Las elecciones en los Estados Unidos II
Hillary Rodham Clinton, Primera Dama y Senadora electa en las elecciones del pasado 7 de noviembre, ha declarado que una de sus prioridades, tan pronto asuma su escaño en el Senado, será la reforma del sistema electoral que rige en los Estados Unidos desde hace dos siglos y que ha probado ser anacrónico. Para el mundo entero ha sido tradicional, sin mayores análisis, considerar que la nación norteamericana era el ejemplo supremo de democracia. Esa creencia ha sido cimentada por la promoción que los Estados Unidos siempre ha hecho de ella y también en el desconocimiento generalizado, comenzando por el de los propios estadounidenses de los aspectos fundamentales del sistema.
Lo que ha venido ocurriendo desde la noche de las elecciones, cuando el mundo siguió asombrado cómo los anuncios de las principales cadenas de televisión y de los principales periódicos le adjudicaban indistintamente la victoria al vicepresidente Gore o al gobernador Bush, hasta lo que viene sucediendo en el Estado de la Florida, en el que un margen insignificante de votos puede decidir, sin consideración al total de votos que nacionalmente obtenga cada uno de los ciudadanos, quién será el próximo presidente de los Estados Unidos, refuerza las demandas de reforma del sistema, como la que ha prometido encabezar la senadora Clinton, para evitar que en el torneo del año 2004 se pueda repetir una situación parecida.
Legalmente, de acuerdo al sistema electoral vigente en los Estados Unidos, puede darse el caso de que un candidato consiga, por ejemplo, 100,000 ó 1,000.000 de votos de ventaja al sumarse los obtenidos en todos los estados y que pierda la presidencia, porque el otro candidato gane por 100 votos el estado que resulte decisivo para determinar el reparto de los votos del "colegio electoral".
La oposición a la subsistencia del sistema de elección presidencial mediante un "colegio electoral" no es nueva, pero en el pasado ha sido más académica que práctica. La razón es que regularmente el colegio electoral sólo cumplía una formalidad, por cuanto el candidato que ganaba la mayoría de votos populares también ganaba la mayoría en el colegio y no se daba el caso que ahora estamos viendo.
Sin embargo, el resultado de las últimas elecciones, que ha sido más estrecho que lo que se esperaba, ha vuelto a revivir el debate sobre la conveniencia de mantener o suprimir el sistema del colegio electoral, que consiste, básicamente, en que los presidentes norteamericanos no son elegidos por el voto directo de los sufragantes sino por electores que éstos escogen en cada uno de los estados y que están distribuidos de acuerdo a su población. Así, en consecuencia, estados como California, Nueva York, Illinois y Pennsylvania tienen más votos electorales que Montana o las Dakotas.
Quienes defienden la subsistencia del colegio electoral, aparte de su valor histórico que para los efectos presentes poco cuenta, argumentan, principalmente, que si éste no existiera los candidatos se concentrarían en los estados con mayor número de votantes y se olvidarían de los de menor población. Pero esa afirmación parece no tener mucha fuerza, por cuanto también es válida para el sistema vigente.
En contra del sistema del colegio electoral se sostiene que desconoce un principio esencial de la democracia: el que cada ciudadano debe tener derecho a un voto que debe ser de igual valor.
Pero las últimas elecciones norteamericanas han hecho más que poner en evidencia los problemas que puede ocasionar un sistema de elección indirecta como el del colegio electoral, ya que también han puesto sobre el tapete la necesidad de revisar el papel que juegan los medios de comunicación masiva en su competencia por captar mayores porcentajes de audiencia y, en consecuencia, mayores ingresos, y también la necesidad de revisar y limitar los efectos distorsionadores de la voluntad popular que de manera creciente viene jugando el factor económico.
Cualquiera sea el resultado final del proceso electoral norteamericano, lo cierto es que después de lo ocurrido el pasado 7 de noviembre, es de esperar que el debate que ahora se ha abierto sobre un sistema electoral que fue reputado como paradigma, todavía nos ofrezca nuevas enseñanzas, sin descartar algunas otras sorpresas.
Lo que ha venido ocurriendo desde la noche de las elecciones, cuando el mundo siguió asombrado cómo los anuncios de las principales cadenas de televisión y de los principales periódicos le adjudicaban indistintamente la victoria al vicepresidente Gore o al gobernador Bush, hasta lo que viene sucediendo en el Estado de la Florida, en el que un margen insignificante de votos puede decidir, sin consideración al total de votos que nacionalmente obtenga cada uno de los ciudadanos, quién será el próximo presidente de los Estados Unidos, refuerza las demandas de reforma del sistema, como la que ha prometido encabezar la senadora Clinton, para evitar que en el torneo del año 2004 se pueda repetir una situación parecida.
Legalmente, de acuerdo al sistema electoral vigente en los Estados Unidos, puede darse el caso de que un candidato consiga, por ejemplo, 100,000 ó 1,000.000 de votos de ventaja al sumarse los obtenidos en todos los estados y que pierda la presidencia, porque el otro candidato gane por 100 votos el estado que resulte decisivo para determinar el reparto de los votos del "colegio electoral".
La oposición a la subsistencia del sistema de elección presidencial mediante un "colegio electoral" no es nueva, pero en el pasado ha sido más académica que práctica. La razón es que regularmente el colegio electoral sólo cumplía una formalidad, por cuanto el candidato que ganaba la mayoría de votos populares también ganaba la mayoría en el colegio y no se daba el caso que ahora estamos viendo.
Sin embargo, el resultado de las últimas elecciones, que ha sido más estrecho que lo que se esperaba, ha vuelto a revivir el debate sobre la conveniencia de mantener o suprimir el sistema del colegio electoral, que consiste, básicamente, en que los presidentes norteamericanos no son elegidos por el voto directo de los sufragantes sino por electores que éstos escogen en cada uno de los estados y que están distribuidos de acuerdo a su población. Así, en consecuencia, estados como California, Nueva York, Illinois y Pennsylvania tienen más votos electorales que Montana o las Dakotas.
Quienes defienden la subsistencia del colegio electoral, aparte de su valor histórico que para los efectos presentes poco cuenta, argumentan, principalmente, que si éste no existiera los candidatos se concentrarían en los estados con mayor número de votantes y se olvidarían de los de menor población. Pero esa afirmación parece no tener mucha fuerza, por cuanto también es válida para el sistema vigente.
En contra del sistema del colegio electoral se sostiene que desconoce un principio esencial de la democracia: el que cada ciudadano debe tener derecho a un voto que debe ser de igual valor.
Pero las últimas elecciones norteamericanas han hecho más que poner en evidencia los problemas que puede ocasionar un sistema de elección indirecta como el del colegio electoral, ya que también han puesto sobre el tapete la necesidad de revisar el papel que juegan los medios de comunicación masiva en su competencia por captar mayores porcentajes de audiencia y, en consecuencia, mayores ingresos, y también la necesidad de revisar y limitar los efectos distorsionadores de la voluntad popular que de manera creciente viene jugando el factor económico.
Cualquiera sea el resultado final del proceso electoral norteamericano, lo cierto es que después de lo ocurrido el pasado 7 de noviembre, es de esperar que el debate que ahora se ha abierto sobre un sistema electoral que fue reputado como paradigma, todavía nos ofrezca nuevas enseñanzas, sin descartar algunas otras sorpresas.