La tríada invencible
EL SER HUMANO tiene una natural propensión a buscar soluciones aisladas y todas las personas -no sólo las que tienen pretensiones intelectuales- se comportan como si conocieran la respuesta a los problemas que se les plantean. Se dice con mucha frecuencia que estamos en la era del conocimiento. ¿Sí? Pues no pareciera. Que haya incomparablemente más fuentes de conocimiento disponibles al común de las personas no quiere decir que se las use adecuadamente, del mismo modo que el que haya libertad de expresión no quiere decir que la gente sepa expresarse en forma correcta o racional. Lo malo no es que las ideas falsas o tontas circulen; lo terrible es que la sociedad no sepa distinguirlas como tales y que tantos adeptos despierten cuanto más falsas o tontas sean.
Una sociedad moderna es, o busca ser, una respuesta racional a por lo menos tres problemas: ¿Quién debe mandar? ¿Cómo obtengo lo que satisface mi necesidad? ¿Cómo aseguro que las respuestas a las dos primeras interrogantes se respete? Poder, bienestar y control, son experiencias concretas muy diversas entre sí, pero tienen en común estar sujetas a un proceso en el que el deseo busca escapar de los confines de la racionalidad. No pocas veces lo logra.
Tradicionalmente, las sociedades modernas han buscado dar respuesta a estas interrogantes a través de tres conceptos conocidos: las elecciones son el mecanismo idóneo para definir quién debe mandar; el bienestar consiste en elevar los niveles de consumo; y la autoridad es la que debe imponerse cuando haya un conflicto. El cambio de época que supone el siglo XXI consiste en entender que estas tres respuestas, sin ser falsas, son deficientes, pues hay gente que tiene poder (mucho poder) y que no han sido elegidos por nadie porque nunca van a elecciones. Los sistemas electorales expropian a las masas del poder que significa el voto en beneficio de pequeños grupos de gente muy pragmática que ha convenido en hacerse llamar partidos, como si tuviesen proyectos ideológicos y como si los afiliados del partido tomaran alguna vez alguna decisión. En América Latina, la experiencia indica que los resultados electorales no garantizan la definición de un mandato político, pero tampoco la lealtad de las masas.
También está demostrado que cierta manera de enfocar el bienestar genera pobreza. Se habla mucho en estos días de la sostenibilidad del desarrollo, pero todo indica que estamos empeñados en hacer coexistir lo sostenible con lo insostenible, lo que, en mi humilde opinión, es insostenible. No es la "naturaleza" la que está amenazada, echémosle un vistazo a ciertos barrios en las ciudades, y a ciertas poblaciones en nuestro interior, si queremos palpar la perversa coexistencia que señalo.
Finalmente, la autoridad está en crisis, porque se ha desmontado la plataforma que la sostenía: el imperio exclusivo de la ley. El derecho contemporáneo exige que la ley sea interpretada a través de la Constitución, y que ésta sea, a su vez, respetuosa de los derechos humanos, como los ha llegado a entender la comunidad de naciones. Saber derecho es cada vez menos recitar los artículos de un código. Las prácticas malsanas, violentas y arbitrarias que desorganizan a la sociedad a través de los sillones públicos (lo que incluye a los judiciales), son cada vez más visibles y causan indignación, rebeldía, y también violencia de parte de la sociedad. El estado de derecho es, entre nosotros, un academicismo o la ocasión de una risotada. Las sociedades que logren sobrevivir serán aquellas que entiendan que las respuestas a los problemas del poder, la riqueza y el control tienen que construirse de modo interrelacionado. No hay democracia sin demócratas, pues la democracia es tanto una forma social como el resultado de una convicción; el desarrollo no se alcanza con aumentar la producción a cualquier costo, sino que se acerca más a la organización de un compromiso en el que todos participan; que el derecho no es una imposición, sino una técnica de construcción de un orden perdurable, perdurable porque es respetuoso de cada ser humano. Esta es la tríada invencible de las sociedades que progresan: democracia, desarrollo y derecho. Estos son los puntos en que se apoya la integración del organismo social, por estos cauces discurre la consolidación del carácter de las naciones.
Por mucha información con que se cuente en América Latina, no se ha podido desplazar el viejo paradigma, mejor conocido por sus anacronismos. En lugar de observar la democracia, nos centramos en las elecciones; en vez de analizar el desarrollo de la gente y su calidad de vida, nos dedicamos a cuantificar el consumo; reducimos el derecho al respeto a la autoridad según la ley, porque no sabemos cómo interpretar la Constitución y no consideramos que los derechos humanos sean relevantes para el derecho.
Bienestar más autoridad más elecciones, es la ecuación que da como resultado el retraso cultural que nos afecta hoy. Sus exponentes son dirigentes políticos y también intelectuales, gerentes de empresas y altos funcionarios de gobierno por igual. Pero lo peor de todo no son los hielos eternos de las cumbres. Maestros y profesores universitarios, los que tienen por oficio socializar el conocimiento, en su mayoría, no tienen un compromiso con el nuevo paradigma de las ciencias humanas. En América Latina, el siglo XXI no es aún un acontecimiento de masas.
