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"Las mujeres no queremos la guerra..."


"Las mujeres no queremos la guerra ni hoy, ni nunca", indicó Clara González en el manifiesto que publicó el Partido Nacional Feminista cuando se produjo el conflicto limítrofe de tierras entre Panamá y Costa Rica, en la llamada "guerra de Coto o guerra de los mil días" y que hoy, a más de ocho décadas, me parece oportuno rescatar en estos aciagos momentos en que Estados Unidos y sus aliados libran una desigual guerra contra Irak, que constituye un atentado contra la paz y la seguridad mundial.
Primero la justificaron señalando que era para acabar con las armas de destrucción masiva (químicas o biológicas) que, supuestamente, mantiene ocultas Sadam Hussein; luego dijeron que era para acabar con la dictadura de Hussein y liberar al pueblo iraquí, al punto que han denominado a la operación: "Libertad para Irak".
El gobierno norteamericano, especialmente los republicanos, se ha caracterizado por su tradición guerrerista; entiéndase más bien invasionista y colonialista. Los ejemplos abundan a montones, siendo los más recientes la injusta invasión a Panamá en 1989 para liberarnos de Noriega, la guerra contra Irak en 1991 y la librada en el 2002 contra Afganistán para acabar con Osama bin Laden.
En la guerra contra Afganistán se gastaron más de 40 mil millones de dólares, destruyeron aquel país, murieron miles de personas inocentes y no lograron el objetivo de capturar a Bin Laden, ni acabaron con el terrorismo. Ello fue así, porque la violencia y el terrorismo no serán nunca erradicados incrementando o utilizando las infernales máquinas de guerra y de represión.
Nos hemos preguntado cuántos miles de millones de dólares se gastarán inútilmente en esta guerra, cuando podrían utilizarse esos recursos para combatir el hambre y la pobreza, cuando podrían invertirse en salud, en educación, en tecnología y en conocimiento para millones de niños, niñas y mujeres, quienes serán las mayores víctimas de un conflicto en el que sólo habrá perdedores, a pesar de que se adjudique la victoria el poderoso imperio norteamericano, comandado por un hombre con ansias de convertirse en el emperador del planeta, gracias a la utilización de armas de destrucción que en nada se diferencian a las que supuestamente quieren eliminar en Irak.
Las mujeres de todas las edades, razas y creencias rechazamos la guerra, porque tenemos claridad sobre los terribles y devastadores efectos que tendrá para la humanidad, pero especialmente para el género femenino porque en las guerras siempre hemos sido sus principales víctimas, como lo demuestran las estadísticas, al indicar que las mujeres y las personas a su cargo, representan el 80% de los refugiados del mundo; es decir, cerca de 16 millones de personas, de las cuales la mayoría son viudas o mujeres abandonadas junto a sus hijos/as, llevando una vida de constante desplazamiento y luchando por sobrevivir.
También rechazamos la guerra, porque somos las mujeres las que sacrificamos a nuestros hijos, hermanos, sobrinos, esposos, amigos, compañeros y más recientemente, al amparo de la igualdad de los sexos, son muchas las mujeres de diversos países las que deben combatir y morir en los conflictos bélicos, aunque en sus corazones rechacen la guerra, pues como dice Natalia Barbanskaya: "Las mujeres siempre temerán a la guerra más que los hombres, porque son madres. Una mujer tendrá siempre en brazos a un bebé, suyo o de sus hijos. Siempre estará atormentada temiendo por sus hijos, con el miedo a ser un día testigo de su propia muerte".
¿Cuántas de las más de 200,000 mujeres que hoy forman parte de la armada norteamericana perderán la vida o quedarán discapacitadas física y espiritualmente por participar en una guerra para combatir a un hombre? Esperamos que no muchas; contrario a lo que ocurrirá en las filas y en el pueblo iraquí.
Me parece oportuno terminar con una frase muy elocuente del manifiesto del Partido Feminista de Panamá, al expresar su rechazo a la guerra: "Las mujeres no queremos la guerra. Las mujeres queremos paz, trabajo, prosperidad y cultura. Unamos nuestros esfuerzos en pro de la amistad y solidaridad internacionales". Y eso es precisamente lo que en pleno siglo XXI seguimos anhelando las mujeres del planeta. Oremos y luchemos juntas y juntos por la paz mundial. Empecemos por incorporarla como forma de vida y como práctica social.
Hagamos que se oiga el eco de nuestras voces pacifistas y busquemos ese camino del que nos habló el gran político y pensador indio, Mahatma Ghandi: "No hay caminos para la paz; la paz es el camino".

101 años de Panamá América

 
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