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La violencia vs. La paz


Panamá se había caracterizado por ser un país tranquilo, en donde los ciudadanos vivíamos en paz con los demás. Éramos tan pacíficos que, hace unas semanas, escribí sobre lo que parecía indiferencia hacia los problemas que se nos presentaban. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos días nos indican que estamos cambiando nuestra manera de ser y vivir por un asomo de violencia que es como una bola de nieve: sabes cómo comienza, pero ignoras su tamaño al final.
Sería bueno analizar qué sucede con nosotros, a dónde vamos a llegar y cuáles serán las consecuencias de lo que hoy sólo comienza. Dos obreros muertos en un par de días debe hacernos reflexionar, porque en Panamá no se veían estas situaciones; porque en Panamá no había crecido el número de pandillas a tal punto que asusta. Dicen que la pobreza es la cuna de la violencia. ¡No lo creo! Existen miles y miles de hogares humildes, pobres en bienes materiales pero ricos en valores, en equilibrio emocional, en paz y seguridad en sí mismos. Dicen que la violencia arraiga en hogares en donde no existe la figura paterna, mientras la madre trabaja como mula para educar a sus hijos y los hace profesionales serios, trabajadores. Vemos o dejamos de ver violencia en familias de alto estrato social, en jóvenes que pareciera no tener problemas. ¿Es cierto que la posición social influye o son otros factores que coadyuvan a lo mismo? ¿Asisten los jóvenes a las iglesias en cantidad llamativa o llama la atención su ausencia?
En nuestro país existía una igualdad social, tuvieras o no bienes. Hoy la brecha social se ha ampliado a tal extremo que existe un odio incomprensible entre ricos y pobres. ¿Cómo y cuándo comenzó esto y qué hemos hecho para acabarlo? Son preguntas que nos hacemos para tratar de dar con la respuesta al crecimiento de la violencia y la disminución de la paz.
Hace unos días un orador nos decía en el Club Rotario que el liderazgo de la Iglesia y de los clubes cívicos había decaído y se estaba perdiendo. Esto es importante: no hay suficientes líderes en las comunidades que sean paradigmas para esa juventud y esos grupos violentos que se han presentado. ¿Quién enseña valores en la familia o en las escuelas? ¿Por qué los curas y pastores de las diferentes Iglesias no hablan más de ellos y menos de temas complejos que dejan perplejos a los asistentes?
Tenemos que luchar para que la buena educación llegue igual a todos los niveles; que no les digas a las madres que deben llevar a vacunar a sus hijos si no hay vacunas en los centros de salud y policlínicas; que cuando esos niños salen para las escuelas van sin un bocado en su estómago y regresan para encontrar la estufa vacía en sus casas. Pero existe una ceguera en los políticos, sobre todo en los que llegan al poder que se apoderan de una desidia o ésta de aquéllos y los países ni siquiera mantienen un status quo, sino que la pobreza es mayor, la ignorancia aumenta, las enfermedades aparecen y diezman nuestra niñez y juventud. Los centros escolares no sirven para nada; la Universidad de Panamá es un engaño y sólo siguen una línea que no engrandece la enseñanza para los futuros profesionales.
Se va perdiendo la paz, tanto dentro de nosotros como con los demás. Hasta yo que he luchado por la equidad, la igualdad de oportunidades y de derechos, ahora lucho por cualquier cosa y me he percatado que voy perdiendo la paz. El domingo me lo hizo comprender el cura que nos dio el sermón; la importancia de la paz debe hacernos recapacitar para volver a ser un pueblo pacífico, no idiota; a desechar la influencia de extranjeros que nos traen costumbres no deseables para que aprendamos lo que ellos conocen de sobra y así seguir la cadena de violencia, de luchas inútiles entre tú y yo; entre padres e hijos, hermanos entre sí, familiares y amigos. Se ha terminado la confianza, la tranquilidad, el amor a la vida y su valor ante Dios y los hombres, la sensibilidad ha sido suplantada por el materialismo. Busquemos la paz divina y la terrenal y equilibremos nuestras vidas para retomar el país tranquilo que éramos.
marisin@cableonda.net
4. La cultura enajenada, en la cual los elementos son propios, pero la decisión es expropiada. Ejemplo, el bosque de la comunidad que es talado por una compañía transnacional de acuerdo sólo a sus intereses.
La cultura autónoma y la cultura apropiada conforman el universo de la cultura propia, que es la capacidad de producir nuestra cultura como aporte a la identidad. La construcción de la cultura propia no desprecia la ajena, sino que sabe relacionarla con la suya. La identidad contiene identidades, por lo que requiere una visión pluricultural de la nación, sino corremos el peligro de ver a la cultura como folklore, o como la expresión absoluta de una región, generando una especie de colonialismo cultural interno. Un caso común es el de los indígenas, pues para un sector de los no indígenas se trata de integrarlos exigiéndole que pierden sus valores propios, en función de la "civilización".
Los tiempos nos desafían a abrirnos a un espacio pluricultural, donde se transiten con ojos abiertos y oídos receptivos en la interacción de dinamismos culturales pletóricos de complicidades y seducciones. En este sentido, la función de la comunicación, educación y promoción puede repensarse no sólo como de rescate de lo propio, sino como animadora y valoradora de lo plural, de la diversidad cultural. Este reconocimiento de la pluriculturalidad no es suficiente si no va haciendo expedita la confluencia, la convergencia de las distintas facetas es decir la interculturalidad, que recoge, retoma y proyecta una síntesis que no es fusión, sino encuentro contradictorio de posibilidades y experiencias.
La necesidad de revalorizar lo local, lo propio, lo diferente, la identidad de los sujetos no es opuesto a la interculturalidad; por el contrario, es complementario y en esa medida potencialmente humanizador.
raulleisr@hotmail.com

101 años de Panamá América

 
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