¿Le importan sus hijos y su comunidad?
Programador en Sistemas
Nuestra existencia transcurre en la penumbra de la indiferencia hacia los otros seres humanos que nos rodean; no nos preocupa el mal ajeno, pues como se dice "sólo si vez la barba de tú vecino arder, pondrás la tuya en remojo." La maledicencia, la indiscriminada tolerancia a la violencia, permiten a la maldad, disfrazada de banda, grupo juvenil, o de seres dirigidos por el maligno, apoderarse de nuestras comunidades, ya que la tolerancia que hacemos de estos males que aquejan al mundo entero (las drogas, el alcohol, el fumar, y las armas de cualquier tipo, entre otros), no permiten que denunciemos todo el daño que pueden hacer a los nuestros (hijos, hermanos, madre, padre, tíos, etc.).
¿Cómo explicar que en las comunidades como San Joaquín, Curundú, Barraza, Veracruz, Las Acacias, Villa Lorena, y otras(sin ánimo de ofender a ninguna en lo particular) en que las balaceras son continuas con su estela de muerte y destrucción, y la droga circula libremente, todos los residentes nos enconchamos como tortugas en nuestras viviendas y nos hacemos de la vista gorda.?
Y es que, a dónde iremos, ya no queda donde correr, pues hasta nuestras campiñas llega el flagelo del mal, el crimen es pan nuestro de cada día; el morbo mueve la prensa roja y nos hace verlo como algo natural; esto nos atrofia la percepción de lo correcto. La violencia que se da en los países vecinos nos parece lejana, pero en realidad, son cosas como la que se dan aquí en nuestras tierras, que posiblemente originaron las guerrillas y otros desafueros allá.
Es enfermizo ver cómo la sociedad permite que los pocos se tomen el entorno de la mayoría, que somos los más; que odiamos sus bajezas y su forma grotesca de querer mirar la vida y tratar de imponernos sus criterios deformes de existencia. Es más, observamos cómo hacen y deshacen, y nos callamos, prestándonos a estos desmanes, ya sea por temor, por creer que no es un problema nuestro, porque no nos afecta, supuestamente, en lo personal.
Cuán grande es nuestra falacia o engaño, cuando por un error craso de omisión y de convicción permitimos un mal por otro, el de la indiferencia con nuestros semejantes y tendemos a creer que nuestros hijos no crecerán, que no serán parte de ese entorno, o que la muerte no ha de tocarlos; que nuestro mutismo o silencio no los dañarán en un futuro, o más aún, hasta a nosotros mismos.
El presenciar un homicidio y no declarar es decirle a estos desalmados que estamos de acuerdo con su modo de percibir la vida, que no nos importa nada con los demás, que es una gran falsedad cuando en la iglesia nos damos un abrazo, un estrechón de manos o un beso con nuestros seres queridos. Más cuando se aduce que la máxima del hijo unigénito de Dios está presente en el cambio que él diseña para el mundo, como el mandamiento mayor, que es "ámense los unos a los otros, como yo os he amado", pues cuando no os interesa el bien de un hermano, estás despreciando toda su palabra y ofendiéndolo, cuando no escuches su ley, faltas a todo lo que nos separa de la raza animal y nos hace humanos en la semejanza de Dios.
Hermanos en esta época pascual, no cabe más que decirles que os unáis en el cuido de sus semejantes, por su bien y el de su comunidad, que si no nos cuidamos entre nosotros, ¿quién?... Y es que la defensa no es a través de la violencia, sino de la firme convicción de que el bien ha de prevalecer sobre el mal, y eso sólo se da en el amor a Jesús nuestro salvador y amigo, y en cada uno de nuestros corazones. Así pues, reaccionen y denuncien lo indigno, a lo malvado, a la droga o cualquiera cosa que crean afectará su entorno y el de su familia, por el bien de todos.