Las privatizaciones hacen muchos ricos
Nuevamente ha emergido el tema de las privatizaciones en nuestro medio. Cuando todos creíamos que este gobierno iba a poner freno a las privatizaciones, porque así lo prometieron durante la campaña política, ahora resulta que continuarán y a un ritmo aún mayor que el anterior gobierno. Pero además de estas consideraciones la privatizaciones en nuestro medio han sido un fracaso, porque el servicio al público se ha encarecido y además no ha mejorado su calidad. Entonces, ¿por qué continuar con algo que los resultados han sido desfavorables?
A este efecto queremos reproducir un artículo que leímos en una ocasión en un diario mexicano y que hemos reeditado, por ser muy extenso, y proporciona un aspecto muy interesante referente a las privatizaciones y la corrupción. Dice así el aludido escrito:
Según Transparency International, entidad que busca crear una alianza mundial contra la corrupción, el monto del soborno que una empresa multinacional solía pagar a un funcionario de un país en desarrollo ascendía, hasta hace poco, a un 5% del contrato. En los últimos años, esa cifra se ha elevado a un 15%. Y según un informe de 1993, sólo en los bancos suizos hay depositados 20 mil millones de dólares propiedad de funcionarios y políticos del Tercer Mundo.
El fenómeno, pues, sigue en auge. La corrupción es hoy una plaga que hace inútiles las leyes y vuelve como las guerras. Y son pocos los países que se salvan de este azote para el que no parece haber un método eficaz de combate. No faltan soluciones académicas, desde luego, como la de quienes, razonando al aristotélico modo, piensan que la causa prima del mal es el poder de arbitrio que se asigna a los funcionarios. Redúzcase ese poder -aseguran- y asunto resuelto.
Y es muy cierto que una maraña de leyes convierte la administración del Estado en yedra de corrupción. Pero ni ésta obedece a una sola causa ni se da sólo en el Tercer Mundo. Francia, Alemania e Italia se estremecen estos días con nuevos escándalos. En ellos están implicados un ex director de "Elf Aquitania" -la compañía estatal francesa de petróleo-, quien desvío 120 millones de dólares a la empresa de un amigo, veinte compañías alemanas que sobrefacturaron en un 30% sus servicios para la terminal aérea de Frankfurt, y varios ejecutivos de Berlusconi, el magnate de la televisión italiana, implicados en un delito de cohecho para no pagar impuestos. Conque no carguemos las tintas de un solo lado.
La corrupción en las privatizaciones opera usualmente, ante la posibilidad de que una empresa competidora se lleve el contrato o bien licitado, son los ejecutivos de las multinacionales los primeros en ofrecer gratificación si las cosas se enderezan en su beneficio precalificando a ciertas empresas en perjuicio de otras e imponiendo pliegos de cargos imposibles de cumplir de tal forma que dos o tres sean sólo las competidoras.
Más allá de estas consideraciones, hay un hecho a descartar. Y es que, de las numerosas causas de corrupción de nuestro tiempo, una de las más comunes se debe a la masiva transferencia de capitales, bienes y servicios que en estos años finiseculares se realiza entre el Primer y el Tercer Mundo. Grandes proyectos de energía eléctrica, carreteras, telefonía, infraestructura, son hoy cosa común entre ambos. Y aunque no lo puedo ratificar, tengo la impresión de que el alza del 5 al 15% en las comisiones ilegales bien podría deberse a la intensificación de las relaciones económicas entre el Norte y el Sur. Recordemos no más el escándalo de presuntas coimas multimillonarias concedidas en Argentina por parte de una trasnacional del prestigio de la IBM.
La privatización de empresas estatales ha hecho, sin duda, ricos a numerosos funcionarios y hombres de empresa. Y ahí está el caso de Raúl Salinas de Gortari y sus amigos, quienes se beneficiaron de la privatización mexicana.
