La sede de la Cancillería y la dignidad nacional
Nuevamente se habla de la adaptación del antiguo edificio de la Plaza Bolívar, ubicado en el Casco Viejo, adyacente a la Iglesia de San Francisco, a dos cuadras del Palacio de las Garzas, para que sea la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores. En el interior de este edificio, se encuentra la Sala Capitular del Convento de San Francisco, en donde se celebró en 1826 el Congreso Anfictiónico convocado por Simón Bolívar desde Lima, en la víspera de la Batalla de Ayacucho. Por la importancia histórica que tiene para Panamá y la América Latina, el ambiente del Salón Bolívar, ubicado en el antiguo convento de los franciscanos, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) lo declaró patrimonio de la humanidad. En la respectiva Carta de Entendimiento, el Gobierno panameño hizo constar que la Cancillería se ubicara en este ambiente y que el complejo se conocerá con el nombre de Palacio Bolívar. Es el sitio escogido, por su relevancia histórica y su categoría de monumento mundial, para recibir del Gobierno del Brasil y mantener en custodia las Actas originales del Congreso Anfictiónico.
La idea de restaurar y transformar el inmueble para que sirva de sede de la Cancillería panameña, es digna de ser evaluada en varios de sus aspectos. Hay profesionales competentes que se han ocupado del asunto y que se han expresado públicamente sobre el mismo, entre los cuales figuran ingenieros, arquitectos y urbanistas muy respetables. Mi propósito al abordar el tema es referirme al hecho de que personeros del Gobierno Nacional han declarado, y lo ha reiterado recientemente un alto funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, que han gestionado ante el gobierno de Taiwan, la donación de una partida de US$6,500,000 para levantar las edificaciones que serán la sede de la Cancillería en ese lugar histórico.
La aceptación obsecuente de la contribución financiera taiwanesa, en relación directa con la estructura física del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Panamá, está en contradicción con la reciente culminación del proceso histórico de liberación nacional. Con la transferencia del Canal y la reversión de las áreas ocupadas por los Estados Unidos, a Panamá se le devolvió no sólo su integridad territorial y su plena soberanía. Se le devolvió, para mostrarlo ante el mundo, el rostro del orgullo, la dignidad y la autoestima. Tan detestables fueron los orígenes y las cláusulas del Tratado Hay-Buneau Varilla que un eminente historiador argentino al trazar el trayecto histórico "Del Congreso de Panamá al Canal de Panamá", llegó a decir que " el Programa que Bolívar había comenzado en Panamá en 1826 debía concluir en 1903, también en Panamá, convertida de cuna en sepulcro de la bandera bolivariana". La firma de los Tratados Torrijos-Carter me permitió, decir ante el pleno de la Asamblea General de las Naciones Unidas que "Panamá es y seguirá siendo pedestal y no tumba de los ideales del Libertador". De allí que un criterio válido para legitimar la acción de los gobiernos posteriores al 31 de diciembre de 1999, es el que se guía por el grado de adecuación de ciertos actos gubernamentales con la necesidad de preservar el honor, la decencia y el decoro nacional.
No hay duda de que la recuperación total de nuestra soberanía, significó un hecho histórico de extraordinario significado. Pero es igualmente cierto, que la historia de Panamá permanece abierta y depende, en fin de cuentas, de la acción de los panameños, especialmente de la acción de los dirigentes, de los gobernantes, de los llamados a responder ante la historia de los aciertos o de los errores, en beneficio o en perjuicio de la nacionalidad.
Las transformaciones que puedan hacerse al edificio, con el financiamiento taiwanés no cambiarán el equilibrio del mundo, pero afectaría la imagen de Panamá, porque autorizaría a que se forjen ideas negativas acerca de cómo se ubica Panamá en ese equilibrio. ¿Se ubica en la errática afirmación de los vínculos diplomáticos con Taiwan? ¿Se ubica al lado de un minúsculo grupo de países que en el mantenimiento de relaciones diplomáticas con Taiwan, muestran un rampante temperamento pedigüeño que Taiwan mismo se ha encargado de denunciar en los últimos días? La dignidad de las naciones necesita que estas se impongan ciertas disciplinas. Alojar la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores en un local restaurado y edificado a merced de la ayuda de Taiwan, es una decisión que se inscribiría en la contabilidad de una deuda pública humillante para Panamá. No sólo humillante, sino también ofensiva e indecorosa, que en contraste con los nombres históricos de destacadas cancillerías latinoamericanas que llevan con orgullo nombres, tales como la Cancillería de Itamaraty, la Cancillería del Tlatelolco, la Cancillería del Palacio de San Martín, la Cancillería panameña se dé a conocer en el exterior con sorna y menosprecio con el nombre de Cancillería Palacio de Taiwan y no con el nombre que le corresponde, que es el de la Cancillería del Palacio Bolívar.
Si los motivos del donante, fueran naturalmente generosos y desinteresados, cabe esperar que la actitud del recipiendario deba ser naturalmente agradecida y cándida. Me temo, por tanto, que la forma que escogería el Gobierno Nacional para reconocer a Taiwan su donación sería, llegado el momento, poner en la placa que se acostumbra develar al momento de cortar la cinta de inauguración del nuevo edificio la siguiente leyenda: Ministerio de Relaciones Exteriores de Panamá. Donación del Gobierno de Taiwan.
