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Lecciones amargas de la guerra en Irak


Cuando apenas se cumplían los primeros tres días de ofensiva británica-estadounidense contra Irak, el mismo día en que las bolsas de las principales capitales del mundo reaccionaban positivamente ante lo que anticipaban sería una guerra corta, publicamos un editorial que intitulamos "Hipótesis de una guerra prolongada" en el que planteamos un escenario en el cual los coaligados desgastaban inútilmente sus fuerzas contra un enemigo que no hacía más que aguantar, ceder espacio y aguardar su mejor momento.
Pues ocurrió. Transcurridos once días, el New York Times opinaba que el ejército de su país debía modernizarse porque su costoso y pesado equipo "está hecho para un tipo de guerra que ya no existe". Paralelamente, otros medios se hacían eco de filtraciones de el Pentágono, que indicarían la existencia de serias discrepancias entre civiles en el gobierno y militares, en torno al insuficiente desplazamiento de tropas. De hecho, se ha aprobado el envío de cien mil soldados adicionales, lo que elevaría a cuatrocientos mil el total y comprobaría de paso la tesis de la insuficiencia del número original.
En esta ocasión, hablaremos sobre las lecciones más relevantes del conflicto. Para empezar, es una experiencia amarga para Estados Unidos comprobar que toda su costosa tecnología sigue sin darle mayor ventaja en una guerra de guerrillas. Por ejemplo, un puñado de diez fedayines armados con viejos Kalashnikov, puede frenar por varias horas a una columna de centenares de marinos y decenas de vehículos blindados. Para cuando aparezcan los helicópteros Apache, lo más seguros es que los ágiles fedayines ya no estarán allí. Eso ha ocurrido decenas de veces en la presente guerra. Dudamos, por ende, que Norteamérica vuelva a embarcarse en una aventura igual en años venideros. En su lugar, optará, como antaño, por apoyar a alguna de las facciones en conflicto en cada ocasión, esto es, en hacer la guerra por intermedia persona.
Otra lección, es el costo de la guerra, que puede volverse intolerable hasta para la más rica nación del planeta. En once días se ha agotado un tercio de todas las bombas de precisión, y pese a eso, al conflicto aun no se le ve fin. Los costos pueden ser tres y hasta cuatro veces mayor de lo estimado originalmente, lo cual pesará adversamente sobre la débil economía norteamericana.
Las Naciones Unidas y los foros de dilucidación negociada de conflictos pueden irónicamente verse fortalecidos luego de permanecer en su punto más bajo tras la unilateral invasión de Irak.
La guerra de posiciones, frentes y largas líneas de abastecimiento, son cosas del pasado. Un enemigo puede ceder territorio y hasta perder su capital y ciudades, y sin embargo, estar aun lejos de ser derrotado. Ello permite que un ejército de quinta pueda infligir graves daños a uno de primera categoría. El sólo ver a los "marines" movilizándose con torpeza y lentitud, con el pesado y voluminoso equipo moderno a cuestas, da lástima, si se les compara con la agilidad y versatilidad de los fedayines.

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