La política internacional de Panamá es un asunto serio
Esta afirmación, que parece un lugar común, la ignoran todavía muchos. Es un hecho que la seguridad y la prosperidad de Panamá dependen esencialmente de su relación con el exterior. Primero, con sus vecinos inmediatos, Colombia antes que todo y Centroamérica, comenzando con Costa Rica. Luego, el resto del continente americano, destacándose, por razones obvias, Estados Unidos (EE.UU.). Finalmente, los grandes usuarios del Canal, de América, Europa y Asia Pacífico.
Ocupamos una encrucijada, somos ribereños de las dos mayores cuencas oceánicas, del Atlántico a través del Caribe y del Pacífico. Esos son los datos fundamentales del Atlas geopolítico para Panamá. Después, viene la historia. Somos parte, por nuestra cultura, de la civilización occidental y por el pasado estamos vinculados íntimamente con el norte de Sudamérica así como también, desde hace casi dos siglos, con la potencia norteamericana. Por el temperamento y los hombres somos del Caribe. Por necesidad y vocación somos más bien pacíficos y estamos acostumbrados al entendimiento fácil, a la concertación más que a la confrontación y el conflicto abierto.
Somos un pueblo práctico que aborrece la ideología y los esquemas intelectuales con algún grado de complejidad. Mostramos contradicciones flagrantes frente al extranjero: somos abiertos y cerrados a la vez, con xenofilia acentuada para algunos y xenofobia violenta para otros, rara vez el equilibrio. En base a esta realidad debemos pensar en una política internacional que nos otorgue seguridad, prosperidad y respeto por parte de la comunidad de naciones.
La seguridad la logramos gracias a convenios y tratados entre los que se destaca el Tratado de Neutralidad el cual, aceptado por la crema y nata de los Estados de la comunidad internacional que se han adherido a su Protocolo y a pesar de todos los fanáticos locales, ofrece protección estratégica al Canal y, en consecuencia, a sus riberas. La prosperidad la ofrece una pujante economía esencialmente de servicios orientada hacia el exterior (Canal, Zona Libre, puertos, servicios jurídicos y afines, financieros, comercio, turismo) con un sector exportador de bienes en expansión. Tenemos buenas relaciones con países de signos políticos e ideológicos disímiles y hasta opuestos.
Sin embargo, todavía adolecemos de algunas debilidades, producto de nuestra pequeña magnitud y de la historia pero también de una visión limitada de algunos dirigentes. Primero, caemos fácilmente en la tentación de creer que una estrecha relación con EE.UU. es suficiente y que todo nuestro futuro se radica en Washington, contentándonos de sólo unas fotos con sus dirigentes y algunas dádivas y promesas sin porvenir. Visión desfasada que correspondió a otra época y que aún, durante la negociación de los tratados Torrijos-Carter, se reveló ineficaz, obligándonos a descubrir que los caminos a Washington pasaban también por otras capitales de Latinoamérica y de Europa, Africa y Asia.
Adolecemos de rigor al pensar que el exterior debe ser fuente de recursos e ingresos inmediatos: consulados de marina mercante que enriquecen a algunos escogidos, diplomacia de la chequera que fundamentalmente hace lo mismo con el pretexto de la cooperación para obras sociales. Esa suerte de mendicidad internacional es lo opuesto a la dignidad y fuente principal de la corrupción pública interna. Además de indigna es incoherente puesto que ¿cómo puede un estado serio y respetable tener un sistema consular de enriquecimiento personal y al mismo tiempo solicitar cooperación externa para combatir la pobreza interna?
Debemos ser realistas y corregir pronto nuestros errores más graves. Ignoramos a un quinto de la humanidad, la que habita la República Popular China al mantener relaciones diplomáticas con Taiwán, alimentadas, es cierto, de dólares contantes y sonantes... Pero, ¿cómo podemos pretender a un verdadero liderazgo internacional si nos comportamos como una marioneta de la pequeña isla asiática? Nadie puede negar al esforzado pueblo taiwanés sus logros y sus aspiraciones a la democracia y a la libertad. No obstante, creo que menos podemos negarnos el respeto que merece el pueblo panameño de parte de la comunidad de naciones.
Por razones fortuitas ocupamos hace poco un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU, pero continuamos siendo objeto de listas negras de países supuestamente amigos (buena diplomacia es estricta reciprocidad) y no logramos aún integrar el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) donde, por razones naturales, debemos estar, mientras permanecemos en el PARLACEN, organismo inútil, costoso y refugio de algunos delincuentes de Centroamérica. Esto es lo que ha evitado Costa Rica, que siempre hemos considerado más pastoril, menos cosmopolita, y que al también establecer relaciones diplomáticas con China Popular nos ha dado en los últimos tiempos lecciones de una política internacional llena de inteligencia, lucidez, dignidad y éxito.