Las democracias se debilitan cuando se alejan de los objetivos del desarrollo y se convierten en una farsa cuando abandonan el estado de derecho. Para que la democracia crezca y se fortalezca se necesita que conduzca al desarrollo de los pueblos. Las decisiones que se producen en los comicios electorales deben traducirse en un compromiso del Estado y la sociedad en beneficio de todos. No obstante, la democracia, a diferencia de las elecciones, es una actividad permanente, pues la participación de la sociedad en las tareas de gobierno ha llegado a ser un elemento consustancial a la democracia.
Una sociedad moderna es, o busca ser, una respuesta racional a por lo menos tres problemas: ¿Quién debe mandar? ¿Cómo obtengo lo que satisface mi necesidad? ¿Cómo aseguro que las respuestas a las dos primeras interrogantes se respete? Poder, bienestar y control, son experiencias concretas muy diversas entre sí, pero tienen en común estar sujetas a un proceso en el que el deseo busca escapar de los confines de la racionalidad. No pocas veces lo logra.
Tradicionalmente, las sociedades modernas han buscado dar respuesta a estas interrogantes a través de tres conceptos conocidos: las elecciones son el mecanismo idóneo para definir quién debe mandar; el bienestar consiste en elevar los niveles de consumo; y la autoridad es la que debe imponerse cuando haya un conflicto. El cambio de época que supone el siglo XXI consiste en entender que estas tres respuestas, sin ser falsas, son deficientes, pues hay gente que tiene poder (mucho poder) y que no han sido elegidos por nadie porque nunca van a elecciones. Los sistemas electorales expropian a las masas del poder que significa el voto en beneficio de pequeños grupos de gente muy pragmática que ha convenido en hacerse llamar partidos, como si tuviesen proyectos ideológicos y como si los afiliados del partido tomaran alguna vez alguna decisión. En América Latina, la experiencia indica que los resultados electorales no garantizan la definición de un mandato político, pero tampoco la lealtad de las masas.
También está demostrado que cierta manera de enfocar el bienestar genera pobreza. Se habla mucho en estos días de la sostenibilidad del desarrollo, pero todo indica que estamos empeñados en hacer coexistir lo sostenible con lo insostenible, lo que, en mi humilde opinión, es insostenible. No es la "naturaleza" la que está amenazada, echémosle un vistazo a ciertos barrios en las ciudades, y a ciertas poblaciones en nuestro interior, si queremos palpar la perversa coexistencia que señalo.
Finalmente, la autoridad está en crisis, porque se ha desmontado la plataforma que la sostenía: el imperio exclusivo de la ley. El derecho contemporáneo exige que la ley sea interpretada a través de la Constitución, y que ésta sea, a su vez, respetuosa de los derechos humanos, como los ha llegado a entender la comunidad de naciones. Saber derecho es cada vez menos recitar los artículos de un código. Las prácticas malsanas, violentas y arbitrarias que desorganizan a la sociedad a través de los sillones públicos (lo que incluye a los judiciales), son cada vez más visibles y causan indignación, rebeldía, y también violencia de parte de la sociedad. El estado de derecho es, entre nosotros, un academicismo o la ocasión de una risotada. Las sociedades que logren sobrevivir serán aquellas que entiendan que las respuestas a los problemas del poder, la riqueza y el control tienen que construirse de modo interrelacionado. No hay democracia sin demócratas, pues la democracia es tanto una forma social como el resultado de una convicción; el desarrollo no se alcanza con aumentar la producción a cualquier costo, sino que se acerca más a la organización de un compromiso en el que todos participan; que el derecho no es una imposición, sino una técnica de construcción de un orden perdurable, perdurable porque es respetuoso de cada ser humano. Esta es la tríada invencible de las sociedades que progresan: democracia, desarrollo y derecho. Estos son los puntos en que se apoya la integración del organismo social, por estos cauces discurre la consolidación del carácter de las naciones.
Por mucha información con que se cuente en América Latina, no se ha podido desplazar el viejo paradigma, mejor conocido por sus anacronismos. En lugar de observar la democracia, nos centramos en las elecciones; en vez de analizar el desarrollo de la gente y su calidad de vida, nos dedicamos a cuantificar el consumo; reducimos el derecho al respeto a la autoridad según la ley, porque no sabemos cómo interpretar la Constitución y no consideramos que los derechos humanos sean relevantes para el derecho.
Bienestar más autoridad más elecciones, es la ecuación que da como resultado el retraso cultural que nos afecta hoy. Sus exponentes son dirigentes políticos y también intelectuales, gerentes de empresas y altos funcionarios de gobierno por igual. Pero lo peor de todo no son los hielos eternos de las cumbres. Maestros y profesores universitarios, los que tienen por oficio socializar el conocimiento, en su mayoría, no tienen un compromiso con el nuevo paradigma de las ciencias humanas. En América Latina, el siglo XXI no es aún un acontecimiento de masas.
Las democracias se debilitan cuando se alejan de los objetivos del desarrollo y se convierten en una farsa cuando abandonan el estado de derecho. Para que la democracia crezca y se fortalezca se necesita que conduzca al desarrollo de los pueblos. Las decisiones que se producen en los comicios electorales deben traducirse en un compromiso del Estado y la sociedad en beneficio de todos. No obstante, la democracia, a diferencia de las elecciones, es una actividad permanente, pues la participación de la sociedad en las tareas de gobierno ha llegado a ser un elemento consustancial a la democracia.