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La soledad


DIOS NO quiere que vivamos solos; más bien quiere que estemos en comunión, mantengamos una relación profunda con los otros seres humanos y juntos caminemos hacia nuestra meta: El Reino de lo Cielos. La soledad viene cuando el ser humano se encierra en sí mismo dándose tanta importancia que se olvida de interesarse por los demás; cuando le ha hecho tanto daño a otros seres haciéndolos sufrir hasta romper vínculos profundos afectivos y emocionales de amor y también cuando el complejo de inferioridad es tan grande que hace pensar a la persona que no tiene nada que ofrecer a otros, que nadie lo necesita y, por lo tanto, lo único que puede hacer es vegetar hasta que venga la muerte.
Todos necesitamos momentos de soledad para madurar, crecer profundamente y, permaneciendo en silencio, adentrarnos en el misterio del amor de Dios. En la medida en que una persona sea capaz de enfrentar momentos de soledad consigo misma, más madura es. No nos referimos a esa soledad, sino a la soledad como enfermedad del alma, esa que experimenta una persona que se va quedando sin vínculos de ninguna clase, convirtiéndose en una isla.
Es verdad que en nuestro interior todos estamos solos, pues somos entes aislados, irrepetibles e individuales; es una soledad profunda existencial, una zona del ser donde nadie puede entrar, sólo Dios. Siempre habrá algo que no se podrá comunicar a nadie, porque no podrían entendernos. Pero muy diferente es la soledad a la cual nos referimos y que manifiesta aquella persona que dice: Me siento solo, nadie me quiere, no sé para qué estoy viviendo, etc. Hay que salir rápidamente de esta soledad, porque Dios nos hizo para ser seres comunicativos.
Es necesario superar esos poderosos dictados del gran YO que pide preocuparse sólo por uno mismo, encerrarnos en nuestros problemas y darle vueltas y más vueltas a la situaciones conflictivas. Este egoísmo -estar centrado en su propio yo- es una grave enfermedad, pero puede aliviarse y hasta curarse por completo. La clave es: ¡interésese por los demás! Si una persona ha vivido en una tremenda soledad y ha sido muy egoísta, le va a costar muchísimo dejar a un lado sus intereses, problemas y preocupaciones para poder dedicarse a los demás. Para lograrlo, es necesario pedirle ayuda a Dios y hacer violencia interior. Piense en la otra persona como en otro YO, es decir, poniéndose en su lugar. Nunca podremos dejar de pensar en nosotros mismos, ya que esto es necesario para atender nuestras necesidades y resolver nuestros problemas. Tolstoi dijo: "Nosotros demostramos amar a los demás cuando nos interesamos en hacer las cosas para los demás y no, simplemente, en lo que otros pueden hacer por nosotros". H. Lorein expresó así: "Han sido muchas las personas que con conocimientos mayores que los míos, han dicho que el único medio para ser feliz es hacer felices a los demás". Albert Swietzer decía que al obrar así encontrábamos nuestra fuente secreta de verdadera paz y satisfacción en la vida.
Debemos tener cuidado en no engañarnos, actuando por motivos ocultos y egoístas cuando decidimos interesarnos en ayudar a otros. Hay que hacer las cosas de modo que sea el bienestar de los demás lo que nos impulse y no el afán de ostentar una falsa caridad con el prójimo. Mientras más se entregue uno a los demás, mayores beneficios se obtendrán: Rompemos con la tormentosa soledad; nos sentimos satisfechos con nosotros mismos; nos realizamos como seres humanos; nos estamos ganando el cielo. Estos beneficios son posibles, porque se basan en las palabras de Jesús: "Busquen el reino, busquen el amor y lo demás vendrá por añadidura". (Mt. 6,33).
La clave de todo conocimiento y de los descubrimientos científicos, ha dependido del interés casi obsesivo por aquello que se ha intentado descubrir o por los adelantos que se han pretendido lograr. El interés es la base para emprender cualquier tipo de relación humana o social. Cuando logremos vivir en el corazón de otros, desechando la idea de que somos inútiles y nos consideremos importantes para algunos o para muchos, nos sentiremos mejor.
Recordemos que hay alguien que siempre nos estima, nos ama, nos busca. Ese alguien es Dios. Acerquémonos a Él, levantemos nuestras miradas, abramos nuestros corazones, permitamos que el Señor penetre en nuestra alma. Si quedáramos solos en una isla a causa de un naufragio, pero tuviéramos a Dios en nuestra alma y viviéramos intensamente su presencia, nunca nos sentiríamos solos. Pidámosle ayuda al Señor para vencer nuestra soledad y logremos cada día sentirnos mejor. Con Él podemos enfrentar cualquier problema, porque ¡con DIOS, somos... Invencibles!

101 años de Panamá América

 
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