La vida en Panamá hace medio siglo
Con un grupo de amigos en una amena tertulia hacíamos, en días pasados, remembranzas de tiempos idos y cómo era la vida en Panamá hace medio siglo. Todo se inició al leerles un pensamiento que me escribió mi abuelo, don Samuel Lewis García de Paredes, en 1937, que dice: "La vida es una flor. Sus pétalos tempraneros simbolizan la niñez; su fragancia equivale a la adolescencia; su corola mustia representa la ancianidad. Guarda con cariño pétalos, fragancia y corola, porque ellos constituyen el recuerdo y el recuerdo es la luminaria consoladora que alegra la trayectoria de la vida vista desde su etapa final".
Toda época tiene, por supuesto, recuerdos gratos que se atesoran y no son pocos los que sostienen que los tiempos pasados siempre fueron mejores. Hay quienes, inclusive, viven penando siempre en el ayer, embargados en una permanente nostalgia. Se hacen eco de aquel que dijo: "disfrutar de los recuerdos es vivir dos veces".
La vida de hace 10 lustros se desenvolvía sin el trajín de hoy, era más apacible y tranquila. No contábamos con televisión, pero sí muy buenos cinematógrafos. Tampoco había aire acondicionado, pero las casas con sus pisos y paredes de madera y altos cielo-rasos eran muy frescas. El joven de entonces disfrutaba con las retretas dominicales en el Parque Catedral y la Banda Republicana y después iba a saborear los famosos helados de "Purruñotis". Los paseos en el tranvía o en los coches guiados por hermosos caballos, que habían muchos, eran utilizados tanto para trabajar y como para dar vueltas en sana diversión. La Avenida Central era de dos vías y muy transitada, a pesar de lo estrecha de la misma. No había supermercados, pero sí existían pequeñas abarroterías, muchas de las cuales las atendían los populares "chinitos" que por un real vendían una malteada y un mafá y como "pezuña" te regalaban unas cuantas pastillitas de "pescaditos". No había productos congelados, pero la comida era más sana y sabrosa. No había antibióticos, pero sí había la "Maravilla Curativa" que aún hoy existe y la "Cáscara Sagrada", purgante que se le daba a los niños al regresar de los cumpleaños. Había, por supuesto, fiestas, pero a diferencia de hoy, las mismas terminaban a la hora que hoy comienzan. Los Jardines de Cerveza y los cabarets de la Plaza 5 de Mayo eran muy concurridos, sobre todo, por los turistas que nos visitaban, interesados primordialmente en conocer la maravilla del nuevo Canal. El "Parao" y el "Pepsicola" atraían a los transnochadores con sus populares sandwiches de chuleta. No se tenía que ir al campo para ver toros y vacas; estos animales que venían de Nicaragua eran desembarcados en la playa en que hoy se levanta el Hotel Miramar y muy a menudo se fugaban y, en su correr desenfrenado, iban a parar a la Plaza de la Catedral. Los viajes a Taboga y el hospedarse en el Hotel Aspinwall y el Hotel Chu era una costumbre. "La Cotinga", la lancha que hacía el trayecto a la isla, aunque lenta era muy segura y muy popular. Las misas eran en latín, que muy pocos las entendían y para comulgar se tenía que ayunar desde la noche anterior.
No había el Puente de las Américas, pero sí dos ferrys, el Presidente Amador y el Presidente Porras, que mal que bien nos llevaban y nos traían al interior del país.
El Hotel Tívoli de Panamá y el Washington de Colón eran los mejores de toda el área centroamericana. Se les consideraba hoteles de cinco estrellas y eran muy concurridos por los norteamericanos que vivían en la Zona del Canal, como por los panameños y los turistas. El ambiente en esos días era mucho más sosegado, no había la delincuencia de hoy y eran muy poco los actos de violencia que se daban. Las drogas eran desconocidas. Los presidentes de la República no usaban escolta y frecuentaban con toda tranquilidad y sin ningún temor desde el Café Coca Cola hasta el Club Unión. No había tranques de calles ni protestas afectando a terceros. Las protestas se hacían con métodos más civilizados.
