La victoria de Hussein
La captura de Saddam Hussein se produjo mediante una agresión, incapaz de generar actos legítimos, pero consideraciones de acomodo internacional una vez más sacrificaron principios por intereses.
El tratamiento dispensado a Hussein -un prisionero de guerra- constituyó una violación de la Convención de Ginebra. Su enjuiciamiento, una comedia mise en scène por Estados Unidos. A sus abogados, que incluían al ex procurador Ramsey Clark, se les obstaculizó su labor: fueron hostigados y asesinados. ¿Cómo y por qué aceptar un juicio tan viciado de nulidad?
Los Principios de Nuremberg han colapsado definitivamente. A raíz del bloqueo a Irak, por falta de medicamentos, murió más de medio millón de niños. Otros sucumbieron porque no tenían comida o agua potable, ya que la infraestructura civil fue destruida por los bombardeos de Estados Unidos (EE.UU.) e Inglaterra que duraron más de una década. Por la actual invasión han perecido cientos de miles de civiles. Además, los invasores emplearon y utilizan aún toda clase de armas y municiones prohibidas por convenciones internacionales.
¿De qué tamaño quedan los crímenes de Saddam al lado de las atrocidades cometidas por EE.UU. en la antigua Yugoslavia, en Afganistán, en Irak y antes en Panamá? Saddam es culpable de crímenes de guerra, pero los dos George Bush y otros son culpables de crímenes de lesa humanidad, crímenes contra la paz y crímenes contra el derecho internacional, que son delitos de mayor gravedad. Y estos crímenes, ningún tribunal los juzgará. Por la misma razón que el presidente Harry Truman, quien lanzó bombas atómicas sobre Japón, nunca fue considerado criminal de guerra.
¿Por qué Douglas MacArthur no llevó al Tribunal de Tokio a buen número de comandantes y almirantes y al emperador Hirohito, señalados como criminales, como sí hicieron con los alemanes en Nuremberg? Porque dichos militares y el emperador serían útiles para contener a China y la Unión Soviética y controlar Corea.
Y allí están los peores genocidas japoneses, que asesinaron a millones de coreanos y chinos indefensos en Corea, Nanjin y Manchuria, sepultados en Yasukuni, donde reciben homenajes como héroes bajo las protestas de China y las dos Coreas.
Estados Unidos carecerá de autoridad para calificar a otros como criminales mientras sus fuerzas agredan y ocupen territorios ajenos o les imponga la obligación de no someter ante la ley a militares y civiles estadounidenses que cometan tales crímenes.
En lugar de evitar la muerte de Hussein, quien por la Convención de Ginebra no debió ser entregado a sus enemigos, Bush decidió que la ejecución de la "Bestia de Bagdad" podía ayudarle a mejorar su rating ante su desastroso manejo de la guerra.
De haber sido inteligente, Bush hubiera impedido el ahorcamiento de Saddam, al inicio de la fiesta de Eid al Adha, Día del Perdón, que recuerda cuando Abraham detuvo el puñal que mataría a su hijo. Ello hubiera demostrado que aún habría destellos de magnanimidad en el presidente de EE.UU y que un estado de derecho es esencial a la democracia. Asimismo, hubiese abierto opciones para una salida un poco menos deshonrosa a sus tropas, así como para abrir una nueva etapa de paz en el Medio Oriente.
Pero no. Bush prefirió ser recordado como el "Carnicero de Texas", el gobernador que más sentencias de muerte ha firmado en la historia de EE.UU., en el país que más reos ha matado en el mundo. En cambio, un sereno Saddam Hussein, el hombre que no fue Eje del Mal; que no fue aliado de Osama Bin Laden como tampoco un "Terminator nuclear", antes de su calvario rogó a todos cesar la violencia y buscar la paz. Pudo llamar a una guerra contra los Cruzados, pero no lo hizo. Los perdonó en el Día del Perdón y se fue sin que le temblaran las piernas y sin permitir que le vendaran los ojos.
Saddam demostró no ser peor que sus victimarios y, en el fugaz instante en que sus pies perdieron sustento, expió sus culpas. Bush "El Pequeño" todavía seguirá cargando las suyas. Esa fue su victoria.
