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A las cinco, las Diez


Creo que eran del brasileño Manuel Bandeira aquellos versos de : “ Ella no murió; está ausente”. De seguro, éste es el epitafio que dejó para su tumba el inmortal Cantinflas: “Parece que se ha ido, pero no es cierto”.

Ahora que alzó su vuelo transcendental esa paloma llamada Delfina de Diez, tengo que celebrar dos cosas y lamentar una. Celebrar su vida magnífica y su partida dulce, volandera. Lamentar no haber reseñado antes esa feria de amor que, cada tarde, a las cinco, montaban en su balcón sus tres hijas: Maritza, Yabel e Irío en torno a la madre venerada.

Como reza la Patria de Miró, “He visto muchas torres….” , debo decir que he visto y, sobre todo, sentido, el suficiente amor como para detectarlo desde lejos. El de las tres Diez cantando, bailando, riéndole a Delfina.- tres girasoles en torno a una rosa de Francia sentada, más que en una silla, un trono -era un Cirque du Soleil.

Cada vez que mi mamá -con su propio balcón sobre el de ellas- me hacía ir a su edificio a las cinco, yo refunfuñaba:

-Tú sabes que por ahí es difícil caminar y a esa hora el tráfico “se prende”…

Pero todo es relativo: por un lado estaba el furioso Amazonas de carros y camiones- la muerte-; del otro estaba el balcón de las Diez, en flor de risas y amor- la vida.

Yo entraba al "San Gregorio" con la cabeza gacha, arrepentida de haber maldecido la hora, iluminada por ese happy hour cotidiano como sacado del tintero de Lewis Carroll: la fiesta del no cumpleaños del Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo en el País de las Maravillas. -La Fiesta de la Madre, cada día...

En su obra siguiente, A través del espejo, el genial creador de Alicia deja un epígrafe para la posteridad:

“¿En el fondo qué somos todos, sino niños con miedo a la hora de dormir?”

Ahora que Delfina duerme su sueño inmarcesible quiero decirles a Maritza, a Yabel y a Irío lo que le escribí a mi padre cuando se ausentó:

“Pues te fuiste de prisa, sin adioses has de volver, cuando el dolor se canse a iluminar los años que te guardo”.

Por sobre la vida material que se extingue persiste otra, como una corriente infinita, con su áureo fluir de risas, consejas... los recuerdos.

Es, como canta el soneto de Carranza, “todo el río del amor, que nunca cesa de pasar, Teresa…

En lo que a mi respecta, hace años que en mi agenda espiritual titila una Hora Santa:

A las cinco, las Diez.

101 años de Panamá América

 
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