¡La virtud de la solidaridad!
El hombre es bueno en esencia. Tiene cualidades en potencia que pueden traducirse en fructificaciones de amor o convertirse en exteriorizaciones de odio, según sea la naturaleza del agente que provoque sus reacciones espirituales. Orientado mediante el consejo noble o la sugerencia bien intencionada, se manifiesta como un exponente de creaciones fecundas y de realizaciones provechosas. Pero, a veces, afectado por el escepticismo que le provocan las incongruencias vitales o los episodios condenables del convivir, se muestra descreído, huraño, agresivo y malicioso, negándose a todo cuanto reclama su colaboración venturosa. El ser humano fue creado para vivir en sociedad. El aislamiento atrofia sus sentimientos, impide el ejercicio de sus virtudes y lo arrastra a la ignorancia, la ineficacia y la incivilidad.
Desde su gestación, el hombre necesita el favor de sus semejantes. En el nacimiento, en su desarrollo, en su educación, en el adiestramiento de oficios y profesiones, en la lucha del existir y en cada uno de los momentos de su proceso vital, ha menester de sus semejantes, en un juego intransferible de ayuda recíproca que asegura el goce del bienestar económico y espiritual. Todo ser organizado debe estar preparado para cumplir con los deberes de una armónica y fecunda convivencia social. Así, el dueño de una empresa debe tratar a los operarios como colaboradores efectivos y como seres humanos dignos de estimación. Patronos y obreros deben moverse en un clima de armonía, de respeto mutuo, de consideración recíproca y de generosa ecuanimidad. Capital y trabajo, dos denominaciones que son sujetos de una misma oración de mantenida y comprensiva cordialidad.
Los obreros también tienen deberes que los obligan para con el país. Deben comprender, de una vez por todas, que capital y trabajo, patronos y asalariados, no son términos antagónicos ni fuerzas enemigas que han de estar siempre enfrentándose; que no será con sabotajes ni huelgas ni acatando las consignas subversivas de los dirigentes politizados como defenderán sus legítimos intereses y cumplirán con lo que el país espera de ellos, sino contrayéndose a incrementar la producción para que aumenten los bienes de consumo y el poder adquisitivo de los salarios, poniendo así su parte de esfuerzo para que la recuperación nacional sea un día no lejano una realidad y no una siempre aplazada esperanza.
La virtud de la solidaridad se opone al egoísmo y su dimensión es siempre social en cuanto proyecta al hombre fuera de sí, ya como sujeto de obligaciones jurídicas, ya como ente depositario de inderogables deberes morales y humanos frente a los demás hombres. ¡Las virtudes necesitan cultivarse! Su ejercicio constante centuplica su fortaleza. No son flores de un día sino plantas perennes en constante fructificación.
¡La virtud debe ser como el oro que para ser puro no admite mezclas!