La responsabilidad de elegir
Según las cuentas del Tribunal Electoral, el 50% de los electores, aproximadamente un millón doscientos mil, con derecho a votar en las próximas elecciones está inscrito en alguno de los ocho partidos legalmente inscritos. Por tanto, una suma igual no tiene ninguna preferencia partidaria.
Si damos por cierto, aunque no lo sea, que los electores inscritos responderán al llamado de sus partidos, se impone preguntar: ¿Qué decidiremos hacer con nuestro derecho a elegir el otro millón doscientos mil ciudadanas y ciudadanos que no pertenecemos a ningún partido? La primera disyuntiva, que se plantean muchos miles de electores es la de votar o no votar. Históricamente, el 30% de los electores no lo hace. Pero para las elecciones del 2009 ese porcentaje no disminuirá sino que, seguramente, aumentará.
La abstención nunca ha sido ni será una buena opción. Quienes se abstienen, dejan en manos de los que sí votan que decidan el rumbo del país, lo que nos afectará a todos, hayamos o no votado. Pero la abstención, así hay que entenderlo, no es simplemente producto de dejadez; en un altísimo porcentaje refleja el cansancio y el desencanto de los electores y su repudio a la repetición de las mismas opciones gastadas y recurrentes.
En la actual campaña electoral, así lo expresan muchos miles de electores, todas las opciones conocidas, a nivel presidencial, y casi todas las de legisladores, son frustrantes. Más de lo mismo, aumentado y empeorado. Sin embargo, de entre ellas saldrá el próximo gobernante y también los diputados para el quinquenio 2009-2014.
De las alternativas presidenciales me ocuparé en otro artículo; hoy me concentraré en las elecciones para diputados, posición a la que aspirarán varios centenares de candidatos y candidatas, entre los que habrá de todo: buenos, malos y peores.
La Asamblea, en cualquier encuesta, ocupa el último lugar en la estimación ciudadana. En consecuencia, es urgente rescatarla y transformarla en una institución útil. Y la manera de hacerlo es escogiendo buenos diputados. Y para escoger buenos diputados hay que elegir con base a criterios que cierren toda posibilidad a los malos candidatos y candidatas.
Tradicionalmente, en la elección de diputados y diputadas, antes que un examen cuidadoso de sus cualidades y calidades, siempre ha imperado el amiguismo y el compadrazgo. Se vota por los amigos, por los amigos de los conocidos que piden el voto para el amigo, el asociado o el compadre. Si volvemos a elegir con esos criterios, tendremos lo que merecemos: otra Asamblea costosa e inútil. Y otros cinco años para lamentarnos. Por eso, esta vez, debemos ser verdaderamente selectivos y escoger a los mejores candidatos, que algunos habrá.
Mi recomendación es que establezcamos condiciones para dar nuestro voto. Que sólo votemos por aquellos candidatos que, públicamente se comprometan a: no cobrar si no asisten a las sesiones; renunciar a las malditas partidas circuitales; renunciar a las exoneraciones de vehículos y otras prebendas; divulgar cuánto gastan y cómo financian sus campañas; apoyar la reducción del número actual de diputados; no conceder facultades extraordinarias; y no celebrar sesiones extraordinarias. Los que pasen ese filtro deben ser dignos de nuestro voto y, tal vez, tendremos una mejor Asamblea.