Las encuestas
Las encuestas son fotografías anímicas de un momento en la historia de los pueblos. Lo que sentían los panameños hace seis meses por sus gobernantes -o por quienes pretenden reemplazarlos- puede ser totalmente distinto hoy.
Los gobernantes no se pueden dar el lujo de ignorar una herramienta tan importante como el monitoreo de la opinión pública en su labor de conducir a las naciones hacia el desarrollo y el bienestar. El problema es cuando se hacen adictos a las encuestas y todas sus acciones se realizan en función de posar mejor para la siguiente fotografía. Tampoco es saludable que los estados de ánimo de los mandatarios se vean afectados por estas publicaciones; sin embargo, es humano que tengan algún efecto y que sus allegados se preocupen de que las cifras de popularidad se mantengan altas. El esfuerzo por mantener un buen nivel de respaldo popular es importante, puesto que mantiene en valía el capital político que todo gobernante tiene que invertir para el logro de sus metas de gestión. Lo que no es correcto es emitir cheques sin fondos políticos. Esto es, que las cifras de popularidad publicadas no correspondan con la realidad del momento de la medición.
En los países en donde no hay reelección inmediata -como en Panamá- no hay una forma definitiva de comprobar si la popularidad de un presidente corresponde con las encuestas que se publican, ya que no hay comicios que permitan verificarlo. La única manera de intentarlo es con otras encuestas. Es llamativo que por tantos meses hayamos visto los niveles de popularidad del presidente Torrijos en la decena del 60% y ahora una encuesta de una empresa extranjera, pero muy prestigiosa, lo coloque en el sótano de la popularidad continental.
No ha sucedido nada dramático en la realidad nacional que pueda explicar esa caída, y más bien los indicadores económicos apuntan en muy buena dirección; el estilo de "indecisión y empellones" con el que nos han gobernado no es una novedad que pueda haber afectado las encuestas de ahora y no haberlo hecho en las anteriores. Es mejor quedar con la duda que reintentar la fracasada aventura reeleccionista.
Los gobernantes no se pueden dar el lujo de ignorar una herramienta tan importante como el monitoreo de la opinión pública en su labor de conducir a las naciones hacia el desarrollo y el bienestar. El problema es cuando se hacen adictos a las encuestas y todas sus acciones se realizan en función de posar mejor para la siguiente fotografía. Tampoco es saludable que los estados de ánimo de los mandatarios se vean afectados por estas publicaciones; sin embargo, es humano que tengan algún efecto y que sus allegados se preocupen de que las cifras de popularidad se mantengan altas. El esfuerzo por mantener un buen nivel de respaldo popular es importante, puesto que mantiene en valía el capital político que todo gobernante tiene que invertir para el logro de sus metas de gestión. Lo que no es correcto es emitir cheques sin fondos políticos. Esto es, que las cifras de popularidad publicadas no correspondan con la realidad del momento de la medición.
En los países en donde no hay reelección inmediata -como en Panamá- no hay una forma definitiva de comprobar si la popularidad de un presidente corresponde con las encuestas que se publican, ya que no hay comicios que permitan verificarlo. La única manera de intentarlo es con otras encuestas. Es llamativo que por tantos meses hayamos visto los niveles de popularidad del presidente Torrijos en la decena del 60% y ahora una encuesta de una empresa extranjera, pero muy prestigiosa, lo coloque en el sótano de la popularidad continental.
No ha sucedido nada dramático en la realidad nacional que pueda explicar esa caída, y más bien los indicadores económicos apuntan en muy buena dirección; el estilo de "indecisión y empellones" con el que nos han gobernado no es una novedad que pueda haber afectado las encuestas de ahora y no haberlo hecho en las anteriores. Es mejor quedar con la duda que reintentar la fracasada aventura reeleccionista.