Las diferencias individuales (I)
Las actitudes con relación a las diferencias individuales, se remontan hasta fechas anteriores al tiempo de los antiguos filósofos griegos. Aristóteles intentó dividir a las personas en dos clases: Las que tenían o no tenían “facultad deliberativa”. Enseñó que los que estaban privados de esta facultad eran, por naturaleza, esclavos. Creyó que las personas inferiores solo tenían suficiente habilidad para seguir las instrucciones dadas por otros, pero no eran bastante capaces para dirigir sus propias vidas. Según esto difieren de los animales inferiores en que, en lugar de ser impulsadas por el instinto, usan la razón aunque solo pasivamente. Consecuentemente consideró que el uso de los esclavos era similar al uso de los animales domésticos.
Los antiguos aristócratas, representados por Aristóteles, negaron que todos los hombres fueran naturalmente iguales y justificaron la institución de la esclavitud en términos de desigualdad por naturaleza. Así como los hombres libres se distinguían de los esclavos, así la educación se diferenciaba del adiestramiento. Aparentemente nunca hubo un antiguo pensador aristócrata que creyese que un trabajador manual de cualquier otra actividad, pudiese, por razón alguna, estudiar materia como poesía o música. Los trabajadores eran adiestrados para hacer bien un determinado trabajo y ahí terminaba su educación. Adler y Mayer describen el papel de la educación en un mundo antiguo como era concebida por la clase aristócrata: “La educación, liberal en propósito y carácter, era para los hombres libres, por ciudadanía, para su placer y especulación mental. Los esclavos, los siervos, los trabajadores manuales e incluso los artesanos hábiles se adiestraban, como los animales”.
La idea de la aristocracia natural, esto es, de un grupo cerrado superior por su linaje, se aceptó sin muchas objeciones hasta el siglo XVIII. De hecho, en América colonial, la drástica estructura de la clase dirigente, reflejaba la extendida creencia, de que la gente es diferente por naturaleza, oscilando desde los que son aptos para mandar hasta los que solamente son aptos para obedecer.
Por supuesto, caudillos de la colonia como Alexander Hamilton y los Adams, creían en la aristocracia natural. Aunque el estadista Thomas Jefferson haya creído personalmente que todos los hombres nacen potencialmente iguales, como aparentemente se desprende de un manifiesto en la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos de América, tenía una clara conciencia de la desigualdad social. En una carta escrita en 1814, manifestó: “La masa de nuestros ciudadanos puede ser dividida en dos clases: la laboral y la instruida… A la salida de las escuelas elementales las dos clases se separan, los destinados al trabajo se dedicarán a la agricultura o entrarán como aprendices en las artes y oficios que elijan. Sus compañeros, destinados a fines científicos o intelectuales, proseguirán sus estudios superiores”.