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La unión es con el pueblo y punto


Cierto sector de la clase política panameña, en especial la perteneciente a los partidos de oposición que apoyan a Doña Mireya Moscoso, ha venido, equivocadamente, promulgando la peligrosa tesis de la subordinación del triunfo el 2 de mayo de 1999, a la participación o no del banquero Alberto Vallarino en la alianza Unión por Panamá.
En ese sentido, ha sido categórica la oposición mayoritaria a ese singular e insustentable razonamiento. Sin Vallarino ganamos las elecciones, la oposición tendrá mayor credibilidad y no mermará la fortaleza de nuestras convicciones. Dignidad, ética, política y moral han de converger como soporte fundamental de una postura política que busca convencer al electorado y luego ser distinguido, como la mejor alternativa para dirigir los destinos de una sociedad ayuna de predicadores de la verdad, promotores de principios e inculcadores de los más altos valores morales, cívicos y políticos.
Olvidan los apologistas de la unión opositora que resulta irresponsable y hasta suicida, cohonestar síntomas de dependencia, reconociéndole poder de decisión a un candidato contumaz e impredecible. La cuestión se centra en el hecho incuestionable de que el presente torneo electoral tiene que darse desde perspectivas distintas a las truculentas elecciones de 1994, de manera, que no se neutralicen, anulen o minimicen, a través del indecoroso manipuleo de la opinión pública (encuestas amañadas), las ventajas políticas que tiene Doña Mireya Moscoso frente a los otros candidatos a la Presidencia de la República.
Sin embargo, partiendo de la irrebatible premisa de la necesaria unidad popular para derrotar al PRD, sería riesgoso forzarla a ultranza y a contrapelo de la realidad imperante. Lo que si es impostergable es la destrucción del fantasma divisionista que alientan y alimentan desde el oficialismo, que es lo que dificultaría emprender una campaña de docencia política. Lo que se impone es convencer al votante de que el PRD es lo opuesto a la justicia, a la democracia y al bienestar y a contrario sensu, representa la corrupción y el fraude administrativo, que es un peligro mortal para el pueblo y que hay que sepultarlo en las urnas el 2 de mayo de 1999.
Por eso, más que aspirar a una unión con personas específicas, se debe convocar a una unidad popular. No en vano la ciencia política y la teoría constitucional nos develan a los partidos políticos como entes organizados, formadores de conciencia y madurez política, pilotos de la colectividad y reflejo de las ansiedades sociales, cuya dinámica de participación misma es política, pero siempre regida y limitada por consideraciones humanísticas.
Son a todas luces cuestionables las proclamas de unidad per se, cuando la idea básica de la política económica y social de Unión por Panamá, debe estar orientada a la formación de una civilidad moral, dirigida preferentemente a los más necesitados, desde una percepción y visión real de compromiso y participación ciudadana. No es simplemente defenestar el proyecto IDAAN, S.A., sino, reformular un planteamiento más realista de reivindicación social y así establecer una legítima economía social de mercado, un capitalismo más humano.
Quién quiera lograr esa unidad popular debe haber estado en permanente sintonía con el clamor popular, que exige voluntad política, transparencia vivencial y credibilidad de los convocantes. Doña Mireya es testimonio irrefutable de esa interacción sociopolítica; puesto que sin ser candidata de la Unión por Panamá, a tiempo acudió a cada llamado de urgencia que le hizo el pueblo panameño. Distanciada de todo sentido de oportunismo político, Doña Mireya reprochó todos y cada uno de los desaciertos del actual gobierno, desde la compra del avión presidencial, la dilapidación de los fondos del Estado, la falta de transparencia en las licitaciones, el descarnado atropello a los trabajadores, el despojo a los educadores y demás funcionarios públicos, hasta la proyectada privatización del IDAAN.
Estas entre otras razones son las que niegan una unión con Alberto Vallarino. Si sucediera, el discurso de Doña Mireya se tornaría inconsistente y menos convincente, además que se lastimaría su trayectoria de muchos años, itinerario lleno de mística y profunda sensibilidad social, por su permanente peregrinar por cada rincón de nuestro país, credenciales que no puede ostentar el candidato que no sabe perder y que abjuró a los inalienables valores de la democracia.
Las alianzas son opciones buenas y naturales, son recursos cardinales que animan toda participación política que aspira a conquistar el poder. Pero sólo eran saludables, en la medida que no impongan a los partidos políticos claudicar de su misión sagrada de tutelar sus ideologías, proponer y defender una convivencia política sana, cívica, ética y moralmente aceptable.
Por toda estas consideraciones, creemos firmemente que venceremos en mayo próximo, sin necesidad de aliarnos con el ingeniero Alberto Vallarino, Unión por Panamá debe cerrar definitivamente este capítulo y no forzar situaciones que a la larga pudieran perjudicar a Doña Mireya, gracias a la miope visual política de aquellos espíritus utilitaristas, que quizá sientan mayor afinidad con los intereses que representa el banquero perdedor.

101 años de Panamá América

 
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