Las metas gubernamentales
Más que con disgusto, con asombro, hemos escuchado recientemente a un alto funcionario del gobierno anunciar que la ejecución presupuestaria de los ministerios e instituciones autónomas cifra en más de un 90%.
Debía alegrarnos el anuncio, de ser cierto; sin embargo, previo al mismo y aún durante el recién finalizado año 2006, hizo noticia cierta preocupación del propio presidente Martín Torrijos, porque en algunas instituciones esa ejecución no alcanzaba niveles satisfactorios. Lo que hace dudar del anuncio oficial es constatar sobre los hechos el nivel de esas realizaciones. Por ejemplo, en Salud, por encima de la situación dada en la Caja de Seguro Social, ¿cuántos nuevos centros se han construido, cuántos hospitales, cuántos nuevos médicos y enfermeras se han nombrado; cómo ha crecido el parque de medicamentos? ¿En qué basa el alto funcionario una alta ejecución en ese sector?
En vivienda, amén de una extraña y desordenada forma de zonificación, ¿cuántas nuevas viviendas de carácter social se han registrado, cómo se han atendido las denuncias crecientes de ciudadanos por las afectaciones de cambios arbitrarios de densidad en áreas sin infraestructuras preparadas para tales medidas; cuántas casas condenadas han sido reparadas o eliminadas? ¿Cómo se puede confirmar aquí una ejecución de 90%? Podríamos señalar más.
Que hay logros en algunas áreas, nadie lo puede negar. Lo incorrecto es, sin embargo, tratar de representar como cierta una realidad que a todas luces no lo es, y tener, además, la poca ética posición de endosar a los medios de comunicación social una supuesta falta de información sobre los logros de la actual administración.
Cuando hay logros evidentes, éstos hablan por sí solos, los medios están obligados a señalarlos y la ciudadanía a reconocerlos. No hace falta tomar una lupa oficial y buscarlos en el mapa nacional para admitir que existen. Cuando hay necesidad de que un funcionario haga tal, algo raro está sucediendo. A poco más de dos años de que concluya la actual administración, aún nadie sabe cuál será, de los tantos anuncios que se han hecho, su obra insignia.
Debía alegrarnos el anuncio, de ser cierto; sin embargo, previo al mismo y aún durante el recién finalizado año 2006, hizo noticia cierta preocupación del propio presidente Martín Torrijos, porque en algunas instituciones esa ejecución no alcanzaba niveles satisfactorios. Lo que hace dudar del anuncio oficial es constatar sobre los hechos el nivel de esas realizaciones. Por ejemplo, en Salud, por encima de la situación dada en la Caja de Seguro Social, ¿cuántos nuevos centros se han construido, cuántos hospitales, cuántos nuevos médicos y enfermeras se han nombrado; cómo ha crecido el parque de medicamentos? ¿En qué basa el alto funcionario una alta ejecución en ese sector?
En vivienda, amén de una extraña y desordenada forma de zonificación, ¿cuántas nuevas viviendas de carácter social se han registrado, cómo se han atendido las denuncias crecientes de ciudadanos por las afectaciones de cambios arbitrarios de densidad en áreas sin infraestructuras preparadas para tales medidas; cuántas casas condenadas han sido reparadas o eliminadas? ¿Cómo se puede confirmar aquí una ejecución de 90%? Podríamos señalar más.
Que hay logros en algunas áreas, nadie lo puede negar. Lo incorrecto es, sin embargo, tratar de representar como cierta una realidad que a todas luces no lo es, y tener, además, la poca ética posición de endosar a los medios de comunicación social una supuesta falta de información sobre los logros de la actual administración.
Cuando hay logros evidentes, éstos hablan por sí solos, los medios están obligados a señalarlos y la ciudadanía a reconocerlos. No hace falta tomar una lupa oficial y buscarlos en el mapa nacional para admitir que existen. Cuando hay necesidad de que un funcionario haga tal, algo raro está sucediendo. A poco más de dos años de que concluya la actual administración, aún nadie sabe cuál será, de los tantos anuncios que se han hecho, su obra insignia.