La responsabilidad, lenguaje de un pueblo adulto
Como un individuo cuando pasa de la adolescencia a la edad adulta, también nosotros los panameños como pueblo podemos y debemos llegar a la época de la responsabilidad. Se han gastado los discursos del anti-militarismo y del anti-yanquismo y hemos de adopta nuevos discursos de responsabilidad en lo interno y en lo externo. Los que tenemos similares conceptos de dicha responsabilidad debemos actuar juntos en política.
Cuando se pasa de la adolescencia a la edad adulta, se producen cambios psicológicos importantes. La pugnacidad de la adolescencia, expresión de una identidad insegura de cara a elementos extraños o adversos, y el lenguaje agresivo que la acompaña, dan paso a una nueva actitud que combina la iniciativa propia con la colaboración, actitud de seguridad en uno mismo que se expresa en un lenguaje de mayor compostura y ecuanimidad.
Este cambio en la vida del individuo debe darse con un creciente sentido de responsabilidad. Significa en primer lugar que por nuestras decisiones respondamos nosotros mismos ante nuestra propia conciencia. No hemos de seguir preocupados ante todo por el qué dirán. Dejemos atrás la personalidad "other-directed" (orientada hacia los otros) por una personalidad "inner-directed" (orientada hacia adentro). Comencemos a actuar en conciencia. Significa en segundo lugar que respondamos ante nuestra comunidad y comencemos a practicar la corresponsabilidad. En vez de actuar como francotiradores, aceptemos compartir las decisiones, reconociendo nuestra parte en los éxitos o en los fracasos, sin buscar chivos expiatorios. Comencemos a actuar en conjunto. Por último, significa que respondamos ante una instancia moral superior, que para muchos de nosotros es Dios, en la perspectiva de que nuestra decisiones repercuten, aunque sea anónimamente, sobre la trama de la historia y el acontecer del mundo, y deben ser medidas por normas englobantes. No estimemos más la referencia a esta instancia superior como un atentado contra nuestra autonomía, sino como el signo de nuestra humanidad con sus limitaciones inherentes. Comencemos a actuar con sentido de destino. Nuestro lenguaje deja entonces de ser el lenguaje exageradamente excluyente e iconoclasta del adolescente para convertirse en el lenguaje integrador y de mutuo respeto del adulto.
Esta transformación, que se da en los individuos en el plano psicológico, se puede y se debe dar en la pueblos en el plano cultural, cuando a través de experiencias fuertes maduran en su conciencia y se desarrollan en su realidad.
Creo y espero que los panameños como pueblo hemos estado viviendo una transformación semejante. Entramos en una época en que debemos dar muestras, sobre todo, de responsabilidad. Nos hacía falta "la prueba de la adversidad," tal que lo destacó Eusebio Morales, con razón considerando la "conciencia crítica" de la República en su primera etapa de 1903 a 1931. Pero esa prueba ya la tuvimos, en forma traumática, con la doble experiencia de la dictadura en el plano interno y de la invasión en el plano externo. Quienes se aprovecharon de la dictadura, se vieron postergados a raíz de la invasión, y quienes fueron víctimas de la dictadura, fueron reconocidos por sus luchas después de la invasión. El país en su conjunto vivió así "la prueba de la adversidad," aunque de diferentes maneras.
Al tomar conciencia de esta realidad, caemos en cuenta que estamos llamados a una nueva etapa de madurez, marcada por la responsabilidad y por un lenguaje correspondiente. En el campo de la actividad cívico-política, debemos reconocer que el discurso del anti-militarismo está agotado, debido a que por estipulación constitucional ya no tenemos organismo militar y menos aún uno que predomine sobre los sectores civiles de la sociedad. Junto con este discurso, también está agotado el de la anti-dictadura, por la sencilla razón de que no hay persona o grupo que pueda imponerse arbitrariamente a los ciudadanos y a sus autoridades civiles libremente escogidas para gobernar. Ello no quiere decir que hemos de olvidar el pasado de la dictadura militar. Tampoco quiere decir que no nos mantengamos alertas a cualquier signo de resurgimiento del militarismo y de un régimen autoritario o impositivo. Quienes ignoren los desmanes militaristas y dictatoriales y no estén alertas a los mismos, corren el riesgo de volver a padecerlos.
Pero estos discursos ya no definen las opciones nacionales fundamentales y no deben determinar las alternativas de alianza política. En el plano cívico-político, las opciones entre tradicionalismo y modernismo, entre paternalismo y participación, entre populismo electoral y desarrollismo institucional son las decisivas, en torno a las cuales deben darse conjunciones con miras al acceso y al ejercicio del poder público con responsabilidad.
De igual manera, el discurso de una nacionalismo anti-yanqui también se gastó. Los Estados Unidos han sido instrumentales, a pesar de ellos mismos, en la configuración de nuestra nacionalidad. Primero, si ellos nos usaron para promover sus designios imperiales en la región, nosotros los usamos a ellos para hacer viable nuestra independencia. Además, la reacción a ellos favoreció la conciencia de nuestra diferencia e identidad propia.
