La responsabilidad de los irresponsables
EL PROBLEMA DE nuestro Panamá, en cuanto a lo que acontece desde hace décadas, me refiero a nuestros problemas, nuestras preocupaciones, nuestros comportamientos, acciones y conductas, las posiciones que adoptamos ante nuestras circunstancias, el catálogo de principios y reglas que aplicamos ante la adversidad; en fin, todo cuanto tiene que definirse de nosotros mismos tiene un denominador que se hace común a toda Latinoamérica.
Algunos de los países de nuestra América India, por ejemplo Brasil, Argentina, México, Venezuela, Chile, etc., parecieran distanciarse de ese denominador; sin embargo, las posibilidades concretas de desarrollo de esas naciones, guardan relación directa con sus recursos naturales y de la existencia de algunos gobiernos que han asimilado la seriedad y la responsabilidad como parte de una agenda de Estado por lo que han logrado esos países, mejores condiciones, sobre todo en el ámbito estructural y tecnológico que han permitido que manejen recursos superiores a los nuestros y por ello nos aventajan en diversos renglones.
No se trata de esgrimir el argumento de que Panamá no puede ser objeto de comparación con las naciones que citamos como ejemplos de la diversidad o diferencialidad, sino de advertir la proporcionalidad nuestra e insertarla en uno de los estados -caso de Brasil, por ejemplo, veamos el desarrollo de Sao Paulo-, para así darnos cuenta de que nuestra realidad socio-política y económica adolece de fallas que han provenido, básicamente, de malos e irresponsables gobiernos que no han sabido adoptar los compromisos políticos como parte de una agenda que permite desenvolver nuestra propia historia y en función de ello permitir que se hilvane el desarrollo social de nuestra nación. Esos malos gobiernos que derrochan recursos y nada hacen por los pueblos que, confiando en los elegidos, los pone en el eje de poder que no representa otra cosa que el mismísimo poder político
Panamá no puede seguir funcionando de modo irresponsable. Hemos sido irresponsables en infinitud de cosas: falla nuestra justicia; desfallece nuestro sistema de salud; la pobreza sigue victimando a nuestra gente; nuestros pobres no consiguen trabajo; las comunidades indígenas siguen desprotegidas; hay que advertir el sistema de justicia administrativa, funcionarial, el mismo amérita calificarse de pobre; la corrupción -nepotismo y tráfico de influencias- permea aún diversos niveles gubernamentales; todavía siguen los escándalos públicos, etc.. Desde luego que un análisis objetivo e imparcial conllevaría a responzabilizar a los irresponsables de todo el desgreño que se advierte en el proceso de maduración política de nuestro Estado.
La inmadurez o la adolescencia de nuestras acciones se pone de relieve en la forma incoherente, improvisada, de cómo tomamos nuestras decisiones: nuestro guía deviene en la emotividad, el pasionismo criollo, la conveniencia o incoveniencia de intereses marcadamente egoístas; y en no pocas ocasiones, un actuar perversamente doloso que traduce un comportamiento delincuencial -la indiferencia- que se hace cómplice de verdaderos homicidas de la cosa nacional. La identidad del ser nacional transita por una aparatosa y penosa situación: resulta sumamente difícil, por casi imposible, definir el estado de nuestra idiosincrasia.
Seguimos siendo un país de gallos, dados, cartas, bingos -como han proliferado en la ciudad y en el resto del país-, por lo que la chinga denota debilidad en la personalidad del ser panameño. Ahora el país se entrega a una catarsis auspiciada por los espíritus agoreros que, pasados los carnavales, saldrán a recriminarle a nuestra propia gente el porqué de una determinada acción o conducta festiva -licencias sexuales y estrambotismo por doquier- y en consecuencia exigirán madurez para la preparatoria de otro carnaval: las elecciones políticas del año 2009.
Hagan sus apuestas, expongan sus cartas, digan qué es lo que quieren, a lo mejor ese sera el lenguaje que volveremos a escuchar entre los que se llaman líderes de la oposición y los que regentan la cosa pública actual.
Todo es, insisto, un vergonzoso "corsi et recorsi" -un ir y venir- que traduce la conducta pendular, ondulante, zigzagueante del ser panameño. Apostemos por la decencia, juguemos a las libertades que deben institucionalizarse en las leyes, prediquemos un Panamá que anhelamos como cosa apetitosa para bien de las grandes mayorías marginadas del pueblo.
