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La verdad y la política


Hace 500 años, quienes ejercían el poder público aseguraban que la Tierra era plana. Quien osara pensar y decir lo contrario, era quemado vivo. En aquellos tiempos, el resto de la población le permitía a la autoridad pensar por ella, tomar las más disímiles decisiones, y autoproclamarse fuente fiable de la información. Se aplicaba lo que los teóricos llaman "la hipnosis del poder político", que nos hace creer que unos son los buenos, y los otros los malos. Todo lo que los buenos dicen y hacen es correcto; lo demás está signado con el error y la mentira.

Hoy no es muy diferente. El poder político sigue basando su fuerza en las emociones, y en la esperanza de que la población se deje hipnotizar. Sobran los ejemplos de políticos, en el poder y en oposición, quienes piden al pueblo que haga oídos sordos de las promesas y discursos de los adversarios, porque son extremistas, son crédulos, no son serios, no son imparciales, no son expertos, ellos mienten, son malvados, son monstruos; en resumen: ellos, dicen unos, son los malos, y nosotros los buenos.

Al pueblo sólo le queda entender que los políticos pretenden hipnotizar a su audiencia, y siempre ha sido así. Hacerla entrar en algo parecido al juego "Simón dice". Ellos pretenden hacernos obedecer todo lo que Simón dice, ignorando lo que cualquier otro habla. Y a veces logran manipular la realidad. El poder hipnótico de la política no tiene límites, si la población así lo permite. Lo correcto es procesar la información, dudar, pensar, no tragarse el discurso sin masticarlo. Entender que ninguna fuente tiene la verdad completa. Sólo así podremos escoger lo mejor y comprenderemos, por fin, que la Tierra realmente no es plana.

101 años de Panamá América

 
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