La señora Peggy
Doña Peggy falleció a la edad de 93 años. Sus exequias tuvieron lugar en la Iglesia de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe. Era más conocida y apreciada en la Parroquia de Jesús Hijo del Hombre en el Distrito de San Miguelito. Siempre pronta a compartir lo que tenía. Apoyando todos los movimientos de liberación y de protesta. Inconforme con el statu quo. Eternamente antimilitarista. Incansable defensora de los Derechos Humanos, cuando eran violados públicamente. En su silla de ruedas la fotografiaron con un cartel de protesta contra la polución ambiental o contra los altos precios de la electricidad. Hacía públicas sus protestas que otros solemos hacer en privado.
Madre de numerosa familia, 7 hijos, 27 nietos, 33 biznietos. De raíces irlandesas, nació en Panamá y siempre se consideró panameña y chiricana, ya que gran parte de su vida la vivió en Chiriquí. Su esposo fue Don Carl Janson (r.i.p), de origen sueco, hombre de mar y de gran creatividad e ingeniosidad que le infundió a su familia el aire de una familia nórdica viviendo en los trópicos panameños.
En 1963 nos conocimos y me invitó a participar en un proyecto apostólico que dirigía llamado “La Liga Pro Familia” compuesto de damas voluntarias que se trasladaban a Pacora a lograr la legitimidad tanto civil como eclesiástica de muchos hogares católicos que, por ciertas penurias, no lo habían logrado hacer. Luego estuvo en la Unión de Ciudadanas.
La Iglesia Católica le está muy agradecida por las muchas ayudas que le ofreció, sobre todo, en Chiriquí donde, según escuché, ayudó mucho con el Obispado de David.
Se insertó en el estilo de pastoral que introdujeron los sacerdotes de la arquidiócesis de Chicago comandados por el Padre Leo Mahon y después el Padre Donald Headley.
Emblemática para mí fue su participación con motivo de las inundaciones de Carriazo y Juan Hill, en 1967. Donde las furiosas aguas de los ríos Mamoní y Cabobré arrasaron con las poblaciones cercanas dejando muchas víctimas. Pertrechada con clavos y martillos, en la madrugada de noviembre, con grupo de seguidores voluntarios, inició su peregrinación hacia esas gentes que estaban desorientadas y asustadas por la desgracia sucedida. Esa era su colaboración para que ellos mismos restituyeran sus propios hogares. Aunque ella era el centro del operativo, siempre rehusó reconocimiento y alabanza por el bien que hacía. No buscó jamás honores ni condecoraciones, hizo el bien porque estaba convencida de que tenía que devolverle a Dios en el prójimo lo mucho que le había dado. Nunca se le reconocerá adecuadamente, ni la Iglesia ni el país, el bien que pasó siempre haciendo.