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La verdad sobre el TLC


Al momento de redactar este artículo, los equipos negociadores de Panamá y Estados Unidos (EU) comenzaban -a puertas cerradas-, la tercera y penúltima ronda de negociaciones para lograr un Tratado de Libre Comercio (TLC), mientras grupos de productores agropecuarios y sindicalistas locales se aprestaban a realizar protestas en rechazo a esta iniciativa en diversas regiones del país.
Lo que cabe no es seguir avanzando en estas negociaciones, sino -por el contrario- debemos impulsar una política de rechazo al proceso de negociación, y también de rechazo a lo que están implicando en estos momentos los TLC bajo la lógica de la globalización neoliberal, que no son más que mecanismos o instrumentos que apuntan al dominio económico, político, social, e incluso, cultural de nuestros pueblos.
Debemos estar claros -insistimos- en que la política no es excluir algunos rubros. Tampoco el problema es de la extensión del proceso de negociación, sino que el problema y el análisis hay que mirarlos desde el punto de vista de cuál es la lógica que se está llevando a cabo a través de los TLC. Definitivamente, es una lógica de exclusión a las grandes mayorías. Los resultados que están en otras latitudes -como lo es el caso de México, por ejemplo-, así lo demuestran: el incremento de la pobreza, del desempleo, la mayor contaminación ambiental, tasas de crecimiento económico de exportación que no responden a las dinámicas nacionales, sino por el contrario, a la dinámica de la economía mundial y en este caso concreto, a la dinámica de EU, a quien le estamos garantizando un terreno sin ningún tipo de obstáculos, para que pueda realizar su producción en nuestras fronteras, y obteniendo, por el contrario, una política de total proteccionismo que es lo que caracteriza a EU en estos momentos.
El proceso de negociación, en términos generales, no ha sido un proceso muy ordenado. Esta política comercial que han mantenido los diversos gobiernos panameños desde inicios de la década del 90 hasta la fecha, marca una entrega del sector gubernamental y empresarial privado, hacia los intereses de EU.
Hemos iniciado un proceso de negociación, para un TLC con EU, donde Panamá -antes de iniciar las negociaciones formalmente-; es decir, en el período de negociaciones exploratorias, ha tenido que dar muestras de entrega en nuestra condición de país soberano, a EU (soberanía sí se come). Como ejemplo de ello tenemos lo que es el Tratado SalasBecker, la firma de una serie de compromisos sobre el narcotráfico, sobre el "terrorismo", obviamente; todos estos compromisos enmarcados en lo que es el concepto de "narcotráfico", de "terrorismo", de "corrupción", etc., que tiene el imperialismo norteamericano (es "terrorista", por ejemplo, todo aquel que se oponga a las políticas neoliberales). Todo eso forma parte de lo que EU está impulsando como los TPA, que genera una serie de condiciones previas, para cualquier país que quiera firmar un TLC con ellos, y que abarcan, no sólo cláusulas comerciales, sino también económicas y no económicas.
Estos son, precisamente, uno de los primeros puntos que debemos poner en el tapete de discusiones. Realmente no se trata de un tratado de comercio, sino que es un tratado que involucra los más diversos sectores de la sociedad panameña (sociales y económicos). Por ende, uno de los grandes errores es tratar de impulsar un proceso cuando no existe un diagnóstico integral de la economía nacional sobre cuáles son nuestras fortalezas y debilidades, máxime, cuando, además, no se tiene ninguna proyección de cuáles son los efectos de este TLC sobre los diversos sectores panameños.
Esta política de impulsar negociaciones que se caracterizan por ser negociaciones a puertas cerradas, con total hermetismo en la información, con una total falta de consulta a la sociedad panameña, constituye una irresponsabilidad más de nuestros gobernantes sobre lo que está significando el desarrollo de la política económica de Panamá.
(pastorja@yahoo.com)
Mis argumentos en contra no están precisamente dirigidos a ellos, pero sí a la inmensa mayoría del país que no respalda dichos criterios. Lo que importa destacar es que el resultado de la propuesta que hace al país el Presidente Electo es una constitución sustancialmente más democrática que aquélla que reforma. Y sólo por eso, merece nuestro respaldo.

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