El tratamiento dispensado a Hussein -un prisionero de guerra- constituyó una violación de la Convención de Ginebra. Su enjuiciamiento, una comedia mise en scène por Estados Unidos. A sus abogados, que incluían al ex procurador Ramsey Clark, se les obstaculizó su labor: fueron hostigados y asesinados. ¿Cómo y por qué aceptar un juicio tan viciado de nulidad?
Los Principios de Nuremberg han colapsado definitivamente. A raíz del bloqueo a Irak, por falta de medicamentos, murió más de medio millón de niños. Otros sucumbieron porque no tenían comida o agua potable, ya que la infraestructura civil fue destruida por los bombardeos de Estados Unidos (EE.UU.) e Inglaterra que duraron más de una década. Por la actual invasión han perecido cientos de miles de civiles. Además, los invasores emplearon y utilizan aún toda clase de armas y municiones prohibidas por convenciones internacionales.
¿De qué tamaño quedan los crímenes de Saddam al lado de las atrocidades cometidas por EE.UU. en la antigua Yugoslavia, en Afganistán, en Irak y antes en Panamá? Saddam es culpable de crímenes de guerra, pero los dos George Bush y otros son culpables de crímenes de lesa humanidad, crímenes contra la paz y crímenes contra el derecho internacional, que son delitos de mayor gravedad. Y estos crímenes, ningún tribunal los juzgará. Por la misma razón que el presidente Harry Truman, quien lanzó bombas atómicas sobre Japón, nunca fue considerado criminal de guerra.
¿Por qué Douglas MacArthur no llevó al Tribunal de Tokio a buen número de comandantes y almirantes y al emperador Hirohito, señalados como criminales, como sí hicieron con los alemanes en Nuremberg? Porque dichos militares y el emperador serían útiles para contener a China y la Unión Soviética y controlar Corea.
Y allí están los peores genocidas japoneses, que asesinaron a millones de coreanos y chinos indefensos en Corea, Nanjin y Manchuria, sepultados en Yasukuni, donde reciben homenajes como héroes bajo las protestas de China y las dos Coreas.
Estados Unidos carecerá de autoridad para calificar a otros como criminales mientras sus fuerzas agredan y ocupen territorios ajenos o les imponga la obligación de no someter ante la ley a militares y civiles estadounidenses que cometan tales crímenes.
En lugar de evitar la muerte de Hussein, quien por la Convención de Ginebra no debió ser entregado a sus enemigos, Bush decidió que la ejecución de la "Bestia de Bagdad" podía ayudarle a mejorar su rating ante su desastroso manejo de la guerra.
De haber sido inteligente, Bush hubiera impedido el ahorcamiento de Saddam, al inicio de la fiesta de Eid al Adha, Día del Perdón, que recuerda cuando Abraham detuvo el puñal que mataría a su hijo. Ello hubiera demostrado que aún habría destellos de magnanimidad en el presidente de EE.UU y que un estado de derecho es esencial a la democracia. Asimismo, hubiese abierto opciones para una salida un poco menos deshonrosa a sus tropas, así como para abrir una nueva etapa de paz en el Medio Oriente.
Pero no. Bush prefirió ser recordado como el "Carnicero de Texas", el gobernador que más sentencias de muerte ha firmado en la historia de EE.UU., en el país que más reos ha matado en el mundo. En cambio, un sereno Saddam Hussein, el hombre que no fue Eje del Mal; que no fue aliado de Osama Bin Laden como tampoco un "Terminator nuclear", antes de su calvario rogó a todos cesar la violencia y buscar la paz. Pudo llamar a una guerra contra los Cruzados, pero no lo hizo. Los perdonó en el Día del Perdón y se fue sin que le temblaran las piernas y sin permitir que le vendaran los ojos.
Saddam demostró no ser peor que sus victimarios y, en el fugaz instante en que sus pies perdieron sustento, expió sus culpas. Bush "El Pequeño" todavía seguirá cargando las suyas. Esa fue su victoria.