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Las encrucijadas de la libertad


EL MÁS enigmático de los pensadores del siglo pasado es sin duda alguna Hannah Arendt, una mujer judía que tuvo viajar al exilio muy temprano tras la persecución del gobierno nazi al inicio de los años 30. Aprendió el inglés en medio de la incertidumbre y el desarraigo que vivió todo refugiado político de aquella época, los que se contaban en muchos miles. Durante su prolongada residencia en Estados Unidos, escribió los más perdurables análisis de la condición política de su tiempo. Más cerca de Jaspers que de Heiddegger, cabría decir también que escribió las más bellas, profundas y originales obras de su disciplina. Su estilo brillante, lleno de metáforas de mucha fuerza emotiva recuerda las mejores páginas de Rousseau, pero apenas si ha recibido comentarios, pues sus planteamientos no dejan tiempo para detenerse en cuestiones de forma o frase, ya que cada párrafo que sale de su pluma busca reinstalar el desacuerdo donde se ha formado el consenso y enciende la controversia cuando comienza a deslizarse el infame espíritu de la unanimidad.
Su vida es un testimonio a la nobleza del carácter y la independencia del criterio, y jamás mostró la torcida vanidad de quien busca protagonismo a través de una cierta actitud política contestataria, que nunca cambiará nada ni enseñará nada, porque es el producto de una frivolidad ante la vida misma. Cuando fue galardonada como la mujer más eminente en teoría política de la academia americana, rechazó rotundamente el premio. Ni en Princeton, ni en Chicago, ni en New York, pretendió jamás hacer carrera de feminista y cualquier adjetivo que empañase el ideal de un ser humano pensante habría sido una ofensa el dirigirlo contra su persona.
Hannah Arendt fumó todos los cigarrillos que pudo mientras escribió los "Orígenes del totalitarismo" (1951), "La condición humana" (1958), su obra filosófica más densa, su ensayo "Sobre la revolución" (1963), su reportaje crítico "Eichmann en Jerusalem" (1963) y un sin fin de artículos para revistas que son un dechado del genuino ejercicio del pensar sin cortapisas y sin compromisos. Nadie como ella creyó en la necesidad absoluta de volver a pensar la política, de rescatarla del abismo en que el autoritarismo la había escondido para asegurar su dominación desde las cabezas de los políticos y sus mal llamados pensadores políticos.
Es que Hannah Arendt jamás formó parte de una organización política, ni avaló ningún movimiento político con su presencia porque su cometido no era ese. Cuando el movimiento antisegregacionista en Estados Unidos logró ciertos avances en el terreno escolar, su intervención estuvo dirigida a resaltar el drama que vivían los niños, que al fin y al cabo eran los que iban a enfrentar la dureza de lo que significaba iniciar ese proceso, sin poder comprender qué era lo que exactamente ocurría en sus vidas. Arendt cuestionó la responsabilidad moral de los adultos que echaron a sus hijos por delante para resolver un conflicto que directamente les atañía.
Cuando con ocasión del juicio a un oficial nazi en Jerusalem la prensa pro-israelí se entregó a destacar el fenómeno "del mal" en la política de los regímenes totalitarios. Hannah Arendt escribió, desde Tel Aviv, contratada por el New Yorker, sobre la "banalidad del mal" para describir a Eichmann, provocando un repudio generalizado de parte de la colonia judía.
Arendt no solo dejó muchos cigarrillos por fumar en su escritorio de la New School for Social Research, al que una tarde de Diciembre en 1971 no volvió. También dejó una obra inconclusa, La vida del espíritu, y muchas ideas frágiles. Porque no existe el pensamiento fuera del mundo de la acción. Que no hayamos entendido que la política es acción, y que el lenguaje y la acción son como dos caras de una misma moneda, y que la violencia no es política, sino que es precisamente eso, la negación de la política, es algo que podemos lamentar a la sombra de un frondoso legado intelectual que hoy cobra más vigencia que nunca.
Hannah Arendt escribió por amor al mundo, por amor a la vida, por amor a la política. Nunca se dejó seducir por la idea de que los monstruos humanos que hicieron "política" en su época eran los verdaderos políticos. Una improbable mezcla de Jefferson, Tocqueville y Rosa Luxemburgo, Arendt abogó por la importancia de la política y por la no menos suprema libertad respecto de la política. Entender una sin la otra es el pecado capital del actual mundo político del siglo XXI.
Si el pensador político no escribe para iluminar el proceso del pensamiento de otros, ¿para qué escribe? Si quien escribe sobre política no intenta comprender a los que piensan distinto de él es probablemente porque no piensa en términos políticos y ha equivocado su real disciplina, que pudiera ser la publicidad o la mercadotecnia, parientes cercanos de eso que claramente es agitación política, pero que ya no recibe ese nombre porque el lenguaje político correcto nos ha enseñado que es peyorativo. Probablemente queden pocos pensadores políticos genuinos; ciertamente hay un sinfín de agitadores políticos que escriben con más o menos éxito personal. ¡Qué desdichada nuestra ancestral disciplina, la política! ¡Más desdichada aún nuestra sociedad carente de política!
Las obras de Hannah Arendt fueron una inspiración para muchos intelectuales y no pocos movimientos políticos de lo que en la convulsa Europa Oriental de los setenta y ochenta se llamó sociedad civil. A pesar de que hay muy buenas traducciones al español, es realmente poco el provecho que se le ha sacado en América Latina. Seguramente, sus obras aguardan ser re-descubiertas. Sería un hecho imprevisible e implanificable que ello ocurriera. Sería política.

101 años de Panamá América

 
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