La reivindicación de la política
En varias ocasiones he tenido la oportunidad de escuchar al ex presidente Julio María Sanguinetti, quien recientemente estuvo en Panamá para compartir reflexiones sobre el valor de la democracia y el papel de la política. Siempre ha hecho despliegue de un pensamiento claro y de una extraordinaria capacidad expositora, por lo que resulta comprensible que su presentación haya motivado una nutrida y abigarrada concurrencia, y más de un comentario.
Su perenne prédica a favor de la democracia es siempre oportuna. Por haber presidido los destinos de su país en dos ocasiones y haber vivido la angustia que acosa a los gobernantes demócratas de naciones subdesarrolladas como las nuestras, cuando tienen que enfrentar, sin poder resolverlas la mayoría de las veces, las crecientes demandas insatisfechas de sus pueblos, es una voz autorizada para terciar en el debate sobre la denominada crisis de la política o de los políticos.
En el ex presidente Sanguinetti hay que reconocer a una de las figuras políticas más prestantes de Latinoamérica que, después de ejercer las máximas responsabilidades de su país y de haber experimentado los sinsabores de la vida política, sigue reivindicándola.
La política, y sobre todo los políticos, somos blanco constante de ataques justificados e injustificados. Ni la política es mala ni todos los políticos lo son. Sin embargo, en las últimas épocas, el ataque es indiscriminado con las consecuentes confusiones.
Para centrar el debate tal vez debiera comenzarse por aclarar que la actividad política no la ejercen sólo los políticos y reconocer que ella, como es la realidad, es un reflejo del entorno social en que se desarrolla. Achacarle todos los males a la política es tan simple como querer trazar una línea para dividir el país entre malos y buenos. En todas las sociedades se mueve un conjunto de relaciones e intereses que se entrelazan y retroalimentan en una constante interdependencia. Para ponerlo en términos similares a los expuestos por el ex presidente Sanguinetti: la política en cada país es un reflejo de su sociedad. Por tanto para cambiarla o reorientarla debemos contribuir todos, no solamente los políticos.
Los partidos políticos existentes representan las diferentes corrientes de pensamiento que imperan en una sociedad, por lo menos de aquellas que han decidido organizarse como tales. Desde luego, no todos los ciudadanos pertenecen a un partido político y, por tanto, parece legítimo decir que éstos no tienen el derecho de ser los únicos canalizadores de la actividad política, pero también es cierto que nada impide a las corrientes que no se consideren representadas por los partidos existentes organizarse y crear nuevos partidos si cuentan con el respaldo necesario.
Para que un debate ciudadano sobre la política adquiera el vuelo necesario para influir positivamente sobre sus derroteros futuros, en mi opinión debe partirse con una diferenciación clara entre tres áreas básicas: la política como una actividad en la que convergen todos los sectores de la sociedad, los partidos y los políticos.
La política no es mala. La hacemos mala o buena quienes intervenimos en ella, a través de un partido político o mediante los grupos de presión que a veces son más determinantes que los partidos o como simples ciudadanos el escoger buenos o malos candidatos.
Los partidos tampoco son esencialmente malos como con frecuencia suele afirmarse. Son instituciones necesarias para la vida democrática. Esta se fortalece con buenos partidos y se debilita si no lo son, pero las instituciones partidarias, no tienen más vigencia que la que quieran darles los electores. Si medran partidos malos, la culpa, como es obvio no es sólo de sus dirigentes. Los buenos políticos no abundan, pero los hay. Comencemos con tiempo el examen y escojamos los mejores. En el fondo, se trata de rescatar valores y todos podemos contribuir.
Su perenne prédica a favor de la democracia es siempre oportuna. Por haber presidido los destinos de su país en dos ocasiones y haber vivido la angustia que acosa a los gobernantes demócratas de naciones subdesarrolladas como las nuestras, cuando tienen que enfrentar, sin poder resolverlas la mayoría de las veces, las crecientes demandas insatisfechas de sus pueblos, es una voz autorizada para terciar en el debate sobre la denominada crisis de la política o de los políticos.
En el ex presidente Sanguinetti hay que reconocer a una de las figuras políticas más prestantes de Latinoamérica que, después de ejercer las máximas responsabilidades de su país y de haber experimentado los sinsabores de la vida política, sigue reivindicándola.
La política, y sobre todo los políticos, somos blanco constante de ataques justificados e injustificados. Ni la política es mala ni todos los políticos lo son. Sin embargo, en las últimas épocas, el ataque es indiscriminado con las consecuentes confusiones.
Para centrar el debate tal vez debiera comenzarse por aclarar que la actividad política no la ejercen sólo los políticos y reconocer que ella, como es la realidad, es un reflejo del entorno social en que se desarrolla. Achacarle todos los males a la política es tan simple como querer trazar una línea para dividir el país entre malos y buenos. En todas las sociedades se mueve un conjunto de relaciones e intereses que se entrelazan y retroalimentan en una constante interdependencia. Para ponerlo en términos similares a los expuestos por el ex presidente Sanguinetti: la política en cada país es un reflejo de su sociedad. Por tanto para cambiarla o reorientarla debemos contribuir todos, no solamente los políticos.
Los partidos políticos existentes representan las diferentes corrientes de pensamiento que imperan en una sociedad, por lo menos de aquellas que han decidido organizarse como tales. Desde luego, no todos los ciudadanos pertenecen a un partido político y, por tanto, parece legítimo decir que éstos no tienen el derecho de ser los únicos canalizadores de la actividad política, pero también es cierto que nada impide a las corrientes que no se consideren representadas por los partidos existentes organizarse y crear nuevos partidos si cuentan con el respaldo necesario.
Para que un debate ciudadano sobre la política adquiera el vuelo necesario para influir positivamente sobre sus derroteros futuros, en mi opinión debe partirse con una diferenciación clara entre tres áreas básicas: la política como una actividad en la que convergen todos los sectores de la sociedad, los partidos y los políticos.
La política no es mala. La hacemos mala o buena quienes intervenimos en ella, a través de un partido político o mediante los grupos de presión que a veces son más determinantes que los partidos o como simples ciudadanos el escoger buenos o malos candidatos.
Los partidos tampoco son esencialmente malos como con frecuencia suele afirmarse. Son instituciones necesarias para la vida democrática. Esta se fortalece con buenos partidos y se debilita si no lo son, pero las instituciones partidarias, no tienen más vigencia que la que quieran darles los electores. Si medran partidos malos, la culpa, como es obvio no es sólo de sus dirigentes. Los buenos políticos no abundan, pero los hay. Comencemos con tiempo el examen y escojamos los mejores. En el fondo, se trata de rescatar valores y todos podemos contribuir.