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Las elecciones universitarias


Durante el proceso eleccionario en la Universidad de Panamá, escuchamos los discursos de los candidatos a los distintos puestos de elección, todos cargados de la emotividad de quienes aspiran a ocupar un cargo, existiendo puntos de coincidencia cuando se señala que la Universidad está en crisis, que hay que producir cambios, que nuestra misión fundamental para integrarnos al desarrollo nacional es producir el recurso humano que demanda nuestra sociedad; que debemos tener mayor beligerancia en la solución de los problemas nacionales. Todo ese panorama nos indica que existe un diagnóstico de lo que debe ser la más alta casa de estudios; sin embargo, el problema está en cómo asumir un liderazgo para que del discurso pasemos a la práctica.
Pasadas las elecciones, donde naturalmente hay una confrontación de propuestas, los universitarios debemos empinarnos sobre todas aquellas pasiones que despiertan en este proceso y buscar la concertación para realizar una síntesis e integrar en un programa de trabajo, los aspectos positivos que contienen las diferentes propuestas, porque al final todos somos universitarios y deseamos lo mejor para nuestra institución.
La Universidad de Panamá es una organización tan compleja que por su naturaleza debe privar la autoridad funcional, la cual que se sustenta en el conocimiento y la experiencia, y los que tienen funciones jerárquicas deben ser facilitadores para que todos las buenas ideas se conviertan en realidad. Lamentablemente no funciona de esa manera, porque existen patrones culturales que imposibilitan que los universitarios aporten su concurso, y solamente son escuchados los que forman parte de los círculos de poder de la Universidad.
Con frecuencia se nos pide, como universitarios, a que participemos, sin embargo no se estimula la participación, a tal punto que he visto a colegas con proyectos interesantes que han preferido buscar otra institución, antes de verse sometidos al vía crucis que significa tratar de hacer un proyecto con la Universidad de Panamá.
No es mi estilo hablar de experiencias personales en mis escritos de opinión, al menos que éstas sirvan como marco de referencia para validar el planteamiento que hacemos. Hace algunos años, en compañía de un arquitecto, presentamos un perfil de proyecto con el cual se podrían resolver los problemas financieros de una unidad académica, que en su momento fue acogido por algunas instancias de la Universidad. Lo curioso de esto es que en una reunión de profesores y otros estamentos de la Universidad, se habló de un plan para solicitar cuotas a los profesores y se le concedió cortesía de sala al proponente para que explicase el mismo. Al indagar sobre nuestro proyecto, se nos señaló que por su trascendencia, se nombraría una comisión para que lo analizara. El año pasado solicité una cita en la Rectoría para explicarles las bondades del docuemento, y les expliqué en presencia del Director de Planificación en qué consistía. En definitiva, cuando se preguntó sobre el documento, en ninguna de las instancias donde se presentó lo han encontrado. La comisión que debía analizarlo nunca se nombró.
Todos coincidimos que la Universidad de Panamá debe generar recursos, pero no existe una cultura de mercadeo para ofrecer nuestros servicios. Los programas de posgrados, maestrías y diplomados han sido exitosos cuando la clientela somos los mismos profesores, pero cuando se trata de llegar a otros sectores, tenemos limitaciones y no existe el nivel competitivo para participar en un mercado abierto, donde hay otras organizaciones que ofrecen estos servicios.
En nuestras propuestas hemos diseñados estrategias de mercadeo que, para desarrollarlas, las hemos tenido que hacer con nuestros propios recursos, porque la lógica nos indica que estos gastos se realizan antes de la ejecución del programa y no existen fondos disponibles para estos propósitos. Cuando los fondos ingresan al programa es humillante el tratamiento que se les da a los profesores; saben cuándo deben cumplir con sus obligaciones, pero es una incertidumbre cuándo deban recibir sus honorarios.
En clases, les enseñamos a los estudiantes que para que un proyecto sea exitoso se debe ser muy puntual en los compromisos, de tal forma que no practicamos con el ejemplo, lo que enseñamos en una cátedra.
En su momento, les propuse a las autoridades universitarias que adquiriesen una clave para poder ingresar y participar de los proyectos internacionales que financia el Banco Interamericano de Desarrollo, pues para el 2002 habían proyectos por 300 millones de dólares, lo que podría significar una posibilidad de captar fondos en materia de consultoría. Esta propuesta cayó en oídos sordos, porque ni siquiera por una norma elemental de cortesía se nos contestó.
Y hablando de oídos sordos, éste es una práctica cultural que debe desaparecer en nuestra universidad. Tengo en mi archivo un sinnúmero de cartas a diferentes estamentos de la Universidad que jamás han sido contestadas. Uno de los últimos documentos que escribí, conversé y dialogué con distintos funcionarios jerárquicos, se trataba de una incapacidad que me impedía cumplir con mis funciones docentes y la única respuesta evidente y concreta que percibí, fue la de eliminarme de la planilla sin que mediase notificación, luego de 23 años de servicios como docente.
Instamos a las nuevas autoridades a que propicien el clima adecuado para que los universitarios aporten sus ideas, pues estamos seguros que en esta institución existe el talento y la capacidad para resolver nuestros problemas, que sólo se requiere el liderazgo de un rector que oriente y conduzca a la Universidad de Panamá a esos nobles propósitos que inspiraron a Octavio Méndez Pereira, y estamos convencidos que el Dr. Gustavo García de Paredes asumirá esta función.
No obstante, siempre hay hombres o mujeres que perdonan a su pareja infiel, pero por lo general ellos (los infieles) se vuelven reincidentes, con lo cual se vuelven a contratar los servicios del investigador, dijo el entrevistado.
Las mujeres son, en la opinión muy especializada de Müller, las que mejores tácticas emplean a la hora de ser infieles. Explicó que, por lo general, el hombre es más descarado y tiene más facilidades para no ser fiel, mientras que la mujer se cuida mucho de que la vean.
Una excusa empleada por las mujeres infieles, según el entrevistado, es que señalan que van al supermercado; pero ese tiempo lo aprovechan para verse con su amante. Es usual entre hombres y mujeres infieles el uso de papel ahumado en sus carros, con lo cual si van acompañados por la amante o el amante, no puedan ser identificados.

101 años de Panamá América

 
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