Lecciones de la democracia económica
Miami (AIPE)- Una de las sorprendentes estadísticas de Estados Unidos tiene que ver con el hecho que en este país hay más gordos pobres que ricos. Indudablemente que es más difícil estar inventando programas de ayuda "social" para gordos que para niños y ancianos famélicos.
Esa no es una estadística que a la izquierda le gusta difundir, como tampoco el hecho que el programa gubernamental más exitoso de la última década ha sido la reforma del sistema de beneficencia pública. Aunque vetado en dos ocasiones por el presidente Clinton, fue finalmente promulgado en 1996, cuando un nuevo veto presidencial hubiera puesto en peligro su propia reelección. El resultado de esa reforma ha sido que hasta junio del año pasado el número de recipientes de beneficencia pública se redujo nacionalmente en 49% y en ciertos estados, como Wisconsin, la caída fue del 80%. Mucha de esa gente que tendía a acostumbrarse a vivir de la caridad pública recibió el necesario empujoncito para buscar trabajo, por lo que hoy viven mucho mejor -por el sudor de su frente- y, además, le están dando un buen ejemplo a sus hijos.
Otra señal de peligro para la izquierda es que, según una encuesta de Gallup publicada en marzo, 61% de las familias norteamericanas son ahora propietarias de acciones, directamente o a través de fondos mutuales. Entonces, las medidas del gobierno en contra de las empresas, como la demanda a Microsoft que ha hecho bajar considerablemente la Bolsa en las últimas semanas o la persecución contra las tabacaleras y los fabricantes de armas, resultan ser medidas crecientemente impopulares por tocarle el bolsillo no solamente a un número más o menos reducido de ricos sino a muchos millones de ciudadanos.
La mayor libertad económica que se disfruta en Estados Unidos es lo que permite una acelerada movilidad social. Y década tras década, la mayoría de los que pertenecían a la quinta parte más pobre de la población estadounidense logra surgir al siguiente grupo de ingresos o aún más arriba. La importancia de esta estadística es que en Estados Unidos, fuera de ciertos y determinados grupos de personas de edad avanzada, incapacitados o con problemas de salud, de consumo de drogas o de alcohol, no existe en realidad una clase de gente permanentemente pobre. Apenas el 3% de la población se mantiene entre la quinta parte más pobre de la nación por más de 8 años; los otros pobres de hoy, ya no lo serán mañana.
Al otro extremo, la riqueza tampoco suele ser permanente. Las fortunas de los Rockefeller, los Mellon y los Ford palidecen al compararse con las inmensas nuevas fortunas del Valle Silicón. Y es también impresionante que la gran mayoría de los millonarios en Estados Unidos ha hecho su propia fortuna, en lugar de heredarla. La rotación en la quinta parte de la población con mayores ingresos es tan acelerada como en los grupos de menores ingresos, debido a que en este país la verdadera fuente de riqueza es el mercado y no los privilegios concedidos por el gobierno, como frecuentemente sigue siendo el caso en América Latina. En tal sentido, la democracia económica del mercado hace más por los pobres que la democracia política.
Entonces vemos que la reducción del Estado Beneficencia no sólo ha fomentado el aumento de los ingresos de la clase más pobre, sino que programas estatales como las pensiones del Seguro Social en lugar de beneficiar a los pobres los ha perjudicado. Los norteamericanos de ingresos medios y altos que además de sus aportes obligatorios al Seguro Social han ahorrado e invertido en la Bolsa logran a mediano y largo plazo beneficios que promedian 11,2% anual. Por el contrario, la rentabilidad de los aportes al Seguro Social ha fluctuado entre apenas 1 y 2%. Además, si el pobre trabajador que aportó durante toda su vida activa su cuota al Seguro Social muere al día siguiente de ser jubilado, sus hijos no heredan un centavo de ello, lo cual es otra señal que los programas "sociales" del gobierno tienden a mantener a los pobres en la pobreza.
