Las transmisiones del carnaval
La de este año fue acaso la peor cobertura televisada de los carnavales de todos los tiempos. Y conste que en el pasado, como en el presente, hemos repudiado todo tipo de censura previa contra las transmisiones de actos y situaciones bochornosas que suelen darse durante esas fiestas.
Cierto es que las filmaciones reflejan parte de lo ocurrido, pero no todo. Muchas veces su visión parcial lleva implícita distorsiones de la realidad en su conjunto. Mas aun así, no admitimos la censura, salvo la que pueda provenir del público que se abstenga de presenciar el bodrio.
Sobre el problema concreto de la filmación de los culecos en el pasado carnaval, se ha elevado la voz autorizada del director del Instituto Nacional de Cultura, Jorge Castellano, quien se ha sumado al clamor general por la pobre calidad del contenido de esas transmisiones, hasta el punto de representar un "culto a lo soez, a lo burdo, chabacano y a la humillación de los seres humanos".
Admitimos pues que tales escenas son parte de los carnavales; pero no más que eso, sólo "parte" y no su integridad. Como bien dijo Castellano, ellas dejan entrever únicamente el lado negativo, cuando en realidad "existen hermosas manifestaciones folclóricas en cada uno de los pueblos del país". Sólo en Penonomé, por ejemplo, sin una tradición muy conocida, hubo el lunes cuatro "tambores de orden", empezando por "El Polvorín"; pero ellos no saben qué es eso, ni ya lo aprenderán.
Nadie transmitió por ejemplo, el magno desfile de más de mil polleras, plenas de color, prendas y lujo, por las calles inmediatas a la plaza de Santo Domingo de Las Tablas. Y mucho menos pudo percatarse del acompañamiento con violines y de la regia ejecución del baile del tambor.
Nadie, salvo los presentes, fuimos testigo de la solemne promesa, en presencia de miles de asistentes y decenas de los más grandes valores nacionales del folclor patrio, de defender la autenticidad de los carnavales de la influencia perniciosa del mal llamado "reggae", las discotecas, tarimas y la incultura foránea.
Tampoco se percataron de la enorme concurrencia de extranjeros, pasmados ante tanta belleza y despliegue de garbo y lujo de todas las generaciones de la gente de Santo Domingo, que incluyó la participación de niños de muy tierna edad. Y salvo ellos, nadie presenció la ejecución de centenares danzas de tambor en plena calle, iluminados con bengalas multicolores, bajo un cielo claro y estrellado, de belleza singular.
Nadie tampoco transmitió la tonada picaresca de lo que "decía el pavo a la pava", ni la magistral ejecución de los músicos y el canto. Prefirieron la chabacanería intrascendente, que nada deja y mal proyecta. Fuera de ello, optaron por los monótonos y monocordes desfiles importados, que nadie ve.
Por fortuna, los partidarios de la excelencia y de lo bueno somos más y, por eso, para el año próximo, se quedarán mirando y escuchando ellos mismos los unos a los otros. El resto, lo veremos nosotros mismos, sin distorsiones. Los carnavales interioranos no los necesitan. Que se marchen a otro lado con su samba. Acá preferimos la alegoría, la tuna y el tambor.
Cierto es que las filmaciones reflejan parte de lo ocurrido, pero no todo. Muchas veces su visión parcial lleva implícita distorsiones de la realidad en su conjunto. Mas aun así, no admitimos la censura, salvo la que pueda provenir del público que se abstenga de presenciar el bodrio.
Sobre el problema concreto de la filmación de los culecos en el pasado carnaval, se ha elevado la voz autorizada del director del Instituto Nacional de Cultura, Jorge Castellano, quien se ha sumado al clamor general por la pobre calidad del contenido de esas transmisiones, hasta el punto de representar un "culto a lo soez, a lo burdo, chabacano y a la humillación de los seres humanos".
Admitimos pues que tales escenas son parte de los carnavales; pero no más que eso, sólo "parte" y no su integridad. Como bien dijo Castellano, ellas dejan entrever únicamente el lado negativo, cuando en realidad "existen hermosas manifestaciones folclóricas en cada uno de los pueblos del país". Sólo en Penonomé, por ejemplo, sin una tradición muy conocida, hubo el lunes cuatro "tambores de orden", empezando por "El Polvorín"; pero ellos no saben qué es eso, ni ya lo aprenderán.
Nadie transmitió por ejemplo, el magno desfile de más de mil polleras, plenas de color, prendas y lujo, por las calles inmediatas a la plaza de Santo Domingo de Las Tablas. Y mucho menos pudo percatarse del acompañamiento con violines y de la regia ejecución del baile del tambor.
Nadie, salvo los presentes, fuimos testigo de la solemne promesa, en presencia de miles de asistentes y decenas de los más grandes valores nacionales del folclor patrio, de defender la autenticidad de los carnavales de la influencia perniciosa del mal llamado "reggae", las discotecas, tarimas y la incultura foránea.
Tampoco se percataron de la enorme concurrencia de extranjeros, pasmados ante tanta belleza y despliegue de garbo y lujo de todas las generaciones de la gente de Santo Domingo, que incluyó la participación de niños de muy tierna edad. Y salvo ellos, nadie presenció la ejecución de centenares danzas de tambor en plena calle, iluminados con bengalas multicolores, bajo un cielo claro y estrellado, de belleza singular.
Nadie tampoco transmitió la tonada picaresca de lo que "decía el pavo a la pava", ni la magistral ejecución de los músicos y el canto. Prefirieron la chabacanería intrascendente, que nada deja y mal proyecta. Fuera de ello, optaron por los monótonos y monocordes desfiles importados, que nadie ve.
Por fortuna, los partidarios de la excelencia y de lo bueno somos más y, por eso, para el año próximo, se quedarán mirando y escuchando ellos mismos los unos a los otros. El resto, lo veremos nosotros mismos, sin distorsiones. Los carnavales interioranos no los necesitan. Que se marchen a otro lado con su samba. Acá preferimos la alegoría, la tuna y el tambor.