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Las maras, sombras del pasado


Un fantasma recorre Centroamérica, es el fantasma de las maras. Hace ya varios años que en algunos países más que en otros, el tema aparece y desaparece del centro de la escena política. Los ciclos electorales y una concepción de la política como espectáculo, no resultan, sin duda, ajenos a estos movimientos. Pero su consagración como tema emblemático tiene fecha precisa.
El 15 de enero de este año, cuatro presidentes de Centroamérica (El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua) firmaron en Guatemala una declaración conjunta reafirmando la preocupación y la intención de mutua cooperación.
Más aún, en dicha declaración, la nación guatemalteca y Nicaragua apoyan explícitamente la creación en el 2003 de leyes antimaras en El Salvador y Honduras, normas que, desprovistas de toda originalidad y siguiendo rigurosamente el modelo de la ley fuijimorista de "Pandillaje Pernicioso" de 1998, han tenido como efecto la práctica eliminación de leyes de Responsabilidad Penal Juvenil que, aprobadas con intenso debate público por los respectivos parlamentos, articulan la severidad y la justicia necesarias, no para la solución, ya que para eso están las políticas sociales básicas, sino para la administración democrática y racional del problema. En otras palabras, para sancionar penalmente las violaciones a la ley penal cometidas por los adolescentes.
Desgraciadamente, sobran ejemplos en la región para ilustrarnos sobre las consecuencias catastróficas, aún 30 años después, de la degradación del Estado en el combate a situaciones que amenazaban su existencia y la convivencia social.
En el campo de lo social, a diferencia del de los fenómenos naturales, la forma de ver un problema resulta un elemento constitutivo de esa situación. No es lo mismo, por ejemplo, definir el SIDA como un problema de salud pública, que como un problema de seguridad nacional. En este contexto, me interesa debatir la percepción del fenómeno de las maras de la cual son portadores personas e instituciones de bien que se oponen por las mejores razones a las burdas políticas represivas de quienes pretenden apagar el fuego con gasolina.
¿Qué son las maras? Para quien no ha perdido la capacidad de percibir lo obvio, la respuesta debería ser relativamente simple.
En países donde sólo el 30% de los adolescentes está en la escuela (El Salvador) y en otros donde únicamente está menos del 15% como en Guatemala y Honduras (contra el 64% y el 70% en Costa Rica y Panamá, respectivamente), las maras constituyen una embrionaria forma de asociación (la palabra organización les queda grande) de los adolescentes pobres.
No es esto último, sin embargo, lo que surge de la enorme cantidad de estudios sobre las maras. En ellos predominan abrumadoramente enfoques de corte "cultural-antropológico" que insisten obsesiva y exhaustivamente en la descripción minuciosa y detallada de historias de vida.
La historia crítica del funcionamiento de las políticas e instituciones que producen esas historia de vida, en general, brillan por su ausencia. Resulta imposible no percibir un profundo paralelismo entre estos enfoques y la inmensa cantidad de estudios que hace más de veinte años invadieron la región para el diagnóstico de los "niños de la calle". Jamás una única conclusión seria en materia de política social fue posible extraer de dichos estudios.
Más allá del perverso despilfarro de millones en programas piloto, nada queda de aquellos estudios, que no pocas veces concluían en visiones apologéticas de dicha situación: los "niños de la calle" como "manifestación de las contradicciones de sistema capitalista", en la versión laica progresista; los "niños de la calle" como "pequeños Cristos que anuncian la llegada de un nuevo mundo", en su versión religiosa. Hace veinte años, la primera víctima (además de los propios niños obviamente) de estas concepciones "heroicas" de la marginalidad fue la escuela. Hoy, tal vez, invirtiendo la secuencia clásica, las farsas de hace veinte años puedan repetirse como tragedias. Esta vez, no obstante, la víctima, puede ir más allá de la política social y ser la propia democracia.

101 años de Panamá América

 
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