Pero hay otras causas de corrupción, además de ésta. Una de ellas es la desmedida expansión del presupuesto de los gobiernos. El ingreso adicional suele generar toda suerte de negocios. Y si éstos no se hacen de manera transparente, sucede lo inevitable. Se da un contrasentido único. A los negocios privados se les exige un registro de todo y a los públicos el escondrijo.
El narcotráfico es hoy día uno de los principales corruptores del planeta, como atestigua la crisis colombiana. Algunas Organizaciones No Gubernamentales (Ong) están asimismo en la picota por falta de claridad en sus números. Y ni siquiera la ayuda económica internacional se salva como agente corruptor, por más que su intención no sea ésa. La misma súbita afluencia de grandes sumas de dinero a causa de un desastre natural, una epidemia o el fortalecimiento de algún proceso político -llámese éste democracia, justicia o paz- puede abrir de nuevo las cloacas. Todo el mundo quiere participar en los negocios que ese dinero engendra. Y la gente se lanza hacia ellos como mosca al panal.
Una prensa atemorizada es fácil de corromper. Ya es un tópico citar el dicho, y este sí, tercermundista y tirano, según el cual al periodista se le pega o se le paga, método efectivo donde los haya para corromper un sistema que, como el democrático, se funda en la libertad de elegir, pero también en la de informar, denunciar y opinar.
Lo antedicho no agota el tema, por supuesto. Pero es claro que la corrupción tiene raíces muy complejas y que, en muchos casos, el poder suele estar de por medio. Mas no por arrancar la yedra vamos a extirpar el mal. Pues si todo poder tiende a corromper y todo poder absoluto se corrompe absolutamente, no habría otra alternativa que suprimirlo, una solución que, sobra decir, no pertenece a este mundo.
¿Cuál es la respuesta, entonces? Desde tiempo inmemorial se sabe que, cuando se deja la carne sin sal, acaba por descomponerse. Y algo parecido ocurre con gobiernos cerrados al escrutinio e impermeables a la crítica, que es la sal de la vida pública. En este aspecto, el mejor preventivo contra la corrupción es una prensa vigilante. Pero tal acción no basta si no se combina con un Código Penal sensible a esta clase de delitos, unos jueces acuciosos, como los que protagonizaron en Italia la operación "Manos Limpias", y el activismo de entidades como "Transparency International".
A este efecto queremos reproducir un artículo que leímos en una ocasión en un diario mexicano y que hemos reeditado, por ser muy extenso, y proporciona un aspecto muy interesante referente a las privatizaciones y la corrupción. Dice así el aludido escrito:
Según Transparency International, entidad que busca crear una alianza mundial contra la corrupción, el monto del soborno que una empresa multinacional solía pagar a un funcionario de un país en desarrollo ascendía, hasta hace poco, a un 5% del contrato. En los últimos años, esa cifra se ha elevado a un 15%. Y según un informe de 1993, sólo en los bancos suizos hay depositados 20 mil millones de dólares propiedad de funcionarios y políticos del Tercer Mundo.
El fenómeno, pues, sigue en auge. La corrupción es hoy una plaga que hace inútiles las leyes y vuelve como las guerras. Y son pocos los países que se salvan de este azote para el que no parece haber un método eficaz de combate. No faltan soluciones académicas, desde luego, como la de quienes, razonando al aristotélico modo, piensan que la causa prima del mal es el poder de arbitrio que se asigna a los funcionarios. Redúzcase ese poder -aseguran- y asunto resuelto.
Y es muy cierto que una maraña de leyes convierte la administración del Estado en yedra de corrupción. Pero ni ésta obedece a una sola causa ni se da sólo en el Tercer Mundo. Francia, Alemania e Italia se estremecen estos días con nuevos escándalos. En ellos están implicados un ex director de "Elf Aquitania" -la compañía estatal francesa de petróleo-, quien desvío 120 millones de dólares a la empresa de un amigo, veinte compañías alemanas que sobrefacturaron en un 30% sus servicios para la terminal aérea de Frankfurt, y varios ejecutivos de Berlusconi, el magnate de la televisión italiana, implicados en un delito de cohecho para no pagar impuestos. Conque no carguemos las tintas de un solo lado.
