La trampa de Kosovo
La de Kosovo fue la última guerra de envergadura en este milenio. Fue a la vez la primera ocasión en que la OTAN ensayó todo su entrenamiento y poderío ocioso tras un prolongado pulso de décadas con la otrora alianza rival del Pacto de Varsovia.
La manera entusiasta y casi infantil como la OTAN se dejó involucrar en la complicada madeja de un secular conflicto racial y religioso en Kosovo es todavía inverosímil. Se habla de un simple laboratorio para jugar a la guerra y a la pacificación, bajo condiciones asépticas, controladas.
Cuando la maquinaria bélica occidental de la OTAN se dejó caer contra Yugoslavia, como una guerra entre buenos y malos, entre el moderno "Cid Campeador" de Javier Solana, y el infiel carnicero Slobodan Milosevic, muy pocos hicieron coro para gritar "mátalo, mátalo".
Los aviones se situaron cómodos, fuera del alcance de las baterías antiaéreas yugoslavas, a cinco kilómetros de una cortina defensiva que para nada servía, excepto para iluminar la noche de vez en cuando rota por los rayos láser y las bombas inteligentes que surcaban caprichosas el cielo escogiendo cuidadosas entre puentes, fábricas, escuelas y hospitales.
Contra su evidente desventaja tecnológica, los yugoslavos poco o nada hicieron, salvo aguantar estoicamente y aguardar a que el enemigo diera la cara un día. Pero se cansó de esperar, hasta que hubo que capitular.
La OTAN victoriosa ha entrado por fin a Kosovo y viene en busca de su botín de guerra. Un millón de kosovares de origen albanés retornan tras ella a sus hogares. Pero ahora, con el mismo desencanto que debió padecer Napoleón al ocupar Moscú, a juzgar por los resultados, la victoria puede ser más amarga que la guerra misma.
Nada se ha ganado. La limpieza étnica y las masacres continúan con igual violencia, en las narices de la OTAN, sólo que a la inversa. Son ahora los kosovares los que están matando e incendiando las casas de los serbios y son éstos los que huyen en largas y tristes caravanas.
Es una realidad histórica que ha durado 400 años y que no puede solucionarse en una sola guerra o reducirse a la simplicidad de un conflicto de buenos y malos. Y de paso la OTAN estará fundando las bases de un enclave musulmán en el centro de Europa occidental con consecuencias imprevisibles.
La manera entusiasta y casi infantil como la OTAN se dejó involucrar en la complicada madeja de un secular conflicto racial y religioso en Kosovo es todavía inverosímil. Se habla de un simple laboratorio para jugar a la guerra y a la pacificación, bajo condiciones asépticas, controladas.
Cuando la maquinaria bélica occidental de la OTAN se dejó caer contra Yugoslavia, como una guerra entre buenos y malos, entre el moderno "Cid Campeador" de Javier Solana, y el infiel carnicero Slobodan Milosevic, muy pocos hicieron coro para gritar "mátalo, mátalo".
Los aviones se situaron cómodos, fuera del alcance de las baterías antiaéreas yugoslavas, a cinco kilómetros de una cortina defensiva que para nada servía, excepto para iluminar la noche de vez en cuando rota por los rayos láser y las bombas inteligentes que surcaban caprichosas el cielo escogiendo cuidadosas entre puentes, fábricas, escuelas y hospitales.
Contra su evidente desventaja tecnológica, los yugoslavos poco o nada hicieron, salvo aguantar estoicamente y aguardar a que el enemigo diera la cara un día. Pero se cansó de esperar, hasta que hubo que capitular.
La OTAN victoriosa ha entrado por fin a Kosovo y viene en busca de su botín de guerra. Un millón de kosovares de origen albanés retornan tras ella a sus hogares. Pero ahora, con el mismo desencanto que debió padecer Napoleón al ocupar Moscú, a juzgar por los resultados, la victoria puede ser más amarga que la guerra misma.
Nada se ha ganado. La limpieza étnica y las masacres continúan con igual violencia, en las narices de la OTAN, sólo que a la inversa. Son ahora los kosovares los que están matando e incendiando las casas de los serbios y son éstos los que huyen en largas y tristes caravanas.
Es una realidad histórica que ha durado 400 años y que no puede solucionarse en una sola guerra o reducirse a la simplicidad de un conflicto de buenos y malos. Y de paso la OTAN estará fundando las bases de un enclave musulmán en el centro de Europa occidental con consecuencias imprevisibles.