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La prisa no conduce a nada


Este aforismo utilizado en este verano en España tiene su aplicación a nosotros en estos días en que a diario los titulares de nuestros rotativos matutinos nos informan de tantos y tantas ciudadanos y ciudadanas fallecidos por causa de deficiencia en la educación vial.
Decididamente el vehículo rodante, el automóvil no es asunto de lujo, es una necesidad en una ciudad que se ha expandido y en que ha crecido con sus múltiples barriadas de las afueras y de las nuevas necesidades que han ido surgiendo con el famoso progreso.
Así como es una necesidad es, al mismo tiempo, un venablo, una arma peligrosa, un instrumento de muerte. Y últimamente esto es lo que está pareciendo. No hablemos del transporte selectivo ni del colectivo, ya que ese es un capítulo aparte en cada una de las urbes del mundo, con las mismas características y sus notables diferencias.
En España existe desde el ángulo religioso, la Pastoral de la Carretera integrada a la Comisión de Migraciones que anualmente trata de reavivar el sentido de responsabilidad ante la variada gama de problemas relacionados con el tráfico por carretera, seleccionaron la velocidad como tema de reflexión y lo han formulado en la frase: La prisa no conduce a nada.
Por supuesto que hay que matizar, ya que la lentitud tampoco conduce a nada. Y más entre nosotros que aun cuando hablamos rápido e ininteligentemente hacemos las cosas con lentitud, sobre todo las que debemos hacer con presteza como es atender al público, brindar los servicios a los que nos hemos comprometido, cumplir con las promesas.
La prisa no conduce a nada en los matrimonios de los adolescentes, ni en los no tan adolescentes. El alboroto y la corredera tampoco y es tan típico cuando dejamos las cosas para última hora. En nuestras expresiones del culto religioso, tampoco la prisa no conduce a nada, aun cuando esto no quiere decir que seamos impuntuales según dizque la hora panameña que no existe.
Al referirnos a la circulación vial, no podemos caer en un farisaico negativismo. Hay que reconocer los beneficios de la motorización que configura el estilo de vida y gran parte de la cultura del hombre moderno, facilitando nuevas relaciones, reduciendo distancias entre personas, pueblos y culturas, abriendo insospechados horizontes a la economía y al trabajo, facilitando el disfrute de lo lejano, fomentando el turismo generalizado.
Y si los aspectos positivos son innegables y dignos de reconocimiento y estima, no podemos cerrar los ojos ante los problemas relacionados con el tráfico y menos aún a las numerosas tragedias que se siguen causando en nuestras vías.
Las imágenes y los datos que con frecuencia nos ofrecen los medios de comunicación son conmovedores y alarmantes. El estilo con que lo hacen señalando la fecha o los días del año y la cantidad de fatalidades siempre comparando con el año anterior y señalándonos, fuera del año pasado o hace dos años, siempre que el año en curso refleja más conciudadanos nuestros fenecidos que el anterior y nunca descartando que en uno de esos conteos pudiéramos ser nosotros mismos la cifra de la diferencia.
Las frías cantidades encierran tanto dolor y tragedia que a todos nos invitan a la reflexión, y a vivir nuestro sentido de responsabilidad. Porque es la persona humana la principal protagonista, como agente y paciente en esta actividad humana.
El hombre y la mujer de hoy, al sentarse al volante, han de ser conscientes de que son ellos el principal factor de seguridad de su vehículo de forma que su viaje sea motivo de gozo y nunca ocasión de causar males a los demás o de recibirlos por imprudencia o temeridad.
A medida que el conductor se va haciendo con modelos más potentes, fácilmente puede caer en la tentación de emular a los atletas, tratando de superar sus propias marcas de velocidad siendo así que nuestras calles y carreteras no son velódromos.
La vanidad y el falso machismo y prepotencia (pensemos en los taxis y diablos rojos) pueden llevar a forzar la aceleración como una idolatría absurda que luego llena de luto y lágrimas a familias despojadas de miembros cabezas de hogares.
Por tanto, insistir en la responsabilidad nunca será suficiente, la responsabilidad de la persona humana con un sin fin de obligaciones como conocer y respetar las leyes de tránsito, procurar el dominio del propio vehículo y la impetuosidad del propio carácter, respetar a los demás, conductores y peatones con las normas de elemental cortesía, la gran ausente y abstenerse de ingerir alcohol y drogas que traen muerte y sobre todo, tener en claro que: la prisa no conduce a nada.

101 años de Panamá América

 
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