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Las ideas económicas de Keynes


El desarrollo económico de las naciones está estrechamente vinculado a los procesos políticos y sociales que se suceden en la sociedad. Por lo tanto la economía, como actividad humana, es ante todo un proceso social y su evolución un proceso histórico. Es esto lo que explica, los permanentes cambios y mutaciones que se dan en el desarrollo de las doctrinas económicas y no tomar en cuenta estas realidades conducen a grandes equívocos a la hora de interpretar los hechos.
Si analizamos con seriedad las ideas de Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mill y Alfred Marshall, sólo para hablar de algunos de los más destacados pensadores de la vida material del siglo XIX, veremos que cada uno refleja en sus ideas, las condiciones y estadios que alcanzó el desarrollo del capitalismo inglés por espacio de 125 años. Tanto Smith como Ricardo, que vivieron durante la época de ascenso del capitalismo, sostenían la necesidad de que la clase capitalista barriera e hicieran añicos los obstáculos y barreras que los grandes terratenientes representaban. Mill, que vivió el período de consolidación del capitalismo inglés, sostuvo la necesidad de que el Estado prohibiera el trabajo infantil, por el establecimiento de una jornada laboral definida; por la regulación de los servicios públicos; por la difusión de la educación publica, etc. Y Alfred Marshall, que vivió durante el período de irrupción del capitalismo monopolista, introduce en sus escritos el concepto de la libre empresa. Antes de 1880, este último concepto no existía.
El caso de John Keynes es tal vez él más interesante. Como discípulo de Alfred Marshall, adopta las ideas básicas de la denominada Escuela Neoclásica y en sus escritos y obras más importantes de antes de los años treinta, se refleja claramente su lealtad a estas ideas. Pero Keynes fue alto funcionario del gobierno inglés durante la Primera Guerra Mundial y delegado de Inglaterra en las negociaciones de Versalles.
Durante la primera guerra mundial, los estados beligerantes introdujeron en función de las necesidades de la guerra, la planificación de la economía sobre todo de la producción industrial que se orientó hacia la fabricación de armas. Por otro lado, Keynes publica en 1922 una de sus obras más famosas: "Las consecuencias económicas de la paz", donde realiza una contundente crítica al Tratado de Versalles, y prácticamente vaticina la gran depresión de 1929. Pero también Keynes visita en ese mismo año la Rusia Soviética durante varios meses. Esta visita causó en Keynes una enorme impresión y cuando regresó a Inglaterra le escribió a su madre una carta más o menos con las siguientes palabras: "Lo que he visto madre en la Rusia Soviética, representa una gran amenaza a nuestro sistema de vida. Por consiguiente, me declaro a partir de hoy bolchevique moderado". Naturalmente, estas palabras de ninguna manera deben ser interpretadas de que Keynes sentía alguna simpatía por el marxismo. Pero hay algo que reflejó Keynes durante gran parte de su vida pública y también como intelectual: una auténtica preocupación por la suerte de las masas desposeídas de la sociedad capitalista, virtud que no es común entre los aristócratas y representantes de las clases dominantes. Y él era parte de la aristocracia inglesa.
Sus preocupaciones sociales, su condición de hombre público, su propia evolución intelectual en una época de gran convulsión política y económica marcado por la inestabilidad política, el desempleo masivo y la gran depresión fueron lo que lo llevó a la elaboración su famosa obra "Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero", en donde propone la necesidad de la intervención del Estado en la economía, dinamizando la demanda efectiva a través de grandes obras públicas, sobre todo en períodos de crisis. Keynes no vivió lo suficiente para poder desarrollar una de sus ideas más importantes: la socialización de la inversión y esta tarea no la resolvieron sus seguidores.
La intervención del Estado en la vida económica de las naciones antes y después de la Segunda Guerra Mundial, se debió a una combinación de causas. En el caso de América Latina, una de sus causas fundamentales fue la inexistencia de una clase empresarial lo suficientemente pujante para acometer las tareas del desarrollo económico. En el caso de Asia y África se debió a que las instituciones de la denominada empresa privada en muchos países recién independizados del yugo colonial europeo ni siquiera existían. Y en esas condiciones reales, sólo el Estado podía impulsar los procesos de modernización económica, social y política. Esto dio origen a la irrupción del capitalismo de Estado que algunos teóricos de izquierda equivocadamente denominaron como vía no capitalista.
A pesar de que muchos representantes de la denominada nueva macroeconomía clásica han sentenciado la muerte del keynesianismo, las recetas keynesianas han sido utilizadas profusamente en Estados Unidos, tanto por la Reserva Federal como por el Gobierno de George Bush. Y la denominada Tercera Vía preconizada por Tony Blair, tiene muchos ingredientes keynesianos. Estas realidades históricas hay que tomarlas en cuenta cuando se interpreta la historia de las doctrinas económicas. Al hacer interpretaciones históricas se caen en muchos equívocos que es muy común hallarlos en muchos comentarios que realizan algunos colegas que defienden las doctrinas de los mercados libres que, en realidad, sólo existen en algunos libros de economía. El extremismo de estos libertarios ha quedado en evidencia en el caso de Argentina y en vez de aceptar su fracaso, han preferido buscar chivos expiatorios: que no se controló el déficit fiscal, que el Fondo Monetario no fue estricto, que no se aplicaron correctamente los ajustes o que los argentinos son genéticamente corruptos.
Lo que enseña la historia es que las realidades políticas y sociales son los factores determinantes que definen el rumbo de la economía. Concluimos que la realidad es siempre más concluyente que algunas ideas ortodoxas.

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