La vida: ironía o realidad
Al levantarnos lo primero que hacemos es ver el reloj que para saber cuánto tiempo tenemos para bañarnos y arreglarnos para ir hacia el trabajo. Ya laborando, nos impacientamos para volver a casa con los hijos y acostarnos a pensar en las deudas o en las cosas que nos preocupan. Pero, ¿qué le decimos a los niños que están en el vientre de su mamá, esperando deseosos por nacer a un mundo llenos de ilusiones y cariño materno? ¿Qué le contestamos a una madre que no puede tener a su bebé por falta de experiencia, de compañero o simplemente falta de dinero para sufragar todos los gastos que un niño implica?
La vida es el regalo perfecto que para bien o para mal, nuestros padres nos dan, y con dolor o no, nuestras madres tejen en su vientre nuestras metas, ensueños, ilusiones y esperanzas, sólo que hay seres humanos que nunca lograrán sentir el beso de su madre porque no le darán la oportunidad para nacer, mientras que muchos que estamos viviendo desearíamos que se agotara el aire de nuestro cuerpo por tonterías.
Es una gran ironía que hay bebés que luchan en el cuerpo de su mamá por vivir, y que ese objeto frío para quitarle la vida no se aproxime más, para que no le arrebate la seguridad de latir de su madre querida, mientras que hay jóvenes que a los quince años se suicidan por estar aburridos de la vida.
¿Cuando fue la última vez que besó a su hijo dormido, o abrazó a su hija cuando está triste? ¿Cuántos padres sabemos la verdadera cara de nuestros hijos sabiendo si de verdad están bien o mal? No todos y es porque estamos sumergidos en tantos problemas pasajeros, que se amontonan junto al trabajo, y a las peleas conyugales que no le damos importancia a la vida misma.
¿Alguna vez ha pensado ver un amanecer a la orilla de una playa con una pareja y sus hijos en vez de pasar un domingo en casa aburridos cada uno por su lado? Yo me acuerdo cuando mi hija tenía solamente ocho meses y nos fuimos al interior. Ella estaba tan asustada con el agua del río, que tuve que salir con ella a jugar en la arena, y su papá le cargó y la mojó hasta que quedó sentada en sus piernas bañándose en las aguas tibias. Me acuerdo que pensé: "Qué gran ironía. Yo preocupada que la nena no se bañara, ni disfrutara y lo único que quería era seguridad". Y así somos todos. Buscamos lo más complicado para supuestamente simplificarnos la vida que nos olvidamos que lo más importante es disfrutar los pequeños momentos que no volverán, como el primer paso o la primera palabra de un bebé, o tan simple como su primer gateo y muchas veces nos perdemos las cosas verdaderamente importantes por estar ocupados en cálculos de pagos, o introduciendo datos en la computadora.
Para cuando queramos reparar las cosas ya será muy tarde o nos sentiremos tan mal que diremos que nuestras vidas son miserables y buscamos culpar a alguien o a algo más que a nosotros mismos, y es porque no reconocemos que la vida es tan corta que no nos damos cuenta todo lo que nos estamos perdiendo día a día, por no perdernos cosas que de verdad no valen la pena.
Se ha escuchado tanto de la canasta básica familiar o del transporte que nos preocupa cómo llevar a nuestros hijos a la escuela y qué les damos de comer, que muchas veces no pensamos que es mejor un plato de arroz con poroto con amor y aceptación, que manjares de oro pero sin familia con quien compartirlas. Es muy triste celebrar un triunfo con delicias y bombones sin nuestros hijos sonriéndonos y agradeciéndonos el hacerlos parte de nuestras victorias. En cambio hay madres que abortan a sus hijos con tanto dolor en el alma que se quedan verdaderamente solas para toda la vida.
La vida es el regalo perfecto que para bien o para mal, nuestros padres nos dan, y con dolor o no, nuestras madres tejen en su vientre nuestras metas, ensueños, ilusiones y esperanzas, sólo que hay seres humanos que nunca lograrán sentir el beso de su madre porque no le darán la oportunidad para nacer, mientras que muchos que estamos viviendo desearíamos que se agotara el aire de nuestro cuerpo por tonterías.
Es una gran ironía que hay bebés que luchan en el cuerpo de su mamá por vivir, y que ese objeto frío para quitarle la vida no se aproxime más, para que no le arrebate la seguridad de latir de su madre querida, mientras que hay jóvenes que a los quince años se suicidan por estar aburridos de la vida.
¿Cuando fue la última vez que besó a su hijo dormido, o abrazó a su hija cuando está triste? ¿Cuántos padres sabemos la verdadera cara de nuestros hijos sabiendo si de verdad están bien o mal? No todos y es porque estamos sumergidos en tantos problemas pasajeros, que se amontonan junto al trabajo, y a las peleas conyugales que no le damos importancia a la vida misma.
¿Alguna vez ha pensado ver un amanecer a la orilla de una playa con una pareja y sus hijos en vez de pasar un domingo en casa aburridos cada uno por su lado? Yo me acuerdo cuando mi hija tenía solamente ocho meses y nos fuimos al interior. Ella estaba tan asustada con el agua del río, que tuve que salir con ella a jugar en la arena, y su papá le cargó y la mojó hasta que quedó sentada en sus piernas bañándose en las aguas tibias. Me acuerdo que pensé: "Qué gran ironía. Yo preocupada que la nena no se bañara, ni disfrutara y lo único que quería era seguridad". Y así somos todos. Buscamos lo más complicado para supuestamente simplificarnos la vida que nos olvidamos que lo más importante es disfrutar los pequeños momentos que no volverán, como el primer paso o la primera palabra de un bebé, o tan simple como su primer gateo y muchas veces nos perdemos las cosas verdaderamente importantes por estar ocupados en cálculos de pagos, o introduciendo datos en la computadora.
Para cuando queramos reparar las cosas ya será muy tarde o nos sentiremos tan mal que diremos que nuestras vidas son miserables y buscamos culpar a alguien o a algo más que a nosotros mismos, y es porque no reconocemos que la vida es tan corta que no nos damos cuenta todo lo que nos estamos perdiendo día a día, por no perdernos cosas que de verdad no valen la pena.
Se ha escuchado tanto de la canasta básica familiar o del transporte que nos preocupa cómo llevar a nuestros hijos a la escuela y qué les damos de comer, que muchas veces no pensamos que es mejor un plato de arroz con poroto con amor y aceptación, que manjares de oro pero sin familia con quien compartirlas. Es muy triste celebrar un triunfo con delicias y bombones sin nuestros hijos sonriéndonos y agradeciéndonos el hacerlos parte de nuestras victorias. En cambio hay madres que abortan a sus hijos con tanto dolor en el alma que se quedan verdaderamente solas para toda la vida.