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La presencia de la memoria


Mañana 19 de diciembre se cumplen exactamente, treinta años de la salvaje golpiza que me propinaron, en 1979, los agentes del gobierno militar. No puedo ni debo evitar que el recuerdo se apodere de mi memoria, de mi corazón, de mi cuerpo. A las cuatro de la tarde de ese miércoles 19 de diciembre de 1979, nos congregamos en el atrio de la entonces Iglesia Don Bosco para protestar contra la llegada del Sha de Irán. Jimmy Carter envió al depuesto Sha de Irán a Panamá, que ya para entonces era lo que sigue siendo hoy, sin dictadura militar: vertedero de desechos políticos no reciclables.

Dos oficiales de la Guardia Nacional, Melo y Armijo, amenazaron:” no puede haber marcha por órdenes superiores”. Decidimos iniciar la protesta pacífica. En cuestión de minutos decenas de guardias uniformados, motorizados y G-2 aparecieron por montones. Más de cuarenta motorizados se colocaron a veinte metros de donde estábamos. Caminé hacia ellos, solo, megáfono en mano. Pensé que querrían parlamentar. No había terminado de llegar cuando el jefe de los motorizados, Tomás Herron De Diego, se abalanzó y me entró a golpes. Puñetazos y puntapiés cayeron sobre mí, al tiempo que gritaba junto al tenebroso G-2, Fritz Gibson Parrish, alias Sangre : “Aquí está Bernal”. Una mancha de palos, manguerazos, golpes de todas clases y de todos lados llovió sobre mi cuerpo. Me resistí. Me arrastraban. Me tiraban al piso y pateaban. Doña Elvia Lefevre, Víctor Navas King y una dama desconocida, se metieron en medio de la golpiza en desesperado esfuerzo por impedir la salvaje tortura pública. Nunca he dejado de saber que esos golpes, que ellos recibieron, a mí me salvaron la vida.

La salvaje golpiza pública duró una eternidad. El recuerdo también persiste. Primero me llevaron al Cuartel central, cuando vieron que moría, entonces me llevaron al Santo Tomás... convulsionando. En forma agravada, intencional, premeditada fui maltratado físicamente, en un acto cruel, inhumano y degradante, pero también propio de sus autores, los torturadores y los promotores. Poco les importó a los gestores intelectuales y materiales dado que sabían, que su acto encontraba justificación en la corrupción que imperaba y que el manto de impunidad los arroparía siempre. Nunca el caso fue debidamente examinado debidamente por las autoridades competentes del Estado. Ni por los de entonces, ni después por los de ahora.

Pasada la invasión, ingenuamente solicité se iniciara un proceso penal contra el supuesto culpable o culpables …Todo quedó y sigue impune y los responsables, premiados con importantes posiciones gubernamentales.

Tengamos presente con Eduardo Galeano que: “... La memoria despierta es contradictoria, como nosotros; nunca está quieta, y con nosotros cambia. No nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia; pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron.”

Presente en la memoria sigue el atentado contra mi vida. Me he olvidado olvidar y no me han dejado perdonar, porque nos han ocultado la verdad y no nos han permitido que haya justicia.

101 años de Panamá América

 
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