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La sociedad de culpas y condenas


Se ha sostenido, con sobrada razón, que hay hechos que han marcado la historia y que, sin duda alguna, han venido a significar cambios o transformaciones radicales para la humanidad. Se trata de los hechos históricos que los libros registran como impactantes, asombrosos, tajantes en cuanto marcan diferencias y definitivos por cuanto tienen la virtud de cambiar todo un modo de vida de las personas y, cuando no, de producir nuevos comportamientos en los seres humanos.

Así, por ejemplo, el maestro rosarino Adolfo Alvarado Velloso conceptualiza que dos de esos hechos históricos han sido la aparición de la rueda por una parte y, por la otra, la aparición del proceso como método civilizado de heterocomponer los conflictos o litigios legales entre las personas.

TODA PERSONA DEBE REPUTARSE COMO INOCENTE HASTA QUE EN JUICIO O PROCESO PÚBLICO EN EL QUE LE SEAN RESPETADOS TODOS LOS DERECHOS Y GARANTÍAS, CONSTITUCIONALES, CONVENCIONALES Y LEGALES, SE DEMUESTRE Y SENTENCIE LO CONTRARIO DE FORMA DEFINITIVA Y EJECUTORIADA.

Advierte que el segundo –la aparición del proceso- ha venido a ser el más importante –que la rueda inclusive- por cuanto evita y pone fin, desde su aparición, a la venganza privada y frena toda fuerza o violencia llevando a las partes a debatir toda controversia ante un tercero imparcial, impartial e independiente denominado juez o árbitro y ello bajo la fuerza o imperio exclusivo de la razón. Añadimos a este comentario que nada resulta tan importante para la humanidad, ni aún el más impresionante invento que se pueda dar, como aquello que le permite entronizar la paz y la armonía en medio de la guerra o de cualquier batalla, lucha o pugna, colectiva o bilateral. Por ende, la aparición del proceso como un método civilizado de diálogo conlleva a la idea de la propia preservación de la estirpe humana. No hay duda de ello.

En razón de esa necesidad, la del proceso, se ha acuñado un concepto de que le es inherente o consustancial: el debido proceso. Proceso que no es tal si no es sujeto a una serie de reglas y principios lógicos que hacen a su esencia. Por ello, la propia humanidad, y no por aparición o arte de birlibirloque, ha acuñado las siguientes reglas lógicas: derecho al estado de inocencia –llamada presunción de inocencia-; derecho a la defensa, igualdad procesal con lo que se acaba toda perversa distinción entre ricos y pobres, débiles y poderosos; derecho al contradictorio con lo cual se persigue acentuar una auténtica dialéctica en el proceso, esto es, imperio de la razón crítica; derecho a la asistencia de un profesional letrado, competente; derecho a la prueba y a aportar pruebas; respeto a la dignidad humana; derecho a ser oído, con lo cual se quiere indicar que nadie puede sentenciar ni penar sin escuchar, de modo previo, las razones de las partes -con sobrada razón se ha sostenido que cuando quien acusa habla primero, todo para la defensa parece un mundo de obscuridad-; derecho a que ante la duda se le favorezca en la decisión –sostenían los viejos maestros penalistas de antes que más valía absolver a diez culpables que condenar a un inocente-; etc.

Pero de todas estas reglas, a mi juicio, hay dos que resaltan: la primera de ellas es el derecho a la defensa letrada, cláusula constitucional de arraigo netamente técnico y, la segunda, es la que concierne al respeto, al estado de inocencia de la persona –de arraigo propiamente natural- y que predica que toda persona debe reputarse como inocente hasta que en juicio o proceso público en el que le sean respetados todos los derechos y garantías, constitucionales, convencionales y legales, se demuestre y sentencie lo contrario de forma definitiva y ejecutoriada.

Ello es así, dado que, como observamos a diario y desde siempre, tenemos la costumbre perversa de condenar y declarar como culpables a nuestros congéneres ante cualquier acto o acusación que se les formula, y más cuando esta es pública y divulgada en el seno social.

Mi consejo: dejemos que los acusados siempre se defiendan, que prueben y contraprueben, que se les respete la dignidad humana y el estado de inocencia. Al final de cuentas, esto es bueno para todos: escribas y fariseos, pastores y manada de ovejas.

Siempre tengo presente que, en este medio, hemos acusado a no pocos, y los hemos vilipendiado, y al final del camino, declarados inocentes o absueltos, nadie puede recoger las manchas de la ignominia ni del desprestigio al decoro social, familiar, individual o profesional.

101 años de Panamá América

 
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