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La Semana Mayor


LA SEMANA Mayor es tiempo que nos invita a la reflexión, a las rectificaciones, a la conversión sincera, al amor, a la comprensión. Es tiempo de compartir, porque en esa forma demostramos solidaridad y profunda fe en ese gran líder que murió en la cruz para salvar a la humanidad.
Es momento para cambiar las malas obras y pensamientos por legítimas promesas de ayuda y protección a los que menos tienen; a los que son víctimas de las ambiciones y de la soberbia de quienes no han comprendido la misión de servir que nos lleva al bien común.
Es tiempo de caminar teniendo como guía los principios de justicia, de paz y de amor que nos legara el mártir del Gólgota; es para reflexionar, a fin de darnos cuenta cómo estamos cumpliendo con la familia, la sociedad y la patria. Reflexión para ahondar en los compromisos que impone el ser panameño y un buen cristiano que tiene plena conciencia de sus deberes y derechos en una sociedad golpeada, brutalmente, por la quiebra de valores éticos y morales.
La Semana Mayor, que implica en su profundidad el drama más humano de la tierra, tiene que movernos a ser más justos, más piadosos, más sinceros como lo supo ser el que muriera por nosotros en la cruz en defensa de la verdad, la justicia social, la felicidad y bienestar del universo entero a luchar por el engrandecimiento de un país que siente en carne viva las consecuencias de una injusticia social que raya en la pobreza más extrema; a esforzarnos, porque aquellos que tienen en sus manos la suerte de la nación y su futuro, se orienten por el camino de la concertación y la solidaridad,
Refiriéndose a la Cuaresma, el poeta veragüense, José Franco nos dice: "De polvo eres y en polvo te convertirás", sentencia inmortal de la humanidad. Ninguna verdad más grande que está máxima que, a través de los siglos se impone cada vez con mayor contenido. Adentro de ese principio, en la sustancia de su contorno, hay todo un mensaje, una filosofía trascendental que indica que "el hombre sobre la tierra no es nada y que de ella salió para convertirse en viento sediento". Sólo Dios es la eternidad y la cuaresma de verdad. Todo ello demuestra que las vanidades del mundo son fugaces campos, materiales sutiles hacia el vacío, hueco profundo de las interrogantes, donde el hombre lo empequeñece su propio explicación; que pasados los siglos, horas fueron dice Calderón de la Barca: "Que todo va a dar al mar, que es el morir". Todas luces espirituales que sustentan la vida. "Tanta alegría pasajera, tanto afán por un pequeño lote y tanta tierra que hay para los muertos", escribe Korsi. Estas divagaciones en tiempo de cuaresma son necesarias, porque llevan la última realidad que es el misterio del propio hombre.
¡Qué dolor que los mortales se saquen las entrañas por tan pequeños intereses materiales! ¡Que los mundos se amenacen con guerras que lo harán desaparecer violentamente¡ ¡Que haya individuos para quienes nada cuenta más que la fortuna que pueden amasar, para que después la pierdan sin comprenderlo! Valga esta época para volver los ojos al Redentor, al único que puede mover los pilares del Universo.
Cuando Cristo murió en la cruz, demostró que en su alma vibraba el simbolismo de la liberación del ser humano.
En el cristianismo bien interpretado y practicado, están las semillas que germinan la paz, la igualdad social, el deber y el derecho a vivir en un mundo sin privaciones.
Que estos días traigan para Panamá cambios profundos que permitan a pueblo y gobierno trabajar por el bien común solidariamente y a fortalecer los valores éticos y morales para el logro de una familia bien integrada, una sociedad civil responsable y una administración de gobierno inspirada en los verdaderos problemas que son obstáculo para que todos puedan vivir con bienestar, paz y justicia; cambios profundos para que sea posible el mensaje que nos legara al Redentor de "Amaos los unos a los otros".

101 años de Panamá América

 
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