(c) http://www.aipenet.com
Director de la agencia de prensa AIPE y académico asociado del Cato Institute.
Esa no es una estadística que a la izquierda le gusta difundir, como tampoco el hecho que el programa gubernamental más exitoso de la última década ha sido la reforma del sistema de beneficencia pública. Aunque vetado en dos ocasiones por el presidente Clinton, fue finalmente promulgado en 1996, cuando un nuevo veto presidencial hubiera puesto en peligro su propia reelección. El resultado de esa reforma ha sido que hasta junio del año pasado el número de recipientes de beneficencia pública se redujo nacionalmente en 49% y en ciertos estados, como Wisconsin, la caída fue del 80%. Mucha de esa gente que tendía a acostumbrarse a vivir de la caridad pública recibió el necesario empujoncito para buscar trabajo, por lo que hoy viven mucho mejor -por el sudor de su frente- y, además, le están dando un buen ejemplo a sus hijos.
Otra señal de peligro para la izquierda es que, según una encuesta de Gallup publicada en marzo, 61% de las familias norteamericanas son ahora propietarias de acciones, directamente o a través de fondos mutuales. Entonces, las medidas del gobierno en contra de las empresas, como la demanda a Microsoft que ha hecho bajar considerablemente la Bolsa en las últimas semanas o la persecución contra las tabacaleras y los fabricantes de armas, resultan ser medidas crecientemente impopulares por tocarle el bolsillo no solamente a un número más o menos reducido de ricos sino a muchos millones de ciudadanos.
La mayor libertad económica que se disfruta en Estados Unidos es lo que permite una acelerada movilidad social. Y década tras década, la mayoría de los que pertenecían a la quinta parte más pobre de la población estadounidense logra surgir al siguiente grupo de ingresos o aún más arriba. La importancia de esta estadística es que en Estados Unidos, fuera de ciertos y determinados grupos de personas de edad avanzada, incapacitados o con problemas de salud, de consumo de drogas o de alcohol, no existe en realidad una clase de gente permanentemente pobre. Apenas el 3% de la población se mantiene entre la quinta parte más pobre de la nación por más de 8 años; los otros pobres de hoy, ya no lo serán mañana.
Al otro extremo, la riqueza tampoco suele ser permanente. Las fortunas de los Rockefeller, los Mellon y los Ford palidecen al compararse con las inmensas nuevas fortunas del Valle Silicón. Y es también impresionante que la gran mayoría de los millonarios en Estados Unidos ha hecho su propia fortuna, en lugar de heredarla. La rotación en la quinta parte de la población con mayores ingresos es tan acelerada como en los grupos de menores ingresos, debido a que en este país la verdadera fuente de riqueza es el mercado y no los privilegios concedidos por el gobierno, como frecuentemente sigue siendo el caso en América Latina. En tal sentido, la democracia económica del mercado hace más por los pobres que la democracia política.
Entonces vemos que la reducción del Estado Beneficencia no sólo ha fomentado el aumento de los ingresos de la clase más pobre, sino que programas estatales como las pensiones del Seguro Social en lugar de beneficiar a los pobres los ha perjudicado. Los norteamericanos de ingresos medios y altos que además de sus aportes obligatorios al Seguro Social han ahorrado e invertido en la Bolsa logran a mediano y largo plazo beneficios que promedian 11,2% anual. Por el contrario, la rentabilidad de los aportes al Seguro Social ha fluctuado entre apenas 1 y 2%. Además, si el pobre trabajador que aportó durante toda su vida activa su cuota al Seguro Social muere al día siguiente de ser jubilado, sus hijos no heredan un centavo de ello, lo cual es otra señal que los programas "sociales" del gobierno tienden a mantener a los pobres en la pobreza.
(c) http://www.aipenet.com
Director de la agencia de prensa AIPE y académico asociado del Cato Institute.