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La verdad sobre el nacionalismo



Una cosa es la amistad y otra el amiguismo. La primera es un bien invaluable, el segundo es una deformación lamentable. Así de diferentes son el amor a la nación a la que se pertenece y el nacionalismo. El amor a la patria nos obliga, para empezar, a no utilizarla como instrumento para resolver problemas individuales, y a anteponer los bienes colectivos por encima de los personales. El nacionalismo, en cambio, es la manipulación de los sentimientos hacia la nación con fines aviesos, casi siempre dirigidos a justificar la violencia, la impunidad, y la corrupción, que corroen el estado de derecho y la democracia. El nacionalismo no se alimenta del amor, sino del resentimiento. El que piensa hoy que es más importante el nacionalismo que la democracia comete un grave error. Cuando los asuntos de Estado se orientan con estos criterios, entonces nos colocamos a las puertas del desastre. Como todos los "ismos", el nacionalismo denota una falta de equilibrio, es un irse de bruces, que al final frustra los objetivos que guiaban las acciones. Pero digámoslo sin ambages: cuando la política se va de bruces con gestos nacionalistas, hay siempre alguien que la empuja por detrás buscando el provecho propio. El amor a la nación no puede tener un compromiso diferente al de fortalecer la democracia y la justicia. La senda por la que ha de transitar el destino de la nación no es una colección de caprichitos coyunturales que prodigan beneficios a los que se arropan con la bandera. El país necesita saber cuál es el sentido de nación que mueve a los actuales gobernantes. Es preciso definir el rumbo: ¿caminamos hacia una integración ventajosa en la economía global? ¿O hemos decidido de pronto que el aislacionismo es el mejor contexto para ser fieles a la patria? Este país tiene que escoger a sus mejores hombres y mujeres y ponerlos al frente de las responsabilidades institucionales que hemos de enfrentar como nación. ¡Pobre país si hemos de quedar -nuevamente, como en la época de Noriega- presos de un trasnochado resentimiento antiyanqui! Así no iremos a ninguna parte. Que se bajen de la locomotora los resentidos. Que ocupen uno de los vagones traseros y dejen que la nación crezca esplendorosa.

101 años de Panamá América

 
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