Las rutas críticas
En el país, para descentralizar, no faltan consultarías ni diagnósticos, y menos los pronósticos. Son pocos los desacuerdos sobre a quiénes deben corresponderle los beneficiarios de la descentralización. Hay encontronazos sobre la velocidad con la que debe procederse o por dónde o cómo empezar. Pero donde más se vislumbran zancadillas, celos y quebradera de brazos es cuando se llega el punto sobre quién debe dirigir el proceso descentralizador. Es increíble la cantidad de pasiones que despierta sólo el olfato de un nuevo cargo público, capacidad para disponer de recursos públicos y rellenar planillas.
Todo lo dicho, sin embargo, es ya el camino andado y conocido de todas las épocas y seguirlo nos conduciría, sin alternativa, al pasado infructuoso o nos paralizaría en el presente sin futuro.
Para concretar los dictámenes y vaticinios sobre la descentralización hay dos rutas: la de que bastaría una ley o varías leyes. Tenemos la manía de crear leyes hasta para cualquiera nimiedad y le atribuimos tal clase de poderes descomunales que ni Borges, en su plenitud, jamás alcanzó imaginarse cuando elaboró su el catálogo de seres extraordinarios.
Sobran los que piensan que la Ley tiene el poder mágico de la frase "Ábrete Sésamo" que más de una vez le salvó la vida a Sherzad, la hija del gran visir, según el cuento fantástico de la literatura universal.
La otra ruta es terrenal y parte de una premisa simple: ni aún la mejor ley descentralizadora será suficiente si no concurre en su auxilio una voluntad política, firme y decidida, sin dobleces ni blandenguerías. Y agregan: Si hay voluntad política, la descentralización va con ley o sin ley específica. Bastaría las que ya existen, y si éstas no resultan adecuadas se le hecha mano a la interpretación porque, nos guste o no, somos el único país del mundo con la mayor cantidad de magos del Derecho contando los difuntos y los que aún nos siguen sorprendiendo con sus proezas. En el país folclórico que nos ha tocado en el reparto, pienso que lo primero es estructurar o conseguir la voluntad política y sólo después aventurarnos en el matorral de las normas legales.