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La vuelta al campo


POR TRATARSE de un tema de palpitante interés nacional y de una realidad que ha pasado desapercibida para los gobiernos, pese a su importancia en la vida del país, nos permitimos insistir en la necesidad de evitar, a toda costa, la migración interna de grandes núcleos de población rural hacia las ciudades terminales de Panamá y Colón, causada por la indolencia de regímenes gubernamentales que no les ha interesado desarrollar planes y programas de trabajo que ayuden a la campiña interiorana a salir de la miseria, de la ignorancia y de las enfermedades.
De uno al otro confín de la República, encontramos el drama de la familia rural campesina e indígena que ha optado por emigrar a la ciudad capital en busca de mejores perspectivas, porque no hay estímulos que lo arraigan a la patria chica.
Desde hace algún tiempo se ha venido planteando a los distintos gobiernos la necesidad de llevar a cabo programas de trabajo y planes de acción encaminados al desarrollo integral de la campiña interiorana a través de políticas económicas que le aseguren al hombre del campo una parcela, una escuela, centros de salud, caminos de penetración, ayuda técnica y económica para el desarrollo de las actividades agrícolas y pecuarias y evitar, de esa manera, que este compatriota olvidado, emigre a la metrópoli y se sienta estimulado para volver a sus comunidades con miras a iniciar una vida mejor y a producir en beneficio de la nación.
Pero esta vuelta al campo de miles de hermanos campesinos no ha podido darse, porque falta la acción gubernamental que responda a las aspiraciones de hombres, mujeres y niños que carecen de todo para poder vivir una vida digna.
Vale la pena considerar que la migración interna de grandes núcleos de población rural hacia la metrópoli, trae consigo serios problemas de adaptación que degeneran en el vicio, la corrupción, las drogas, las enfermedades, el desempleo, el precarismo etc. Y así vemos cómo un alto porcentaje de estos panameños, en su mayoría analfabetos culturales, fracasan en su intento de buscar en las ciudades terminales de Panamá y Colón mejores días para sus familias y caen en las redes de su propia destrucción moral, económica y de salud.
Ya es tiempo que el actual régimen vaya pensando, seriamente, en programas de gobierno bien elaborados que tiendan a convertir en realidad el desarrollo integral de nuestras comunidades rurales en donde tanto el campesino como el indígena, encuentren incentivos que lo arraiguen a la tierra, hoy en manos de pocos que la usufructúan en menoscabo del hambre y de la pobreza de centenares de miles de panameños que se ven obligados a emigrar a las ciudades terminales. No más demagogia con nuestro hombre del campo; pongamos en sus manos una buena educación, la parcela, la herramienta, la semilla y el consejo técnico adecuado para que obtenga el fruto de su esfuerzo. Salvaguardémosle de la ignorancia y de las enfermedades, construyámosle caminos de penetración que les permita conectarse con la vida civilizada de otros pueblos y de esa manera, alcanzarán el progreso y el mejoramiento socio-económico del medio rural.
El problema grave del precarismo en el país se resolverá con programas de gobierno que miren hacia el interior, con respuestas a una mejor salud, a una mejor educación, con tierras para el cultivo, con caminos de penetración. El gran recurso humano y natural de la campiña, exige que la acción del Estado llegue hasta ella a fin de que los hombres y mujeres del campo puedan incorporarse a la civilización y progreso que registra la nación.
No quisiéramos contemplar una vez más a la Policía Nacional acorralando con bombas lacrimógenas a humildes hijos del pueblo que luchan por una vida mejor; no quisiéramos ver más tractores que, con verdadera brutalidad, destruyen los sueños de quienes prefieren el diálogo, la comprensión y la justicia para el logro de soluciones dignas de una democracia.

101 años de Panamá América

 
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