio de vida decoroso y de realización profesional y personal en diversos órdenes y especialidades. ¿Hace falta más dinero? No. Lo que se requiere es de mejores administradores. Hoy se gasta mucho más y se tiene un pie de fuerza mayor que en tiempos de las Fuerzas de Defensa, que custodiaban las fronteras y velaban por la seguridad nacional y ciudadana. Y si no fuera por la invasión, allí estarían. Se trata ahora de crear una organización mejor, de estricta orientación civil.