Lecciones de hechicería
He aquí una ecuación desesperanzadora: a menor índice de lectura, menos palabras para comunicarse, es decir, escaso lenguaje. Siendo el lenguaje uno de los factores cardinales para el desarrollo económico, puede decirse que un pueblo sin palabras está condenado a la indigencia.
Países que se han destacado por su cultura como Chile, México, España, Argentina, Colombia y Uruguay, están alarmados porque sus pueblos han dejado de leer. ¡Qué nos espera a los panameños, donde la falta de buenas letras es una epidemia en todas las clases sociales!
Hay que ver lo mal que escriben y hablan los abogados, los educadores, los ministros, los magistrados, ni qué decir de los empresarios, los médicos... Da pena aceptarlo, pero en los medios de comunicación no nos quedamos atrás. Ciertos periodistas hace lustros que no leen un libro, por lo que se expresan de puro milagro.
Algunos escritores, críticos y lectores (la novelista argentina Alicia Jurado les llama "los hechiceros de la tribu") intentaron la semana pasada conjurar esta maldición. Contra viento y marea leyeron cuentos, poesía, hablaron de cultura nacional y los desafíos presentes y futuros de la literatura. No fue fácil llenar el salón. El joven universitario está en otra onda, y los profesores de todos los niveles de enseñanza no se distancian de los promedios estadísticos. Ellos también leen poco o nada.
El reto es colosal. La "postmodernidad" conspira contra la lectura. El agotado trabajador, cuando llega a su hogar después de un tranque madre, no quiere leer, sino ver el televisor, ojalá un programa insulso, que le arranque risas fáciles mediante el simple expediente de chabacanería. O sangre, balas, sexo, lucha libre, "realitys", toda la gama de la obviedad mediocre que impera en nuestra televisión.
El acto de leer exige un esfuerzo intelectual superior, pero que garantiza libertad. Ojalá el hechizo de la semana pasada en la Universidad, de parte de la asociación de escritores de Panamá, sirva de algo, y pronto lluevan letras.
Cuando ya se disponía a salir del lugar, un chorro de agua tocó la línea primaria del tendido eléctrico.
Fue entonces cuando sufrió la descarga.
Inició como voluntario en la Banda de Cornetas y Tambores en la Zona 11 (Chepo). El presenciar la labor de los "camisas rojas" lo motivó a llenar una solicitud e ingresar a la institución el 1 de agosto de 1996, específicamente en la Guardia Permanente de la Estación Ricardo Arango.
Países que se han destacado por su cultura como Chile, México, España, Argentina, Colombia y Uruguay, están alarmados porque sus pueblos han dejado de leer. ¡Qué nos espera a los panameños, donde la falta de buenas letras es una epidemia en todas las clases sociales!
Hay que ver lo mal que escriben y hablan los abogados, los educadores, los ministros, los magistrados, ni qué decir de los empresarios, los médicos... Da pena aceptarlo, pero en los medios de comunicación no nos quedamos atrás. Ciertos periodistas hace lustros que no leen un libro, por lo que se expresan de puro milagro.
Algunos escritores, críticos y lectores (la novelista argentina Alicia Jurado les llama "los hechiceros de la tribu") intentaron la semana pasada conjurar esta maldición. Contra viento y marea leyeron cuentos, poesía, hablaron de cultura nacional y los desafíos presentes y futuros de la literatura. No fue fácil llenar el salón. El joven universitario está en otra onda, y los profesores de todos los niveles de enseñanza no se distancian de los promedios estadísticos. Ellos también leen poco o nada.
El reto es colosal. La "postmodernidad" conspira contra la lectura. El agotado trabajador, cuando llega a su hogar después de un tranque madre, no quiere leer, sino ver el televisor, ojalá un programa insulso, que le arranque risas fáciles mediante el simple expediente de chabacanería. O sangre, balas, sexo, lucha libre, "realitys", toda la gama de la obviedad mediocre que impera en nuestra televisión.
El acto de leer exige un esfuerzo intelectual superior, pero que garantiza libertad. Ojalá el hechizo de la semana pasada en la Universidad, de parte de la asociación de escritores de Panamá, sirva de algo, y pronto lluevan letras.
Cuando ya se disponía a salir del lugar, un chorro de agua tocó la línea primaria del tendido eléctrico.
Fue entonces cuando sufrió la descarga.
Inició como voluntario en la Banda de Cornetas y Tambores en la Zona 11 (Chepo). El presenciar la labor de los "camisas rojas" lo motivó a llenar una solicitud e ingresar a la institución el 1 de agosto de 1996, específicamente en la Guardia Permanente de la Estación Ricardo Arango.