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Las universidades públicas


Nadie debe dudar que nuestro país requiere una transformación, a fondo, de su sistema educativo. Tanto el universitario como el preuniversitario. Las deficiencias de ambos son reconocibles sin mucho esfuerzo: educación retórica, falta de procesos de investigación y de espíritu crítico, textos desfasados, docentes que no se preparan de manera integral en las nuevas técnicas educativas y, finalmente, falta de equipamiento y de presupuesto adecuado para enfrentar los retos de eso que se ha denominado el nuevo siglo del conocimiento.
En educación el atraso de nuestro país sólo es directamente proporcional al atraso cultural del que somos víctimas todos. Ciertamente me preocupa el estado lamentable de nuestra educación, en general y sobretodo el desprecio y la falta de estímulo para aquellos que, estudiando en algún nivel de la educación nacional, culminan su preparación y se dirigen, de manera directa, al desempleo y como mucho, al empleo informal. Buena parte de la culpa de la situación actual la tienen las autoridades que dirigen el ramo de la educación. Un ministerio de Educación sin las perspectivas generales, sin políticas de transformación de largo alcance, con mentalidad pueblerina, por decir lo menos, amarrado a atavismos administrativos que ni siquiera puede resolver con eficiencia.
Si la base del sistema falla (no quiero referirme, por ahora, a los niveles de jardín de la infancia) han de fallar los niveles superiores en todas sus modalidades. Estamos produciendo estudiantes sin criterio crítico, sin comprensión ni compromiso con el presente y el futuro tiempo espacial en el que les tocará vivir y, lo que es peor, sin los marcos de solidaridad adecuados que nos conviertan en una verdadera sociedad y nación. Culpables somos todos, sin excepción, unos por acción otros por omisión.
Sobre las universidades, públicas y privadas, ocurre otro tanto. En esto, como universitario con algunos años de docencia, debemos ser cuidadosos. Porque en la vorágine social que nos tiende a devorar, existen personajes que no dudarían en clausurar las universidades públicas siguiendo las orientaciones de las financieras internacionales y de aquellos adoradores del mercado que por encima de la cultura postulan un culto a la inversión a los costos beneficios y al mercado. Sin embargo, tampoco podemos callar las deficiencias internas que padecemos. No seríamos universitarios críticos ni nos podríamos llamar docentes si no intentáramos proponer algunas reformas integrales para resolver los problemas que amenazan con liquidarnos.
Lo primero que hay que señalar es que las universidades públicas deben construir o constituir un sistema coherente e integral. Ello no significa, ni mucho menos, violentar la autonomía universitaria, sino consolidarla. Así, las pequeñas universidades públicas podrían verse favorecida de las experiencias de la más grande para no repetir experiencias perjudiciales. Por lo demás, un buen diseño de planificación podría reducir costos globales y diseñar carreras que no signifiquen duplicidad de recursos.
Lo segundo es que un sistema público de educación superior podría mejorar lo ofrecido por las universidades privadas, en donde hay de todo, desde algunas muy buenas (Interamericana, Latina, del Istmo o ULACIT) y otras francamente deficientes. Por supuesto que para ejercer la supervisión a que nos autoriza la Constitución a la Universidad de Panamá sobre aquellas, debemos mejorar nosotros mismos nuestro diseño interior. La transformación de facultades y la constitución de divisiones y carreras unidas por afinidades epistemológicas y no por el clientelismo político se hace un imperativo. ¿Por qué existe en la Universidad de Panamá dos departamentos de Estadística, uno en Ciencias y otro en Economía, cuando pudiera existir sólo uno para, entre otras cosas, servir a la licenciatura misma y de servicios a toda la universidad? ¿Por qué existen dos departamentos de Relaciones de Panamá con los Estados Unidos? ¿Qué sentido tiene que Relaciones Internacionales siga en la Facultad de Administración Pública y no en una de Ciencias Sociales que unifique Sociología, Historia y Ciencia Política? En fin, ¿no debe existir una sola división de Ciencias de la Salud que permita el trabajo coordinado entre Medicina, Odontología y Enfermería, por ejemplo? Toda la presente reflexión ha sido comunicada a las más altas esferas de la Universidad de Panamá, cuyo Rector ha manifestado interés en acometer la empresa de reforma integral de los estudios universitarios.
Tercero, pero no lo último, se requiere un proceso de democratización de las universidades públicas, unas más que otras. ¿Cómo es posible que en la Universidad Tecnológica de Panamá se haya permitido reelecciones sucesivas al margen de la Ley y que su Rector se haya constituido en un señor feudal sin freno de ninguna especie, al amparo de un órgano legislativo poco importa? Lo mismo ocurrió en la Universidad Autónoma de Chiriquí, sin desmérito de su actual lucha por un mejor presupuesto universitario.
Al sistema de educación superior se les debe sumar, como parte integrante por mérito propio, la Secretaría de Ciencia y Tecnología, el Ministerio de Educación (obviamente renovado desde la cabeza) el Instituto para la Formación de los Recursos Humanos y, podría ser, el Instituto Nacional de Cultura (también renovado). Pareciera que, en el momento actual, es hora de empezar. (simgonp@sinfo.net)

101 años de Panamá América

 
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