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La Sirena Encantada de Sinán


Mañana se cumplen cien años del nacimiento del escritor más representativo de las letras panameñas, Rogelio Sinán. Por ello se han organizado diversos actos y concursos, que buscan recordar y afirmar el legado no solo de escritor, sino de ese hombre sencillo, cordial y solidario que fue Sinán. El escritor nació en Taboga, pero uno no encuentra en la isla nada que lo recuerde físicamente, y solo está vivo en la memoria de algunas de sus gentes. Después de la desaparición del maestro abogué públicamente por la necesidad de plantar en la isla alguna expresión física (monumento, placa) como ya existe en ese lugar en el caso del pintor francés Paul Gauguin que visitó Taboga en el siglo XIX, y también de próceres y líderes taboganos como el alcalde Manuel Fuentes que murió defendiendo a su comunidad.
Hace unos meses platicando de la idea en un grupo de personas, la profesora Elsie Alvarado de Ricord -hoy merecidamente galardonada con la primera Condecoración Rogelio Sinán que otorga el gobierno nacional- apuntó efusivamente que debería ser un monumento con la figura de una sirena, pues este era un tema clave en la literatura de Sinán. La idea me encantó, pues era mucho mejor que erigir un busto solemne al autor (recordemos cómo el autor hace chanza de la estatua a Felipe I en La Isla Mágica), además de destacar la importancia de su obra a través de ese ser fabuloso mitad mujer y mitad pez, que atraía a los marineros con su canto embrujador.
El fin de semana me fui a Taboga, y desde la lancha a media distancia vi a la sirena. Siempre que viajo me encanta acodado en la proa mirar en dirección a la isla que se me acerca entre las aguas, pero confieso que nunca vi a la sirena hasta ahora. La isla era la sirena.
Para captar esto solo había que mirarla con los ojos del Principito, que descubrió en un dibujo a un elefante dentro de una boa, donde otros solo veían un sombrero. La cabeza de la sirena se recostaba en el cerro San Pedro, el cuerpo se explayaba en el cerro Vigía, y la cola encrespada era el cerro La Cruz. Era una sirena hirsuta del verdor del bosque tabogano, algo desteñida en los espacios rocosos, amarilleantes de verano o erosionados. La forma de ella visibilizaba su estado, era una sirena embarazada. ¿Quién era el padre? ¿Cuántas sirenitas inundarían algún día los siete mares?
No era una sirena dormida, como la india del Valle de Antón, sino recostada, anhelante en su lecho marino, agitada entre peces, algas, cormoranes, pelícanos gaviotas y fragatas magníficas. Haciendo guardia de honor estaba acompañada por dos tortugas enormes, a sus pies la isla Urabá y a su lado- más pequeña- el promontorio de El Morro que con la pleamar se convierte en islote. Del otro lado de la isla, como la cara oculta de la luna, los barrancos deshabitados de gente, pero llenos de aves, peces y por qué no de sílfides, duendes y monstruos marinos, donde existe un peñón donde cuentan los abuelos se amarraban a las ballenas con cuerdas trenzadas de lianas gigantescas.
Más distante Taboguilla, antes quizás sirena menuda, hoy injustamente afeada, contaminada, hedionda pero fuente de trabajo para muchas personas. Creo que Rogelio Sinán llevó siempre su isla sirena dentro de él: "desde luego, la isla por ser maravillosa, casi parece irreal, Por eso mismo necesito recrearla para que pueda parecer verosímil" exclama uno de los personajes de su novela La Isla Mágica, y enfrentándose a la muerte afirma "...la vacuidad y el pánico a la nada lo obligan a convencerse así mismo de que la muerte solo puede eludirse mediante auténticas actitudes creadoras...para la magia de su alquimia le bastan ingredientes que extrae de sus recuerdos o tal vez de sus glándulas. Lo indispensable es que consiga mezclarlos en una licuadora de sueños" La noche en que descubrí la sirena no pude conciliar el sueño, pues se agolparon los recuerdos compartidos con el maestro escritor, ¿o no sería él mismo andando con su risa franca entre los vericuetos perfumados de jazmín de su isla mágica? No sé, pero él escribió:"...el escritor de ficciones ha decidido pasarse al bando de los brujos".
Antes de marcharme me afirmé en la decisión de seguir trabajando por una sirena de piedra, que recuerde a la sirena insular. Hice algo más, pasé por la escuela primaria y los niños cantaban mezclando sus voces con el oleaje. Solicité hablar con la directora apenada porque no sabía del natalicio de Sinán, le presté (pues estaba dedicado) un ejemplar de ONDA, y me llevé la promesa de ella, que mañana 25 de abril en Taboga, los niños y niñas recordaran a Rogelio Sinán.
(raulleisr@hotmail.com)

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