No cabe duda de que en ese caso, se estaría atentando no sólo contra la función del edificio Bolívar como patrimonio monumental con resonancias históricas y gloriosas. Se estaría también afectando su eventual función de sede de órgano de gobierno que tiene la responsabilidad de cuidar el prestigio y la dignidad de Panamá ante el resto del mundo. Para ser respetado en el seno de la comunidad internacional hay que hacer escogencias fundamentales, decisiones inteligentes y decorosas que presuponen honrar las reglas que rigen la vida de las naciones.
La idea de restaurar y transformar el inmueble para que sirva de sede de la Cancillería panameña, es digna de ser evaluada en varios de sus aspectos. Hay profesionales competentes que se han ocupado del asunto y que se han expresado públicamente sobre el mismo, entre los cuales figuran ingenieros, arquitectos y urbanistas muy respetables. Mi propósito al abordar el tema es referirme al hecho de que personeros del Gobierno Nacional han declarado, y lo ha reiterado recientemente un alto funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, que han gestionado ante el gobierno de Taiwan, la donación de una partida de US$6,500,000 para levantar las edificaciones que serán la sede de la Cancillería en ese lugar histórico.
La aceptación obsecuente de la contribución financiera taiwanesa, en relación directa con la estructura física del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Panamá, está en contradicción con la reciente culminación del proceso histórico de liberación nacional. Con la transferencia del Canal y la reversión de las áreas ocupadas por los Estados Unidos, a Panamá se le devolvió no sólo su integridad territorial y su plena soberanía. Se le devolvió, para mostrarlo ante el mundo, el rostro del orgullo, la dignidad y la autoestima. Tan detestables fueron los orígenes y las cláusulas del Tratado Hay-Buneau Varilla que un eminente historiador argentino al trazar el trayecto histórico "Del Congreso de Panamá al Canal de Panamá", llegó a decir que " el Programa que Bolívar había comenzado en Panamá en 1826 debía concluir en 1903, también en Panamá, convertida de cuna en sepulcro de la bandera bolivariana". La firma de los Tratados Torrijos-Carter me permitió, decir ante el pleno de la Asamblea General de las Naciones Unidas que "Panamá es y seguirá siendo pedestal y no tumba de los ideales del Libertador". De allí que un criterio válido para legitimar la acción de los gobiernos posteriores al 31 de diciembre de 1999, es el que se guía por el grado de adecuación de ciertos actos gubernamentales con la necesidad de preservar el honor, la decencia y el decoro nacional.
No hay duda de que la recuperación total de nuestra soberanía, significó un hecho histórico de extraordinario significado. Pero es igualmente cierto, que la historia de Panamá permanece abierta y depende, en fin de cuentas, de la acción de los panameños, especialmente de la acción de los dirigentes, de los gobernantes, de los llamados a responder ante la historia de los aciertos o de los errores, en beneficio o en perjuicio de la nacionalidad.
Las transformaciones que puedan hacerse al edificio, con el financiamiento taiwanés no cambiarán el equilibrio del mundo, pero afectaría la imagen de Panamá, porque autorizaría a que se forjen ideas negativas acerca de cómo se ubica Panamá en ese equilibrio. ¿Se ubica en la errática afirmación de los vínculos diplomáticos con Taiwan? ¿Se ubica al lado de un minúsculo grupo de países que en el mantenimiento de relaciones diplomáticas con Taiwan, muestran un rampante temperamento pedigüeño que Taiwan mismo se ha encargado de denunciar en los últimos días? La dignidad de las naciones necesita que estas se impongan ciertas disciplinas. Alojar la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores en un local restaurado y edificado a merced de la ayuda de Taiwan, es una decisión que se inscribiría en la contabilidad de una deuda pública humillante para Panamá. No sólo humillante, sino también ofensiva e indecorosa, que en contraste con los nombres históricos de destacadas cancillerías latinoamericanas que llevan con orgullo nombres, tales como la Cancillería de Itamaraty, la Cancillería del Tlatelolco, la Cancillería del Palacio de San Martín, la Cancillería panameña se dé a conocer en el exterior con sorna y menosprecio con el nombre de Cancillería Palacio de Taiwan y no con el nombre que le corresponde, que es el de la Cancillería del Palacio Bolívar.
Si los motivos del donante, fueran naturalmente generosos y desinteresados, cabe esperar que la actitud del recipiendario deba ser naturalmente agradecida y cándida. Me temo, por tanto, que la forma que escogería el Gobierno Nacional para reconocer a Taiwan su donación sería, llegado el momento, poner en la placa que se acostumbra develar al momento de cortar la cinta de inauguración del nuevo edificio la siguiente leyenda: Ministerio de Relaciones Exteriores de Panamá. Donación del Gobierno de Taiwan.
No cabe duda de que en ese caso, se estaría atentando no sólo contra la función del edificio Bolívar como patrimonio monumental con resonancias históricas y gloriosas. Se estaría también afectando su eventual función de sede de órgano de gobierno que tiene la responsabilidad de cuidar el prestigio y la dignidad de Panamá ante el resto del mundo. Para ser respetado en el seno de la comunidad internacional hay que hacer escogencias fundamentales, decisiones inteligentes y decorosas que presuponen honrar las reglas que rigen la vida de las naciones.