Todo empieza por el cambio de mentalidad. Debemos cambiar nuestra mentalidad de pasionismo a racionalismo; de emotividad a reflexividad; de improvisación a meditación y planeamiento; de trasnochismo a jornalidad; de irrespeto a la conciencia ciudadana por lealtad y probidad para con nuestra gente; de materialidad por espiritualidad; de brujería por fe y cristiandad.
abog27172010@hotmail.com
Algunos de los países de nuestra América India, por ejemplo Brasil, Argentina, México, Venezuela, Chile, etc., parecieran distanciarse de ese denominador; sin embargo, las posibilidades concretas de desarrollo de esas naciones, guardan relación directa con sus recursos naturales y de la existencia de algunos gobiernos que han asimilado la seriedad y la responsabilidad como parte de una agenda de Estado por lo que han logrado esos países, mejores condiciones, sobre todo en el ámbito estructural y tecnológico que han permitido que manejen recursos superiores a los nuestros y por ello nos aventajan en diversos renglones.
No se trata de esgrimir el argumento de que Panamá no puede ser objeto de comparación con las naciones que citamos como ejemplos de la diversidad o diferencialidad, sino de advertir la proporcionalidad nuestra e insertarla en uno de los estados -caso de Brasil, por ejemplo, veamos el desarrollo de Sao Paulo-, para así darnos cuenta de que nuestra realidad socio-política y económica adolece de fallas que han provenido, básicamente, de malos e irresponsables gobiernos que no han sabido adoptar los compromisos políticos como parte de una agenda que permite desenvolver nuestra propia historia y en función de ello permitir que se hilvane el desarrollo social de nuestra nación. Esos malos gobiernos que derrochan recursos y nada hacen por los pueblos que, confiando en los elegidos, los pone en el eje de poder que no representa otra cosa que el mismísimo poder político
Panamá no puede seguir funcionando de modo irresponsable. Hemos sido irresponsables en infinitud de cosas: falla nuestra justicia; desfallece nuestro sistema de salud; la pobreza sigue victimando a nuestra gente; nuestros pobres no consiguen trabajo; las comunidades indígenas siguen desprotegidas; hay que advertir el sistema de justicia administrativa, funcionarial, el mismo amérita calificarse de pobre; la corrupción -nepotismo y tráfico de influencias- permea aún diversos niveles gubernamentales; todavía siguen los escándalos públicos, etc.. Desde luego que un análisis objetivo e imparcial conllevaría a responzabilizar a los irresponsables de todo el desgreño que se advierte en el proceso de maduración política de nuestro Estado.
La inmadurez o la adolescencia de nuestras acciones se pone de relieve en la forma incoherente, improvisada, de cómo tomamos nuestras decisiones: nuestro guía deviene en la emotividad, el pasionismo criollo, la conveniencia o incoveniencia de intereses marcadamente egoístas; y en no pocas ocasiones, un actuar perversamente doloso que traduce un comportamiento delincuencial -la indiferencia- que se hace cómplice de verdaderos homicidas de la cosa nacional. La identidad del ser nacional transita por una aparatosa y penosa situación: resulta sumamente difícil, por casi imposible, definir el estado de nuestra idiosincrasia.
Seguimos siendo un país de gallos, dados, cartas, bingos -como han proliferado en la ciudad y en el resto del país-, por lo que la chinga denota debilidad en la personalidad del ser panameño. Ahora el país se entrega a una catarsis auspiciada por los espíritus agoreros que, pasados los carnavales, saldrán a recriminarle a nuestra propia gente el porqué de una determinada acción o conducta festiva -licencias sexuales y estrambotismo por doquier- y en consecuencia exigirán madurez para la preparatoria de otro carnaval: las elecciones políticas del año 2009.
Hagan sus apuestas, expongan sus cartas, digan qué es lo que quieren, a lo mejor ese sera el lenguaje que volveremos a escuchar entre los que se llaman líderes de la oposición y los que regentan la cosa pública actual.
Todo es, insisto, un vergonzoso "corsi et recorsi" -un ir y venir- que traduce la conducta pendular, ondulante, zigzagueante del ser panameño. Apostemos por la decencia, juguemos a las libertades que deben institucionalizarse en las leyes, prediquemos un Panamá que anhelamos como cosa apetitosa para bien de las grandes mayorías marginadas del pueblo.
Todo empieza por el cambio de mentalidad. Debemos cambiar nuestra mentalidad de pasionismo a racionalismo; de emotividad a reflexividad; de improvisación a meditación y planeamiento; de trasnochismo a jornalidad; de irrespeto a la conciencia ciudadana por lealtad y probidad para con nuestra gente; de materialidad por espiritualidad; de brujería por fe y cristiandad.
abog27172010@hotmail.com