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Las mieles y las hieles


Terminó el proceso electoral y con él muchas ilusiones. Hubo un mandato. Asistió mucha gente y temprano a votar en orden y civismo. Ahora bien, todo el que se mete en política tiene que contar con que se corre el riesgo y es el de perder, que no porque te empeñes y hagas propaganda ya el triunfo es automático. Toda buena acción tiene su sanción. Estamos tratando con la impredecibilidad del ser humano y sus misteriosas y caprichosas motivaciones que algunos analistas creen saberlas y normalmente nos equivocamos tanto para bien como para mal.
Como decíamos, sin ser profeta, muchos no llegaron y sorpresivamente, ciertos resultados no nos animan mucho en el crecimiento democrático colectivo. No fue reelecta una legisladora que pasó muchas leyes en defensa de la familia y de la mujer y a favor de la responsabilidad familiar y sí fueron reelectos unos legisladores que hacen gala de asistir sólo una vez y tener récord de ausentismo y de haberse presentado en público, para mal ejemplo cívico, como espécimen de la corrupción manejando billetes ante la televisión, y otros que emplearon a sus respectivas esposas con gran escándalo de la ciudadanía, y otros cuyo único aval es el de ser histriones. Obviamente la gente no vota por el mejor desde el punto de vista de la honestidad, seriedad y los valores que queremos promover.
Ojalá los que dirijan la nueva Asamblea Legislativa logren mejorar la imagen, a través de la modificación de los Reglamentos Internos, las exoneraciones, el ausentismo, la inmunidad y la impunidad.
Oí un comentario sesudo de que no hay que olvidar ciertas leyes de sicología de masas que se repiten con frecuencia de que no hay que fiarse en medio del triunfo de tanta euforia, tanto apoyo masivo que pronto se pueden convertir en lo contrario si no se cumplen pronto y con transparencia el paquete de promesas. Mucho nos enseña la Pasión del Señor, cuando nos habla del triunfo del Domingo de Ramos y ese mismo pueblo que lo aclamaba era el que lo condenaba el Viernes Santo.
La reacción adversa ante la escogencia de un antiguo personaje para la comisión de transición es un ejemplo o un mensaje que manda la voluntad popular que hay que decodificarla y que existe el deseo de no volver a ver figuras ligadas a administraciones anteriores que, aunque hay que olvidar y reconciliarse, eso no significa que no exista el deseo de un verdadero cambio y que la idea de reelección quede descartada una vez por todas. El pueblo que votó a favor está enganchado en la esperanza y con ella no se puede titubear.
Un hecho que ha dado que hablar ha sido el orden, compostura y seriedad con que se celebraron los comicios. Por supuesto el crédito hay que dárselo al Tribunal Electoral y a los delegados electorales. Aumentan nuestra autoestima como colectividad panameña, las felicitaciones de los organismos internacionales y observadores que nos visitaron. Gracias a Dios y a la cordura de los compatriotas hubo orden y respeto, hasta puntualidad.
Queda en el aire la observación que hizo la Presidenta cuando se quejó del papel de los medios de comunicación y pareciera que tiene algo de razón, ya que fuera de uno de los rotativos, todos sonaban a oposición. Ahora bien, cuando las cosa no salen bien, lo primero que ocurre es buscar un chivo expiatorio, y me parece que eso no resuelve nada. La patria la hacemos todos. Hay que partir de un supuesto casi invariable que el pueblo desesperado por las situaciones económicas, inseguridad, violencia y sus males atávicos después de una administración siempre se sale con el voto de castigo. Es la única manera como puede manifestar su descontento y a veces sin razón, y castigando quizás al que menos tenga culpa.
Muy acertada aclaración la que hizo el presidente electo al referirse a la oposición en el sentido de respetarla y escucharla ya que con tanta mayoría en la Asamblea y con el dominio que va a tener en su Administración, corremos el peligro de tener una especie de dictadura, si no se escuchan las voces de los que difieren. Amanecerá y veremos.

101 años de Panamá América

 
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