La corrupción en las privatizaciones opera usualmente, ante la posibilidad de que una empresa competidora se lleve el contrato o bien licitado, son los ejecutivos de las multinacionales los primeros en ofrecer gratificación si las cosas se enderezan en su beneficio precalificando a ciertas empresas en perjuicio de otras e imponiendo pliegos de cargos imposibles de cumplir de tal forma que dos o tres sean sólo las competidoras.
Más allá de estas consideraciones, hay un hecho a descartar. Y es que, de las numerosas causas de corrupción de nuestro tiempo, una de las más comunes se debe a la masiva transferencia de capitales, bienes y servicios que en estos años finiseculares se realiza entre el Primer y el Tercer Mundo. Grandes proyectos de energía eléctrica, carreteras, telefonía, infraestructura, son hoy cosa común entre ambos. Y aunque no lo puedo ratificar, tengo la impresión de que el alza del 5 al 15% en las comisiones ilegales bien podría deberse a la intensificación de las relaciones económicas entre el Norte y el Sur. Recordemos no más el escándalo de presuntas coimas multimillonarias concedidas en Argentina por parte de una trasnacional del prestigio de la IBM.
La privatización de empresas estatales ha hecho, sin duda, ricos a numerosos funcionarios y hombres de empresa. Y ahí está el caso de Raúl Salinas de Gortari y sus amigos, quienes se beneficiaron de la privatización mexicana.
Pero hay otras causas de corrupción, además de ésta. Una de ellas es la desmedida expansión del presupuesto de los gobiernos. El ingreso adicional suele generar toda suerte de negocios. Y si éstos no se hacen de manera transparente, sucede lo inevitable. Se da un contrasentido único. A los negocios privados se les exige un registro de todo y a los públicos el escondrijo.
El narcotráfico es hoy día uno de los principales corruptores del planeta, como atestigua la crisis colombiana. Algunas Organizaciones No Gubernamentales (Ong) están asimismo en la picota por falta de claridad en sus números. Y ni siquiera la ayuda económica internacional se salva como agente corruptor, por más que su intención no sea ésa. La misma súbita afluencia de grandes sumas de dinero a causa de un desastre natural, una epidemia o el fortalecimiento de algún proceso político -llámese éste democracia, justicia o paz- puede abrir de nuevo las cloacas. Todo el mundo quiere participar en los negocios que ese dinero engendra. Y la gente se lanza hacia ellos como mosca al panal.
Una prensa atemorizada es fácil de corromper. Ya es un tópico citar el dicho, y este sí, tercermundista y tirano, según el cual al periodista se le pega o se le paga, método efectivo donde los haya para corromper un sistema que, como el democrático, se funda en la libertad de elegir, pero también en la de informar, denunciar y opinar.
Lo antedicho no agota el tema, por supuesto. Pero es claro que la corrupción tiene raíces muy complejas y que, en muchos casos, el poder suele estar de por medio. Mas no por arrancar la yedra vamos a extirpar el mal. Pues si todo poder tiende a corromper y todo poder absoluto se corrompe absolutamente, no habría otra alternativa que suprimirlo, una solución que, sobra decir, no pertenece a este mundo.
¿Cuál es la respuesta, entonces? Desde tiempo inmemorial se sabe que, cuando se deja la carne sin sal, acaba por descomponerse. Y algo parecido ocurre con gobiernos cerrados al escrutinio e impermeables a la crítica, que es la sal de la vida pública. En este aspecto, el mejor preventivo contra la corrupción es una prensa vigilante. Pero tal acción no basta si no se combina con un Código Penal sensible a esta clase de delitos, unos jueces acuciosos, como los que protagonizaron en Italia la operación "Manos Limpias", y el activismo de entidades como "Transparency International".