La Unión Europea ampliada
El 1 de mayo, la Unión Europea le dio la bienvenida a diez nuevos países miembros: Chipre, República Checa, Estonia, Hungría, Latvia, Lituania, Malta, Polonia, Eslovaquia y Eslovenia.
Los miembros de la Unión Europea (UE) han aumentado de 15 a 25 naciones, ocho de las cuales formaron parte del bloque soviético.
Esos países han instrumentado reformas radicales y están creciendo mucho más rápidamente que Europa Occidental.
Los países de Europa Oriental deberán mantener sus altas tasas de crecimiento y la competitividad de sus economías para alcanzar el nivel de vida de Europa Occidental, pero no deberán copiarse las políticas de la vieja Europa, como las de Francia y Alemania que siguen aferradas al Estado de Bienestar y a su tendencia de regular exageradamente la economía.
La posibilidad de convertirse en miembro de la UE fomentó muchas de las reformas políticas y económicas llevadas a cabo en esos países del este: redujeron los aranceles y promocionaron el comercio internacional.
Algunos visionarios fueron aún más lejos, como el ex primer ministro Mart Laar que introdujo el impuesto de tasa única en Estonia, redujo a cero el impuesto a las empresas y eliminó los aranceles a las importaciones. Estonia se ha visto obligada a volver a cobrar aranceles para poder formar parte de UE, pero las demás reformas siguen en pie. Latvia, Lituania, Eslovaquia y Polonia ya tienen un impuesto de tasa única y rebajaron la tasa de impuestos a las empresas a 19 por ciento, lo cual atrae capital extranjero.
Pero el canciller alemán Gerhard Schroeder le teme a la competencia del Este y critica duramente esas reducciones de impuestos.
La economía alemana continúa estancada en parte gracias a que impone impuestos a las empresas de hasta 39%.
Tanto Alemania como Francia tratarán de que se igualen para arriba todos los impuestos en Europa porque saben que eso es necesario para preservar el llamado Estado de Bienestar.
Esos gobiernos, con poblaciones cada vez de más edad y financiando inmensos gastos de salud y pensiones no han logrado, debido a la presión sindical, reformar sus actuales leyes laborales inflexibles, las cuales no permiten despidos y, como resultado de ello, tampoco hay nuevas contrataciones y los jóvenes no consiguen empleo.
¿Influirán las favorables políticas de la nueva Europa en la vieja Europa o, por el contrario, serán los nuevos miembros presionados a retroceder de nuevo hacia el socialismo por los países más grandes de Europa occidental?
La realidad es que bajo la llamada Agenda de Lisboa no se ha logrado aumentar la competitividad de las economías europeas. El Mercado Común fue lanzado con la magnífica intención de eliminar trabas al intercambio de bienes, servicios, capital y mano de obra, pero la UE se ha convertido en un pesado cuerpo regulador.
La lección de Europa es que mientras se le facilitó a la gente el intercambio comercial y mientras la liberación económica fomentó la competencia y redujo el costo de producir y vender, se disparó el bienestar.
Complejas y pesadas regulaciones están afectando la prosperidad de Europa occidental y no es probable que la nueva generación en la Europa Central y Oriental que emerge de los horrores del comunismo vaya a estar dispuestas a dar marcha atrás.
Los miembros de la Unión Europea (UE) han aumentado de 15 a 25 naciones, ocho de las cuales formaron parte del bloque soviético.
Esos países han instrumentado reformas radicales y están creciendo mucho más rápidamente que Europa Occidental.
Los países de Europa Oriental deberán mantener sus altas tasas de crecimiento y la competitividad de sus economías para alcanzar el nivel de vida de Europa Occidental, pero no deberán copiarse las políticas de la vieja Europa, como las de Francia y Alemania que siguen aferradas al Estado de Bienestar y a su tendencia de regular exageradamente la economía.
La posibilidad de convertirse en miembro de la UE fomentó muchas de las reformas políticas y económicas llevadas a cabo en esos países del este: redujeron los aranceles y promocionaron el comercio internacional.
Algunos visionarios fueron aún más lejos, como el ex primer ministro Mart Laar que introdujo el impuesto de tasa única en Estonia, redujo a cero el impuesto a las empresas y eliminó los aranceles a las importaciones. Estonia se ha visto obligada a volver a cobrar aranceles para poder formar parte de UE, pero las demás reformas siguen en pie. Latvia, Lituania, Eslovaquia y Polonia ya tienen un impuesto de tasa única y rebajaron la tasa de impuestos a las empresas a 19 por ciento, lo cual atrae capital extranjero.
Pero el canciller alemán Gerhard Schroeder le teme a la competencia del Este y critica duramente esas reducciones de impuestos.
La economía alemana continúa estancada en parte gracias a que impone impuestos a las empresas de hasta 39%.
Tanto Alemania como Francia tratarán de que se igualen para arriba todos los impuestos en Europa porque saben que eso es necesario para preservar el llamado Estado de Bienestar.
Esos gobiernos, con poblaciones cada vez de más edad y financiando inmensos gastos de salud y pensiones no han logrado, debido a la presión sindical, reformar sus actuales leyes laborales inflexibles, las cuales no permiten despidos y, como resultado de ello, tampoco hay nuevas contrataciones y los jóvenes no consiguen empleo.
¿Influirán las favorables políticas de la nueva Europa en la vieja Europa o, por el contrario, serán los nuevos miembros presionados a retroceder de nuevo hacia el socialismo por los países más grandes de Europa occidental?
La realidad es que bajo la llamada Agenda de Lisboa no se ha logrado aumentar la competitividad de las economías europeas. El Mercado Común fue lanzado con la magnífica intención de eliminar trabas al intercambio de bienes, servicios, capital y mano de obra, pero la UE se ha convertido en un pesado cuerpo regulador.
La lección de Europa es que mientras se le facilitó a la gente el intercambio comercial y mientras la liberación económica fomentó la competencia y redujo el costo de producir y vender, se disparó el bienestar.
Complejas y pesadas regulaciones están afectando la prosperidad de Europa occidental y no es probable que la nueva generación en la Europa Central y Oriental que emerge de los horrores del comunismo vaya a estar dispuestas a dar marcha atrás.