Por casualidad, cuando estudiaba en París, compré un libro intitulado La Mediterranée Americaine, escrito en 1926 por Jacques Crokaert, funcionario del Ministerio de Colonias de Bélgica. En el mismo el autor auguraba, a propósito de la discusión en 1926 del proyecto de tratado Kellog-Alfaro, que "Panamá parecía dispuesta al protectorado". Y sin embargo, debió añadir en una nota que "cuando la obra se encontraba en prensa llegó la inesperada noticia del rechazo por parte del Parlamento panameño de (dicho) tratado con los Estados Unidos". Ello revelaba la resistencia creciente de nuestro país a su absorción dentro del ámbito norteamericano, en razón mismo de la reacción que suscitaba en nosotros su presencia casi colonial en nuestro seno.
Ya hemos rescatado nuestra plena soberanía y se ha panameñizado por completo el Canal y la zona adyacente. Es verdad que queda por eliminar el residuo de intervencionismo que contiene el Tratado de Neutralidad Torrijos-Carter, con la ayuda de la interpretación formulada en su reciente discurso por el ex - Presidente Carter . También es verdad que debemos impedir los últimos intentos que hacen los Estados Unidos por mantener una simbólica presencia militar en nuestro territorio y obtener la limpieza adecuada de los polígonos de tiro.
Sin embargo, ya éstas no son las principales tareas con respecto al Canal. La prioridad debe dársele a nuestra administración eficiente, segura y competitiva de la vía interoceánica y a nuestra preparación de la decisión con respecto a su modernización y al modo de financiarla. Los temas más urgentes que deben ocuparnos, y en torno a los cuales debemos unirnos, son la no-politización del Canal, la estabilidad de su personal y su manejo de acuerdo con un sistema de méritos, así como la utilización preferente del los fondos que genere para su mantenimiento y perfeccionamiento. En este 9 de enero de 2000, gracias al sacrificio de nuestros mártires, hemos llegado al momento de pasar del rescate de la soberanía al ejercicio de la misma con responsabilidad.
Un Panamá adulto exige actualmente, sobre todo, un nuevo sentido de la política en lo interno y en lo externo. El discurso de la responsabilidad y el comportamiento de acuerdo con ella es el nuevo criterio que se le ofrece al país para guiar su acción y escoger a quiénes encomendarles el poder público en el futuro. Los que tengamos similares concepciones de dicha responsabilidad debemos conjugar esfuerzos por el bien de Panamá, al acercarnos al segundo centenario de nuestra independencia.
Cuando se pasa de la adolescencia a la edad adulta, se producen cambios psicológicos importantes. La pugnacidad de la adolescencia, expresión de una identidad insegura de cara a elementos extraños o adversos, y el lenguaje agresivo que la acompaña, dan paso a una nueva actitud que combina la iniciativa propia con la colaboración, actitud de seguridad en uno mismo que se expresa en un lenguaje de mayor compostura y ecuanimidad.
Este cambio en la vida del individuo debe darse con un creciente sentido de responsabilidad. Significa en primer lugar que por nuestras decisiones respondamos nosotros mismos ante nuestra propia conciencia. No hemos de seguir preocupados ante todo por el qué dirán. Dejemos atrás la personalidad "other-directed" (orientada hacia los otros) por una personalidad "inner-directed" (orientada hacia adentro). Comencemos a actuar en conciencia. Significa en segundo lugar que respondamos ante nuestra comunidad y comencemos a practicar la corresponsabilidad. En vez de actuar como francotiradores, aceptemos compartir las decisiones, reconociendo nuestra parte en los éxitos o en los fracasos, sin buscar chivos expiatorios. Comencemos a actuar en conjunto. Por último, significa que respondamos ante una instancia moral superior, que para muchos de nosotros es Dios, en la perspectiva de que nuestra decisiones repercuten, aunque sea anónimamente, sobre la trama de la historia y el acontecer del mundo, y deben ser medidas por normas englobantes. No estimemos más la referencia a esta instancia superior como un atentado contra nuestra autonomía, sino como el signo de nuestra humanidad con sus limitaciones inherentes. Comencemos a actuar con sentido de destino. Nuestro lenguaje deja entonces de ser el lenguaje exageradamente excluyente e iconoclasta del adolescente para convertirse en el lenguaje integrador y de mutuo respeto del adulto.
Esta transformación, que se da en los individuos en el plano psicológico, se puede y se debe dar en la pueblos en el plano cultural, cuando a través de experiencias fuertes maduran en su conciencia y se desarrollan en su realidad.