La vida en esa época, sin duda, era mucho más serena, tranquila, existía apego a las tradiciones y gran respeto a las personas y a las instituciones. Las costumbres eran más sanas y la cortesía se daba en todas las capas sociales. Para muchos de los que vivieron esas épocas pasadas, éstas constituyen los tiempos más felices que muchos añoran.
Toda época tiene, por supuesto, recuerdos gratos que se atesoran y no son pocos los que sostienen que los tiempos pasados siempre fueron mejores. Hay quienes, inclusive, viven penando siempre en el ayer, embargados en una permanente nostalgia. Se hacen eco de aquel que dijo: "disfrutar de los recuerdos es vivir dos veces".
La vida de hace 10 lustros se desenvolvía sin el trajín de hoy, era más apacible y tranquila. No contábamos con televisión, pero sí muy buenos cinematógrafos. Tampoco había aire acondicionado, pero las casas con sus pisos y paredes de madera y altos cielo-rasos eran muy frescas. El joven de entonces disfrutaba con las retretas dominicales en el Parque Catedral y la Banda Republicana y después iba a saborear los famosos helados de "Purruñotis". Los paseos en el tranvía o en los coches guiados por hermosos caballos, que habían muchos, eran utilizados tanto para trabajar y como para dar vueltas en sana diversión. La Avenida Central era de dos vías y muy transitada, a pesar de lo estrecha de la misma. No había supermercados, pero sí existían pequeñas abarroterías, muchas de las cuales las atendían los populares "chinitos" que por un real vendían una malteada y un mafá y como "pezuña" te regalaban unas cuantas pastillitas de "pescaditos". No había productos congelados, pero la comida era más sana y sabrosa. No había antibióticos, pero sí había la "Maravilla Curativa" que aún hoy existe y la "Cáscara Sagrada", purgante que se le daba a los niños al regresar de los cumpleaños. Había, por supuesto, fiestas, pero a diferencia de hoy, las mismas terminaban a la hora que hoy comienzan. Los Jardines de Cerveza y los cabarets de la Plaza 5 de Mayo eran muy concurridos, sobre todo, por los turistas que nos visitaban, interesados primordialmente en conocer la maravilla del nuevo Canal. El "Parao" y el "Pepsicola" atraían a los transnochadores con sus populares sandwiches de chuleta. No se tenía que ir al campo para ver toros y vacas; estos animales que venían de Nicaragua eran desembarcados en la playa en que hoy se levanta el Hotel Miramar y muy a menudo se fugaban y, en su correr desenfrenado, iban a parar a la Plaza de la Catedral. Los viajes a Taboga y el hospedarse en el Hotel Aspinwall y el Hotel Chu era una costumbre. "La Cotinga", la lancha que hacía el trayecto a la isla, aunque lenta era muy segura y muy popular. Las misas eran en latín, que muy pocos las entendían y para comulgar se tenía que ayunar desde la noche anterior.
No había el Puente de las Américas, pero sí dos ferrys, el Presidente Amador y el Presidente Porras, que mal que bien nos llevaban y nos traían al interior del país.
El Hotel Tívoli de Panamá y el Washington de Colón eran los mejores de toda el área centroamericana. Se les consideraba hoteles de cinco estrellas y eran muy concurridos por los norteamericanos que vivían en la Zona del Canal, como por los panameños y los turistas. El ambiente en esos días era mucho más sosegado, no había la delincuencia de hoy y eran muy poco los actos de violencia que se daban. Las drogas eran desconocidas. Los presidentes de la República no usaban escolta y frecuentaban con toda tranquilidad y sin ningún temor desde el Café Coca Cola hasta el Club Unión. No había tranques de calles ni protestas afectando a terceros. Las protestas se hacían con métodos más civilizados.
La vida en esa época, sin duda, era mucho más serena, tranquila, existía apego a las tradiciones y gran respeto a las personas y a las instituciones. Las costumbres eran más sanas y la cortesía se daba en todas las capas sociales. Para muchos de los que vivieron esas épocas pasadas, éstas constituyen los tiempos más felices que muchos añoran.