Las tentaciones de Getsemaní (I)
Por lo general escribo sólo los domingos. Sin embargo, dada la muy especial situación suscitada por la firma de un acuerdo entre dos grupos tradicionalmente antagónicos, me siento obligado a plasmar mi opinión sobre el tema en referencia. Para comenzar, considero absolutamente necesario establecer una genuina concertación nacional. Pero ese noble fin sólo se dará cuando logremos instaurar un ambiente donde predominen valores y metas que modifiquen, radicalmente y de una vez por todas, los incorrectos propósitos de que hacen gala a diario los grupos que dicen practicar la política en nuestro país.
Discrepo con las muchas definiciones oportunistas que he escuchado sobre este noble oficio, pues para mí no debiera ser otra cosa que la manera correcta de gobernar un Estado y procurar de esa forma, junto a la justicia y el perfeccionamiento social, el mejor bienestar para todos sus asociados.
Sin más preámbulos entremos en el asunto que motiva la reflexión de hoy. El Pacto de La Pintada mostró, desde que se concibiera apresuradamente so pretexto de garantizarle capacidad de gobierno al Ejecutivo, imperfecciones de forma que no auguraban buen final. En la primera discusión sobre un genuino tema de Estado - el uso del Fondo Fiduciario - la frágil alianza comenzó su deterioro cuando el arnulfismo descartó la superior propuesta que presentara la Bancada Popular, haciendo causa común con el Partido Revolucionario Democrático para regular tan importante patrimonio nacional. El malestar, tanto interno como externo, se acentuó al punto que dos legisladores de gobierno - José Luis Fábrega y José Muñoz - torpemente ejecutaron una supuesta desobediencia de partido en aras de conseguir que uno de ellos, a través de otra alianza transitoria con algunos sectores del PRD y sin base programática de ninguna índole, llegase a ocupar la presidencia de la Asamblea Legislativa.
Ese comportamiento zigzagueante, improductivo y confuso demostrado durante el primer año de gobierno por la administración Moscoso, transforman el escenario en territorio fértil para reformular las directrices actuales, especialmente en el desempeño del órgano más desprestigiado dentro del engranaje estatal.
Cuando se firmó el acuerdo META, luego que se plasmaran las responsabilidades adquiridas por los presidentes del PRD y el PDC, respectivamente, el asunto gozó de mi inmediata aprobación. Sustentar dicho convenio sobre la base del compromiso para ejecutar, por lo menos, veinte leyes de gran impacto nacional, crea un territorio común con ese concepto que mantengo sobre política y que expresara al comienzo de este artículo.
Las reacciones no se han hecho esperar. Los más conspicuos representantes del partido gobernante, amén de todos los enemigos acérrimos que tienen ambos partidos políticos, se rasgaron vestiduras y lanzaron improperios hacia quienes habían logrado, con más peso y fundamento para establecer una auténtica unificación de propósitos nacionales, lo que ellos mismos buscaban a través de canonjías, arreglos de recámara y beneficios particulares con algunos miembros de la actual oposición.
Dicho lo anterior, reitero mi apoyo al acuerdo META por los extraordinarios resultados que, si se cumple al pie de la letra con todo lo pactado, de él se podrán obtener. El peor enemigo de este país no es otro que las muchas y malsanas pasiones que siguen pululando dentro de nosotros mismos.
Las tentaciones y amenazas seguirán hasta cuando termine la votación parlamentaria el viernes venidero. Si continuamos con este obcecado comportamiento - entiéndase un país partido e inmovilizado por sus propios grupos y donde lo malo que genera el fanatismo se ubica subjetivamente según el nombre del partido político que se dice lo representa - seguirán las acusaciones estériles, peroratas de bando y bando, intransigencias y demás defectos propios de una fosilizada estructura pública hasta cuando se acaben las oportunidades que nos quedan para consolidarnos, por medio de un bienestar general que se sustente en la equidad, como Estado maduro y dueño de su propio destino.
Discrepo con las muchas definiciones oportunistas que he escuchado sobre este noble oficio, pues para mí no debiera ser otra cosa que la manera correcta de gobernar un Estado y procurar de esa forma, junto a la justicia y el perfeccionamiento social, el mejor bienestar para todos sus asociados.
Sin más preámbulos entremos en el asunto que motiva la reflexión de hoy. El Pacto de La Pintada mostró, desde que se concibiera apresuradamente so pretexto de garantizarle capacidad de gobierno al Ejecutivo, imperfecciones de forma que no auguraban buen final. En la primera discusión sobre un genuino tema de Estado - el uso del Fondo Fiduciario - la frágil alianza comenzó su deterioro cuando el arnulfismo descartó la superior propuesta que presentara la Bancada Popular, haciendo causa común con el Partido Revolucionario Democrático para regular tan importante patrimonio nacional. El malestar, tanto interno como externo, se acentuó al punto que dos legisladores de gobierno - José Luis Fábrega y José Muñoz - torpemente ejecutaron una supuesta desobediencia de partido en aras de conseguir que uno de ellos, a través de otra alianza transitoria con algunos sectores del PRD y sin base programática de ninguna índole, llegase a ocupar la presidencia de la Asamblea Legislativa.
Ese comportamiento zigzagueante, improductivo y confuso demostrado durante el primer año de gobierno por la administración Moscoso, transforman el escenario en territorio fértil para reformular las directrices actuales, especialmente en el desempeño del órgano más desprestigiado dentro del engranaje estatal.
Cuando se firmó el acuerdo META, luego que se plasmaran las responsabilidades adquiridas por los presidentes del PRD y el PDC, respectivamente, el asunto gozó de mi inmediata aprobación. Sustentar dicho convenio sobre la base del compromiso para ejecutar, por lo menos, veinte leyes de gran impacto nacional, crea un territorio común con ese concepto que mantengo sobre política y que expresara al comienzo de este artículo.
Las reacciones no se han hecho esperar. Los más conspicuos representantes del partido gobernante, amén de todos los enemigos acérrimos que tienen ambos partidos políticos, se rasgaron vestiduras y lanzaron improperios hacia quienes habían logrado, con más peso y fundamento para establecer una auténtica unificación de propósitos nacionales, lo que ellos mismos buscaban a través de canonjías, arreglos de recámara y beneficios particulares con algunos miembros de la actual oposición.
Dicho lo anterior, reitero mi apoyo al acuerdo META por los extraordinarios resultados que, si se cumple al pie de la letra con todo lo pactado, de él se podrán obtener. El peor enemigo de este país no es otro que las muchas y malsanas pasiones que siguen pululando dentro de nosotros mismos.
Las tentaciones y amenazas seguirán hasta cuando termine la votación parlamentaria el viernes venidero. Si continuamos con este obcecado comportamiento - entiéndase un país partido e inmovilizado por sus propios grupos y donde lo malo que genera el fanatismo se ubica subjetivamente según el nombre del partido político que se dice lo representa - seguirán las acusaciones estériles, peroratas de bando y bando, intransigencias y demás defectos propios de una fosilizada estructura pública hasta cuando se acaben las oportunidades que nos quedan para consolidarnos, por medio de un bienestar general que se sustente en la equidad, como Estado maduro y dueño de su propio destino.