Creo y espero que los panameños como pueblo hemos estado viviendo una transformación semejante. Entramos en una época en que debemos dar muestras, sobre todo, de responsabilidad. Nos hacía falta "la prueba de la adversidad," tal que lo destacó Eusebio Morales, con razón considerando la "conciencia crítica" de la República en su primera etapa de 1903 a 1931. Pero esa prueba ya la tuvimos, en forma traumática, con la doble experiencia de la dictadura en el plano interno y de la invasión en el plano externo. Quienes se aprovecharon de la dictadura, se vieron postergados a raíz de la invasión, y quienes fueron víctimas de la dictadura, fueron reconocidos por sus luchas después de la invasión. El país en su conjunto vivió así "la prueba de la adversidad," aunque de diferentes maneras.
Al tomar conciencia de esta realidad, caemos en cuenta que estamos llamados a una nueva etapa de madurez, marcada por la responsabilidad y por un lenguaje correspondiente. En el campo de la actividad cívico-política, debemos reconocer que el discurso del anti-militarismo está agotado, debido a que por estipulación constitucional ya no tenemos organismo militar y menos aún uno que predomine sobre los sectores civiles de la sociedad. Junto con este discurso, también está agotado el de la anti-dictadura, por la sencilla razón de que no hay persona o grupo que pueda imponerse arbitrariamente a los ciudadanos y a sus autoridades civiles libremente escogidas para gobernar. Ello no quiere decir que hemos de olvidar el pasado de la dictadura militar. Tampoco quiere decir que no nos mantengamos alertas a cualquier signo de resurgimiento del militarismo y de un régimen autoritario o impositivo. Quienes ignoren los desmanes militaristas y dictatoriales y no estén alertas a los mismos, corren el riesgo de volver a padecerlos.
Pero estos discursos ya no definen las opciones nacionales fundamentales y no deben determinar las alternativas de alianza política. En el plano cívico-político, las opciones entre tradicionalismo y modernismo, entre paternalismo y participación, entre populismo electoral y desarrollismo institucional son las decisivas, en torno a las cuales deben darse conjunciones con miras al acceso y al ejercicio del poder público con responsabilidad.
De igual manera, el discurso de una nacionalismo anti-yanqui también se gastó. Los Estados Unidos han sido instrumentales, a pesar de ellos mismos, en la configuración de nuestra nacionalidad. Primero, si ellos nos usaron para promover sus designios imperiales en la región, nosotros los usamos a ellos para hacer viable nuestra independencia. Además, la reacción a ellos favoreció la conciencia de nuestra diferencia e identidad propia.
Por casualidad, cuando estudiaba en París, compré un libro intitulado La Mediterranée Americaine, escrito en 1926 por Jacques Crokaert, funcionario del Ministerio de Colonias de Bélgica. En el mismo el autor auguraba, a propósito de la discusión en 1926 del proyecto de tratado Kellog-Alfaro, que "Panamá parecía dispuesta al protectorado". Y sin embargo, debió añadir en una nota que "cuando la obra se encontraba en prensa llegó la inesperada noticia del rechazo por parte del Parlamento panameño de (dicho) tratado con los Estados Unidos". Ello revelaba la resistencia creciente de nuestro país a su absorción dentro del ámbito norteamericano, en razón mismo de la reacción que suscitaba en nosotros su presencia casi colonial en nuestro seno.
Ya hemos rescatado nuestra plena soberanía y se ha panameñizado por completo el Canal y la zona adyacente. Es verdad que queda por eliminar el residuo de intervencionismo que contiene el Tratado de Neutralidad Torrijos-Carter, con la ayuda de la interpretación formulada en su reciente discurso por el ex - Presidente Carter . También es verdad que debemos impedir los últimos intentos que hacen los Estados Unidos por mantener una simbólica presencia militar en nuestro territorio y obtener la limpieza adecuada de los polígonos de tiro.
Sin embargo, ya éstas no son las principales tareas con respecto al Canal. La prioridad debe dársele a nuestra administración eficiente, segura y competitiva de la vía interoceánica y a nuestra preparación de la decisión con respecto a su modernización y al modo de financiarla. Los temas más urgentes que deben ocuparnos, y en torno a los cuales debemos unirnos, son la no-politización del Canal, la estabilidad de su personal y su manejo de acuerdo con un sistema de méritos, así como la utilización preferente del los fondos que genere para su mantenimiento y perfeccionamiento. En este 9 de enero de 2000, gracias al sacrificio de nuestros mártires, hemos llegado al momento de pasar del rescate de la soberanía al ejercicio de la misma con responsabilidad.
Un Panamá adulto exige actualmente, sobre todo, un nuevo sentido de la política en lo interno y en lo externo. El discurso de la responsabilidad y el comportamiento de acuerdo con ella es el nuevo criterio que se le ofrece al país para guiar su acción y escoger a quiénes encomendarles el poder público en el futuro. Los que tengamos similares concepciones de dicha responsabilidad debemos conjugar esfuerzos por el bien de Panamá, al acercarnos al segundo centenario de nuestra independencia.